Nuestros jacobinos en la Revolución de Mayo/Por Claudio García

Viedma.- (APP) Sin dudas la Revolución de Mayo tuvo sus figuras prominentes. Particularmente admiro a los hombres que representaron el ala más revolucionaria y, entre ellos, sobresalen Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo. Las revoluciones latinoamericanas del siglo XIX, más allá de sus particularidades, formaron parte del ciclo de revoluciones burguesas –la inglesa, la francesa, la norteamericana, etc.-. Y la revolución francesa particularmente permitió teorizar sobre las etapas que tienen estas grandes convulsiones que cambian radicalmente la historia. Etapas que en mayor o menor medida caracterizaron a todos estos procesos y que incluso se pueden encontrar en las revoluciones del siglo XX, como la rusa.

Hubo una primera etapa en que se divide la clase dirigente, que muchos denominan aristocrática, luego la etapa girondina, donde el ala más avanzada de la nobleza o de la aristocracia es sustituida por la más conservadora, la tercera etapa, la jacobina, es donde la pequeñoburguesía radicaliza la revolución, defiende e impulsa sus logros, y utiliza sin dudar la violencia o el terror para combatir a la reacción interna y externa; finalmente, el cuarto período, es el llamado Thermidoriano, que termina con el ala más revolucionaria, mantiene los logros principales de la revolución pero frena una profundización más afín a los intereses de una democracia de masas. Nosotros también tuvimos nuestros jacobinos y allí, como dije, brillan las figuras de Moreno, Castelli y Monteagudo.

De Moreno se ha escrito mucho y más allá de las discrepancias en historiadores sobre su figura se coincide en general que encabezaba la elite más ilustrada y más radicalizada. Está la contraposición con el ala más reaccionaria, la que encabezaba Saavedra. Y se señala que Moreno representó en última instancia intereses afines a los británicos, contra la línea más hispana de Saavedra.

Para los británicos la independencia de los países americanos –no la Patria Grande, sino una independencia lo más fragmentada posible- significaba la libertad de comercio y por ende la posibilidad de seguir expandiendo su economía, colocando sus manufacturas. Algunos autores consideran a Moreno –también a Castelli y a Monteagudo- como protosarmientos o protoalberdis, los promotores del europeísmo, de un nuevo colonialismo, forjadores de un país productor de materias primas y dependiente del capital y las manufacturas fundamentalmente británicas.

Más allá del simplismo de estas caracterizaciones, las ideas de Moreno esencialmente iban en otra dirección. En principio fue un árbitro que representó los intereses contrapuestos de importadores y exportadores productores, entre los sectores económicos más ligados al mercado interno y los más ligados al internacional. Y es verdad que en su Plan de Operaciones planteaba respecto a Inglaterra “proteger su comercio, aminorarles los derechos, tolerarlos y preferirlos”.

Pero Moreno fue adecuando sus tesis a las necesidades de la revolución y terminó planteando posturas más proteccionistas. Así propuso: “Elevar cargos contra el Virrey Cisneros y las autoridades españolas por haber atentado contra el bienestar general al conceder franquicias de comercio libre con los ingleses, el que ha ocasionado quebrantos y perjuicios”. Escribió en La Gaceta que: “El extranjero no viene a nuestro país a trabajar por nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse… miremos sus consejos con la mayor reserva y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les había producido los chiches y abalorios”.

José Pablo Feinmann recordaba en un artículo en Página 12 algunas cuestiones claves de su Plan de Operaciones: “Centralización de la economía en la esfera estatal, confiscaciones de las grandes fortunas, nacionalización de las minas, trabas a las importaciones suntuarias, control estatal sobre el crédito y las divisas, explotación por el Estado de la riqueza minera”. También: “Se verá que una cantidad de doscientos o trescientos millones de pesos, puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que debe evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan”.

Sin dudas los ecos de este Moreno siguen vigentes. Así como fue derrotado políticamente y asesinado en alta mar, e igual destino en mayor o menor medida tuvieron otros representantes del ala más revolucionaria de la revolución de mayo –como le ha sucedido a casi todos los jacobinos-, todavía hoy alcanzar algunos de los objetivos económicos planteados por Moreno significa también enfrentarse a fuertes intereses. Por mucho menos, años atrás los sectores concentrados de la renta del país hicieron tambalear al gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner que se atrevió a capturar parte de sus ingresos para redistribuirlos al conjunto. Como actualmente también pretenden imponer sus intereses corporativos a un gobierno democrático, privilegiando el obtener las mayores ganancias aún a expensas de un mínimo de solidaridad en estos tiempos excepcionales y dramáticos de la pandemia.

