Viedma.- (APP) Nací, me criaron, me eduqué y desarrollé mi carrera laboral en la Argentina. Tengo 67 años de vida, y hace más de 50 que adopté a la Patagonia como mi terruño. Desde hace casi 29 años vivo en Carmen de Patagones.
Tengo sangre española en mis venas. Mi abuelo materno, Manuel Jesús Ramírez Olivera, había nacido en Galaroza, provincia de Huelva, comunidad de Andalucía. Las historias y remembranzas andaluzas nutrieron alguna parte de mi infancia, el sonoro nombre del pueblo era como un eco distante y atractivo a la vez.
Adentrándome en la historia de Carmen de Patagones la personalidad de su ilustre fundador, don Francisco de Viedma y Narváez, me resultó más y más atractiva. Era andaluz, natural de Jaén (en donde pude estar) y no sólo cumplió meritoria labor, encomendada por la corona aquí en tierras patagónicas, sino también en Cochabamba (por entonces Alto Perú, y hoy Estado Plurinacional de Bolivia) donde pude rendirle homenaje frente a su tumba.
Maduraba en mí alguna cuestión de pertenencia afectiva al mundo andaluz. Hace cinco años viajamos a España , mi mujer y yo, para hacer una rápida recorrida por algunos escenarios de Andalucía. Paseamos por Sevilla, Granada, Jaén y Úbeda. Hicimos una visita breve a Galaroza… ¡y allí encontré familia! ¡Encontré descendientes de hermanos, primos y sobrinos de mi abuelo Manuel Ramírez, aquel que se vino a la Argentina en 1908!
En el verano europeo del 2017 volvimos a España y nuevamente a Galaroza, esta vez con más tiempo. Pudimos pasear por las Sierras de Aracena y Picos de Aroche, visitar pueblos encantadores como Almonaster la Real y Linares de la Sierra, estrechar lazos con los parientes y divertirnos en la Fiesta de los Jarritos de Galaroza. También estuvimos en Sevilla y Cadiz.
Volví totalmente convencido de mi carácter andaluz. Proclamo que me siento argentino, patagónico y… andaluz. Sostengo que vivo en la más andaluza de las poblaciones argentinas, que es Carmen de Patagones.
No puedo explicarlo. Siento una profunda amistad con el sol y los cielos abiertos. Comprendo el carácter de la tierra reseca de las eras después de las cosechas. Me gusta perderme entre serranías y arroyos, no puedo estar más de tres días sin pasear por la costa de mi río Negro y siento añoranzas por el Guadalquivir y el Darro. Respeto la fuerza del Atlántico y me asombran sus playas y restingas, sobre todo en sus infinitos atardeceres. Las estrellas patagónicas y las andaluzas son primas, no me cabe duda. Desiertos y llanuras liberan mis ojos hacia horizontes de inspiración literaria; hacia no sé dónde, inquieto pero relajado.
Me emocionan las coplas y el cante jondo del flamenco, lamento gutural cargado de pasión; me desespera García Lorca por su mezcla de fragilidad y coraje en el amor. Una milonga corralera me aquieta el alma y los versos de tantos poetas patagónicos (Graciela Cros, Luciana Tani Mellado, Ramón Minieri, Raúl Artola, por citar algunos) me provocan temblores felices.
Patagonia y Andalucía en un cóctel vivaz. Todavía no termino de clasificar tantas sensaciones.
Este 28 de febrero se conmemora, una vez más, el Día de Andalucía, en recordación de la constitución de la comunidad autonómica, en el año 1981.
Se me ocurrió pedirle a mi primo Manolo Pablos, recopilador de historias de Galaroza y alrededores, y al periodista y amigo Antonio Fernández Tristancho, cronista de radio y televisión en la sierras, promotor de investigaciones académicas, que escribieran algunas ideas en torno a lo que significa –para ellos- “el ser andaluz”.
Manolo Pablos me mandó este texto.
