Viedma.- (APP) Yendo o volviendo entre Viedma y el balneario El Cóndor, por la ruta provincial número 1, se pasa por el paraje “Ya verán”, que debe su peculiar nombre a un establecimiento rural y también fue, durante muchos años, el asentamiento de un puesto de control policial de tránsito, obligando a los automovilistas a disminuir la velocidad y a veces a detenerse para exhibir la documentación.
Una ermita de adoración a la popular Difunta Correa, con la tradicional acumulación de botellas con agua, completa el paisaje sobre la banquina.
Sobre la mano izquierda, en dirección al mar, una tranquera siempre abierta permite ingresar al establecimiento rural que le dio nombre al paraje. En fecha reciente fueron taladas las filas de enormes álamos que caracterizaban al lugar.
¿Cuál es la historia del Ya Verán? ¿Por qué ese nombre?
La periodista Susana Yappert se introdujo en el tema, hace más de 13 años, en una interesante crónica publicada en el diario Río Negro, que nos permitimos reproducir parcialmente.
“La historia del ‘Ya verán’ es parte de la biografía capitalina. Situada a 13 kilómetros de Viedma y camino a La Boca, fue un establecimiento que torció la inercia de los pesimistas. Hacia mediados del siglo XX, dos socios compraron unas 100 hectáreas sobre la desembocadura del río Negro. Lugareños les advirtieron que aquello era un salitral donde jamás saldría una planta. Ellos, con una dosis de conocimientos elementales y otra de optimismo, contestaban a los pronosticadores con una sonrisa y dos palabras: “ya verán”.
Y los agoreros vieron. Al poco tiempo, aquel monte se convirtió en una leyenda. Y leyenda al fin, generosa en mitos. Mitos que el único descendiente de uno de sus propietarios, Bruce Trousdell, se encarga de colocar en los estantes de la historia.
Bruce vive en San Blas, provincia de Buenos Aires, desde su juventud, pero comenzó su vida patagónica en el “Ya verán”, donde llegó de la mano de sus padres a los 4 años. Nació en Capital Federal pero lo llaman “el inglés”, “el inglés del ‘Yaverán’ ” por su filiación. Sus padres eran anglosajones: John Trousdell y Rosmarie W. Ford, nortemaricano él, inglesa ella. Ambos de historias tan particulares como la suya. Perfiles de personajes.
Su padre, John Trousdell había nacido en EE.UU. en momentos revulsivos. Huelgas obreras, activismo socialista y anarquista, inmigración, las Guerras Mundiales, la gran depresión del ´29, eran algunos de los episodios que marcaban el pulso de su patria y del mundo. John había crecido en aquel caldo y se había hecho comunista. Cuando comenzó la Guerra, Norteamérica no participaba de la contienda pero su vieja aliada, Inglaterra, sí. Entonces, los miembros del Partido Comunista de aquel país fueron preparados para involucrarse en el conflicto. “Entrenaron gente como a mi viejo, que tenía 17 años, para que pusiera bombas en los puertos de países importantes a los barcos de banderas italianas o alemanas. Los camuflaban diciendo que eran inspectores de calderas y así metían los explosivos. En un momento, el FBI comenzó a sospechar e inició una persecución a los militantes comunistas. La organización se dispersó y Trousdell emigró hacia Argentina, lugar que eligió porque estaba alejado de los grandes conflictos que sacudían al planeta.
Pero, lejos de sus deseos, aquí no estaba el paraíso y lo esperarían otras batallas.
John llegó a Argentina y fue contratado como sereno por la Embajada americana en Buenos Aires. A poco de su arribo conoció a Rosmarie W. Ford, en el Club Inglés de Hurlingham. Rosmarie, inglesa e hija de ingleses, tenía caballerizas y unos cuantos años menos que él. Antes de casarse, John fue a ver al secretario de la Embajada para saber si tenía que ir a la Guerra que se había desatado en el Viejo Continente. El secretario lo tranquilizó diciéndole que difícilmente EE.UU. participaría y estolo decidió a casarse. “Y el viejo – cuenta su hijo- ya con 39 años se alistó y se casó”. Rosmarie y John viajaron de luna de miel a Aluminé. Días más tarde, a pocas horas de regresar a Buenos Aires, se enteran del ataque a Pearl Harbor. Trousdell partió inmediatamente a la guerra como soldado del ejército americano. Combatió en Africa del Norte y al finalizar la contienda regresó a Argentina. Un año más tarde nació Bruce, el primer y único hijo del matrimonio.
En 1948 Trousdell compró tierras en el país. La Estancia Los Robles, cerca de Mar del Plata y en la desembocadura del Río Negro, en Viedma. John dedicó un tiempo a buscar aquellas propiedades y en viaje hacia esta zona conoció en el tren a un hombre que vivía en la capital del Territorio de Río Negro, Alcides López Jové. En aquella travesía se hicieron amigos y socios. Y juntos compraron 100 hectáreas en la costa del río a don Walter Sassemberg. La idea era hacer una chacra. Fue entonces que los paisanos del lugar les decían que en aquel salitral no iban a poder cultivar nada. Ellos, que sabían que la tierra era buena y que con riego mecánico resolverían el resto, les contestaban “ya verán, ya verán”.