Junto a Moreno está también Castelli, el gran orador de la revolución que, ironías de la historia, murió por un cáncer de lengua.

Fusiló a Liniers, “ese desgraciado” –palabras textuales del comunicado de la Junta- que por su popularidad podía haber generado una resistencia importante al avance de la revolución. En su campaña en el Alto Perú propuso conceder el derecho de voto a los indígenas. Osvaldo Soriano hizo una semblanza brillante, en pocas líneas, de Castelli: “… lanzó el primer grito de libertad en el Cabildo y lo llevó en su marcha para que lo hicieran suyo quienes soñaban vivir como ciudadanos ‘fraternos, iguales e independientes’. Fue él quien exhortó a los indios a organizarse y elegir sus propios diputados para que los representaran en el gobierno central y combatió por una revolución que no terminara en una simple proclama burocrática…”.

Y está Monteagudo, notable orador como Castelli pero mejor escritor –sus escritos políticos son brillantes y creo que desde 1916 no han vuelto a ser recopilados-. Fue secretario de San Martín y su compromiso por la ‘libertad americana’ lo tuvo como protagonista no sólo en la epopeya de la revolución en Buenos Aires, sino también en Chile, Perú y Ecuador –donde actuó con Bolívar-.

Su espíritu de lucha y de pensamiento quizás está resumido en un tramo de un texto que escribió allá por 1812: “Americanos en vano declamaréis contra la tiranía si contribuís o toleráis la opresión y servidumbre de los que tienen igual derecho que nosotros: sabed que no es menos tirano el que usurpa la soberanía de un pueblo, que el que defrauda los derechos de un solo hombre: el que quiere restringir las opiniones racionales de otro, el que quiere limitar el ejercicio de las facultades físicas o morales que goza todo ser animado, el que quiere sofocar el derecho que a cada uno le asiste de pedir lo que es conforme a sus intereses, de facilitar el alivio de sus necesidades, de disfrutar los encantos y ventajas que la naturaleza despliega a sus ojos; el que quiere en fin degradar, abatir, y aislar a sus semejantes, es un tirano. Todos los hombres son igualmente libres: el nacimiento o la fortuna, la procedencia o el domicilio, el rango del magistrado o la última esfera del pueblo no inducen la más pequeña diferencia en los derechos y prerrogativas civiles de los miembros que lo componen. Si alguno cree que porque preside la suerte de los demás, o porque ciñe la espada que el estado le confió para su defensa, goza mayor LIBERTAD que el resto de los hombres, se engaña mucho, y este solo delirio es un atentado contra el pacto social. El activo labrador, el industrioso comerciante, el sedentario artista, el togado, el funcionario público, en fin el que dicta la ley, y el que la consiente o sanciona con su sufragio, todos gozan de igual derecho, sin que haya la diferencia de un solo ápice moral: todos tienen por término de su independencia la voluntad general y su razón individual: el que lo traspasa un punto ya no es libre, y desde que se erige en tirano de otro, se hace esclavo de sí mismo. Desengañémonos: nuestra LIBERTAD jamás tendrá una base sólida si alguna vez perdemos de vista ese gran principio de la naturaleza, que es como el germen de toda la moral: jamás hagas a otro, lo que no quieras que hagan contigo. Si yo no quiero ser defraudado en mis derechos tampoco debo usurpar los de otro: la misma LIBERTAD que tengo para elegir una forma de gobierno y repudiar otra, la tiene aquel a quien trato de persuadir mi opinión: si ella es justa, me da derecho a esperar que será admitida: pero la equidad me prohibe el tiranizar a nadie. Por la misma razón yo me pregunto ¿qué pueblo tiene derecho a dictar la constitución de otro? Si todos son libres, ¿podrán sin una convención expresa y legal recibir su destino del que se presuma más fuerte? ¿Habrá alguno que pueda erigirse en tutor del que reclama su mayoridad, y acaba de quejarse ante eltribuna de la razón del injusto pupilaje a que la fuerza lo había reducido? Los pueblos no conocen sus derechos: la ignorancia los precipitaría en mil errores, ¿y yo tengo derecho a abusar de su ignorancia y eludir su LIBERTAD a pretexto de que no la conocen? No por cierto. Yo conjuro a todos los directores de la opinión, que jamás pierdan de vista lo argumentos con que nosotros mismos impugnamos justamente la conducta del gobierno español con respecto a la América. Toda constitución que no lleve el sello de la voluntad general, es injusta tiránica: no hay razón, no hay pretexto, no hay circunstancia que la autorice. Los pueblos son libres, y jamás errarán sino se les corrompe o violenta…”. (APP)

Foto: Castelli y Monteagudo