“Es muy difícil hablar de una madre o hablar de Andalucía porque también la consideramos nuestra madre tierra. Es muy difícil hablar de Andalucía sin nombrar a Tharsis, a Trajano y a Adriano, a Seneca. No podríamos hablar de Andalucía si omitimos a los Omeyas, a Abderraman, al Califato de Córdoba, a Maimonides, y al reino Nazari de Granada, Ay mi Granada! Y a todos los reinos de Taifas que formaron Al-Andalus. Como puedo hablar de Andalucía y no decir que me siento orgulloso de La Rábida de Alonso Sánchez, el prenauta, de los hermanos Pinzón, de Rodrigo de Triana, que era de Lepe, como puedo olvidarte mi Huelva descubridora; Ay mi Huelva. Como podría no hablar de mi madre tierra y no nombrar a Martínez Montañez, a La Roldana y a tantos escultores y tallistas andaluces que han hecho de nuestra Semana Santa la más bonita del mundo, Ay mi Andalucía cofrade! De mi Murillo y de mi Velázquez. Como me voy a saltar las Cortes De Cádiz y San Fernando, la Batalla de Bailen, los liberales de Málaga y Almería, como puedo omitir a los bandoleros de las serranías, como puedo hablar de romanticismo andaluz y no hablar de Bequer, Ay mi Gustavo! Y de Washington Irving, un granadino norteamericano. Como puedo saltarme la melancolía de mi paisano Juan Ramón Jiménez, o los patios andaluces de los Hermanos Machado, que sería de nosotros sin el Romancero Gitano de mi Lorca, Ay mi Federico! del cante desgarrado de La Niña de Los Peines, del mar de Alberti, Salinas o del exilio exterior o interior de mis paisanos Pérez Infante y Arcensio. Como puedo dejar de nombrar a otro granadino de Oxford, al alpujarreño Gerald Brenan. Ay mi Málaga! Donde nació mi padre andalucista Blas Infante, que me dio Palabra, himno y bandera, desde Casares a Coria llevasteis las Juntas Liberalistas de Ronda y Córdoba, y las extendiste hasta mi Isla Cristina, maldigo Padre a quien disparo esa bala en la carretera de Carmona de mi Sevilla, Ay mi Sevilla! Decir Andalucía es decir Jaén, levántate brava con tus troncos retorcidos como decía el poeta, tierra de olivos, tierra de oro verde. Como olvidar a Camarón de la Isla, a Miguel Ríos, Sabina, Caracol, Lola Flores, y tantos andaluces universales que han hecho de esta tierra universal por derecho propio. Y he querido dejar para el final mi Blanca y Verde, la que nos mostró Blas Infante, la que ondeó en la alcazaba de Almería en el siglo X, la que decía mi querido y añorado Carlos Cano que venía de Ronda, esta es mi tierra, mi otra madre, la de los andaluces de aquí y los de allí, porque Andalucía es incluyente como su lema. Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad!”
Antonio Fernández Tristancho escribió lo siguiente:
“Los seres humanos tienden a identificarse con el territorio que les vio nacer o donde desarrollan su forma de vida. Es consustancial a la naturaleza humana el cariño hacia el terruño, hacia lo cercano, la idealización del lugar de donde uno se siente.
En el caso de Andalucía, el territorio de la luz, el más septentrional de Europa, bañada por mares y océanos, vergel de naturaleza e historia hecha patrimonio acrisolado por numerosos pueblos y civilizaciones, esta tendencia cobra aún mayor fortaleza.
Para los que amamos a Andalucía, sus gentes, sus pueblos y comarcas, sus costumbres, sus espacios naturales y sus rasgos etnográficos, este lugar es mágico. Allí donde vamos nos surge siempre la necesidad de recordarlo. Porque pensamos, como Johan Paul F. Richter, que el recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados; y los andaluces, habiendo tenido la necesidad de emigrar de su tierra, han mantenido el recuerdo de Andalucía para seguir amando su cuna.
En este mundo universal en el que lo que hoy se dice llega en unos segundos a las antípodas, se revela como indispensable la obligación de volver la cara a lo local. Es la paradoja de Epstein, ya que a medida que avanza la globalización más se hace necesario mantener la propia identidad.
Por ello luchamos los andaluces a diario, para mantener el orgullo de pertenecer a un Pueblo milenario que merece el respeto, cuando no la admiración de cuantos nos observan. Todavía hoy nos zarandean con la negación, el desprecio, el tópico de considerarnos gente inculta, de ser indolentes, de mantener una situación de dependencia económica, a pesar de nuestros amplios recursos naturales y el esfuerzo de nuestra gente. La lucha diaria contra esta postración y colonización cultural y mediática debe movernos a los andaluces de corazón.
El compromiso de millones de paisanos es seguir construyendo una tierra de sueños y también de realidades para hacer de Andalucía la tierra próspera que siempre hemos anhelado.”
Les agradezco a Manolo y Antonio porque ellos con sus palabras, bien andaluzas y “cachoneras” (que es el gentilicio de los nacidos en Galaroza) expresan mejor que yo con las mías estas ideas que refuerzan sentimientos de pertenencia regional. Los abrazo a la distancia.
Sigo palpitando como argentino, patagónico y andaluz.
