Viedma.- (APP) Se trataba de dos figuras que en años posteriores iban a acrecentar su prestigio en el campo político y que dejaron un sello imborrable en nuestra historia. Pero esto es adelantarnos. La historia podía haber sido otra. Porque ese duelo no se trataba de una «puesta en escena» a la que nos tienen acostumbrados los políticos del presente.
Los padrinos del duelo acordaron que el duelo iba a ser con sables y que los rivales estaban autorizados a «liquidar al oponente si uno podía lograrlo».
Uno era muy joven, tenía 28 años, y se destacaba como convencional santafesino del radicalismo: Lisandro de la Torre.
El otro tenía 45 años, era el jefe del partido radical y años después, en 1905, intentaría con sus “boinas blancas” derrocar por las armas al gobierno oligárquico de Quintana, tomando incluso como rehén al vicepresidente de la Nación, José Figureroa Alcorta. Pese a ser derrotado en esa intentona, años después sería nuestro primer presidente elegido democráticamente. Su nombre, Hipólito Yrigoyen.
Hay un libro que recrea este duelo: «Secretos Presidenciales», de Andrés Bufali. Hoy cuando vemos que la mayoría de dirigentes políticos se dicen los epítetos más agraviantes sin que nadie se ofenda demasiado, porque se considera parte del folklore político, “chicanas” habituales que sirven para aparecer en los medios de comunicación, uno no puede menos que sentir cierta nostalgia por un tiempo en que la política se tomaba muy en serio y la defensa de los ideales justificaba arriesgar hasta la propia vida.
¿Cuál había sido la causa del duelo entre Lisandro de la Torre e Hipólito Yrigoyen? Seguramente algo de mucha gravedad. Algún hecho muy personal, como una deuda o un perjuicio a una persona cercana en los afectos. O en el plano político, un hecho de corrupción de gran impacto en la opinión pública o una traición inexcusable al partido y a sus principios. Sin embargo el duelo surge de un hecho que hoy sería considerado menor.
Según cuenta Andrés Bufali: «Lisandro (como llamaban popularmente al más joven duelista) había acusado a Yrigoyen ante los otros convencionales de “egoísta, malsano y paternalista”, declarando a continuación que “su influencia es hostil y perturbadora”. Y agrega: «Inmediatamente, el caudillo lo retó a duelo con el arma que se le antojara, aunque con el deseo íntimo de que eligiera los puños. -Quiero romperle la jeta a ese cajetilla perfumado -declaró entonces. Como el líder radical no sabía nada de esgrima, todos sus conocidos se horrorizaron y trataron de hacerlo desistir del duelo. No y no. Eligió como padrinos al coronel Tomás Vallée y a Marcelo Torcuato de Alvear, otro “cajetilla” que llegaría a ser presidente de la Nación; y con calma se preparó, una vez más, para jugarse la vida».
«De la Torre, que eligió como representantes a Carlos Rodríguez Larreta y a Carlos Gómez, les dijo a estos: -Usaré sable porque lo voy a moler a planazos a ese viejo de mierda. Y se floreó ante ellos, en el Jockey Club de Buenos Aires, con unas elegantes fintas con el arma elegida», relata el libro «Secretos Presidenciales».
Lo demás fue historia. Se batieron media hora y cuando ya Lisandro tenía varias heridas -una en la mejilla que lo obligaría a usar barba el resto de sus días- y a pesar de su inexperiencia en la esgrima Yrigoyen no había sufrido ningún tajo, los padrinos lograron convencer a los contendientes que terminaran allí el duelo.
Ambos habían demostrado su hombría y su sentido del honor.
No obstante el rencor nunca se fue y sus caminos no volvieron a cruzarse a pesar del esfuerzo de otros dirigentes para que hicieran causa común en el derrotero de la política.
Lo demás se sabe. Yrigoyen fue dos veces presidente y Lisandro De La Torre terminó pegándose un tiro en los años de la ‘década infame’, desencantado de casi todos los políticos y cansado de que el país no reaccionara ante la escandalosa venta de carnes argentinas a los ingleses.
Yo sé que muchos dirán que no se puede exaltar la violencia, que toda democracia tiene como requisito el respeto al adversario, a quienes piensan distinto, que los que hoy se dicen de todo mañana pueden limar sus diferencias y terminar juntos en una misma boleta, etc., etc…
Pero qué quieren que les diga. Cuando veo que se eligió como Presidente a alguien que hizo la diferencia en las urnas a puro márketing, mintiendo sobre lo que iba a hacer y sabiendo de antemano que nadie impugnaría luego la estafa del voto, no puedo menos que admirar a quienes sí se tomaban en serio las palabras y creían que la política no era algo ajeno a la ética y la moral. (APP)
