Algunas reflexiones/Por Jorge Castañeda

 

Valcheta.- (APP) Hay en la provincia de Río Negro dirigentes políticos que hacen de la política un campo de batalla y que son capaces de “prender fuego a la casa del vecino para freír un huevo”.

Encaramados simplemente por portar apellidos se los ve muy ufanos repitiendo los cargos públicos y partidarios como si eso fuera un bien mostrenco.

A todo se oponen en forma sistemática simplemente por oponerse, privilegiando únicamente sus apetencias políticas en desmedro de los intereses de la provincia e incluso del sentir de sus mismos afiliados. En vez de conducir hacen todo lo contrario: ordenan. En vez de conciliar, insultan. En vez de buscar consenso, ejercen un autoritarismo lesivo formando más que militantes obsecuentes sin v oz ni voluntad propia. Se escudan detrás de una doctrina que ni siquiera conocen y menos haberla asimilado en sus acciones.

Ni siquiera conocen la geografía provincial y jamás han puesto los pies en un paraje. No les interesa saber la opinión de la gente. Tampoco conocen la humildad ni la prudencia.

Después de cada elección nunca permitieron una autocrítica. Al contrario ganen o pierdan siempre dicen que son ganadores, cuando en realidad se van quedando solamente con un puñado cada vez menor de votos.

En vez de persuadir con ideas y de contener a sus compañeros de ruta para  lo  único que sirven es para pedir expulsiones a troche y moche, siendo ellos los únicos impolutos y dueños absolutos de la verdad, de su pobre y mezquina verdad.

Viven de agravio en agravio, perdiendo el tiempo en pleitos sin grandeza, dilapidando la responsabilidad de dirigir. Ya se sabe, a veces “es preferible un ejército de ciervos mandados por un león que un ejército de leones mandados por un  ciervo”.

La gente, esos hombres y mujeres de bien, esperan de esos políticos otra cosa, porque la política misma es otra cosa: es la construcción cotidiana en procura del bienestar general.

No se puede conducir desde el odio y el enfrentamiento haciendo del agravio una actitud cotidiana. La gente está harta de estas actitudes y espera de sus dirigentes por lo menos el respeto hacia los demás. Nadie tiene derecho alguno de agredir impunemente a los demás. No hay pequeños políticos ni grandes políticos, en la vida hay pequeños hombres y grandes hombres.

Mario Franco, un dirigente de aquellos, hacía del respeto y de la mesura una actitud permanente. Jamás agredió a un ocasional opositor, nunca interfirió en los distritos locales, jamás impuso su opinión a la fuerza a nadie ni usó los medios periodísticos para hablar mal de los demás. El apreciaba a todos y todos lo apreciaban. No le faltaba el respeto a nadie y conocía por su nombre hasta a los últimos pobladores de un  pequeño paraje. Otra forma de hacer política con dignidad que parece que algunos han perdido en el tiempo.

El tiempo, ese gran superador de lo cotidiano, como decía Marechal, pone a cada uno en su lugar y el pueblo, ese día en que es el único soberano, cuando vota, no se sabe equivocar.