Antes de comprar habían verificado que el sitio se podía regar. El suegro de Trousdell, quien había llegado a Argentina contratado por el Ferrocarril como ingeniero para construir el trazado del Oeste ( Constitución- Mendoza) dotó a Trousdell de un instrumental muy preciso, entre los que contaba un nivel muy exacto con el cual verificó que podía regar su chacra con agua del río. López Jové también hizo mediciones, pero sus cálculos eran diferentes e inexactos. Así, en base a las mediciones del americano, pusieron manos a la obra. Y los lugareños asistieron a la transformación. Desde entonces aquel establecimiento se llamó el “Yaverán”, así, todo junto, pese a que en el cartel de acceso aún hoy se escribe separado.
Primero se sembró alfalfa, luego se montó un establecimiento apícola y, tiempo después, construyeron un criadero de cerdos. Durante aquellos años, cuenta Bruce, su padre cobró una herencia que invirtió allí. Modernizó lo que tenía y, mientras su mujer y su hijo pasaban unos meses en Inglaterra, mandó a construir una casa imponente. 16 habitaciones que descansaban sobre una enorme galería que se deslizaba en un verde perfecto hasta el río. El “Yaverán” no sólo se había convertido en un milagro para los lugareños, era un sitio de leyenda.
“En realidad- afirma Bruce- allí se hizo de todo. Se hizo más de lo que se creyó que se podía hacer. Pero papá, fiel a sus principios comunistas, tenía dificultades de otro orden. Tenía, por ejemplo, conflictos con el dinero. Se relacionaba muy mal con el dinero. Para él, dedicarse a hacer plata era algo cuestionable moralmente. Además, pedía créditos al banco pensando que era como en EE.UU., que los iba a pagar durante 20 años a una tasa del 3 %, cosa que nunca ocurrió y poco a poco fue consumiendo sus ahorros y sus ganancias”.
La sociedad originaria del “Yaverán” cambió un par de veces, López Jové vendió su parte a un capitán de la Marina y finalmente Trousdell compró todo. Los experimentos productivos se sucedieron a lo largo de tres décadas pero las variaciones en la política económica y las sucesivas crisis en el país, terminaron con los sueños de aquel americano. “Cuando se decidió a vender el ‘Yaverán’- recuerda Bruce- lo hizo a un señor de apellido Di Pietro, a plazos, con tanta mala suerte que lo hizo dos o tres meses antes del “Rodrigazo”. Con el primer pago compramos una casa en Patagones que conservamos y con el segundo fuimos al supermercado. Mi mamá tuvo que poner plata de su bolsillo para hacer los papeles de la venta. Un espanto. Nos sentimos totalmente estafados”. Cuando esto ocurrió, Bruce y su madre hacía tiempo que no vivían allí. “Nos habíamos marchado cansados de la lucha y el permanente conflicto con mi viejo, quien era dueño de un temperamento difícil. Mi mamá y yo no queríamos vender aquella propiedad, pero la decisión final la tomó el temperamental John”.
Tras la venta, John Trousdell se mudó a Patagones con su familia, allí vivió 20 años más, hasta los 86. Sus últimos años se dedicó a hacer cartas natales, actividad que había aprendido de su madre, astróloga. Rosmarie lo sobrevivió unos 10 años. Muchos la recuerdan como una mujer correcta y atlética. Cuando vivía en el “Yaverán”, iba hasta el pueblo en bicicleta a dar clases de inglés y era una gran nadadora. Bruce aún la ve cruzando a nado el río Negro con un pañuelo en la cabeza, “armaba una suerte de turbante donde guardaba scons para disfrutarlos luego de nadar los 80 metros de ancho del río. La verdad es que era audaz. Creo que para mamá fue duro venir a vivir al “Yaverán”- agrega su hijo-, en su casa paterna vivía una vida muy distinta, rodeada de personal que la atendía todo el tiempo. Pero era una mujer inteligente y con iniciativa. Supo adaptarse. Cuando vino a Viedma dejó sus caballerizas y compartió responsabilidades con mi padre en el campo. Hizo de todo, manejaba más de 20 peones, hacía quesos, manteca, cuidaba los cerdos y hacíamos como 600 kilos de salames para la venta. Años más tarde se separó un tiempo de papá y se dedicó exclusivamente a dar clases de inglés”. (Extractos de la nota de Susana Yappert, “Mitos y leyendas del Ya Verán”, en el diario Río Negro, 8/1/2005)
*Tema desarrollado hoy por Carlos Espinosa en su programa Perfiles y Postales en FM Nativa de Viedma, 101.1
