“Crear cosas hermosas depende de una vida hermosa”/Por Claudio García

 

Viedma.- (APP) ¡Parece mentira! Cinco años sin Spinetta. Aunque sea una ley de la vida que las personas mueran, todavía se me hace difícil saber que se ha ido quien para mí fue una persona entrañable por su música, su poesía –por esa combinación de las dos, ya que hay letras que sugieren y dicen mucho más de su sentido formal por esas bellas melodías y a veces estructuras musicales nada fáciles que el Flaco sacaba en forma genial de su cabeza- y por ser “revulsivo”, privilegiar su propia búsqueda, su camino en la vida, sin atender los parámetros comerciales –que sin duda lo hubieran beneficiado económicamente- ni un status quo de época estético y cultural. Lo cierto que da bronca que una persona así se haya muerto todavía joven -tenía 62 años-, no sólo por aquello de cuánta mala gente anda vivita y coleando, sino por las canciones seguramente maravillosas que podría haber creado en todo este tiempo y que se han perdido irremediablemente.

Spinetta hacía carne en lo musical su “mañana es mejor” de la Cantata de Puentes Amarillos. Armaba grupos y los desarmaba. Avanzaba en un sentido musical y luego saltaba a otra etapa. Siempre adelante, sin mirar atrás, buscando otras melodías, otros soportes musicales, otros versos. El Flaco renegaba volver al pasado.

Y esto tenía que ver con algunos ejes de su pensamiento que venían a la vez de lecturas propias de poetas y filósofos. Hay una frase de Spinetta en su tema La Búsqueda de la Estrella, de ese disco que tuvo que sacar por compromiso con la grabadora después de disolverse Almendra, muy esclarecedora y dice así: “Después de todo tu eres la única muralla, si no te saltas nunca darás un solo paso”. Creo, como me han enseñado varios pensadores, que uno puede ser mejor si persevera en su ser, aquel “el hombre es lo que es y es lo que no es” de Hegel o lo que expresa la “voluntad de poder” de Nietzsche. El Flaco saltó su muralla, ha perseverado en su ser del modo más creativo y humano, y de esa manera se ha metido en el corazón de tantos que como yo también tratamos de saltar nuestra propia muralla y encontrar “el vuelo al fin”.

Todas estas cosas también están dichas de alguna manera en el libro que a fines del 2015 sacó Miguel Grinberg como homenaje al Flaco, “Una vida hermosa”. Un libro heterodoxo, más fructífero que otros que han salido y que se limitan a una biografía formal de Spinetta, describir sus discos y repetir alguna que otra declaración del músico en tal o cual entrevista. Grinberg fue amigo del Flaco –aunque también tuvo unos años de alejamiento como relata en el libro-, productor y colaborador en alguna de sus etapas musicales –como Pescado Rabioso-, compinche de experiencias reflexivas sobre poetas y pensadores, y por esa relación personal –y el lazo común del espíritu rebelde y contestatario, en lo personal y en lo colectivo, que por distintos caminos asumieron los jóvenes del 60 y 70 en el mundo- sus reflexiones sobre la vida y obra de Spinetta son más certeras y profundas.

Escribe: “Leer a Antonin Artaud, así como leer a Arthur Rimbaud, nos imponía trastornar el lenguaje a fin de lograr mayores y mejores definiciones de lo insondable”. Se cae en lo insondable para hallar un punto de partida. Se trastorna el lenguaje porque hay un mundo y “una cultura en descomposición”. Y por ese camino “se anidan y asimismo vibran las musas de los poetas, las armonías de los músicos y las visiones de los profetas”.

Se sabe que Spinetta dejó mucho escrito y también muchos dibujos –le obsesionaba dibujar mandalas, utilizando también algunos programas de computadora-. Grinberg escribe –y expresa un deseo, además- que: “Algún día se publicarán los cuadernos de Luis y sabremos de una vez por todas hasta qué profundidad y hasta cuál altura –simultáneamente- se proyectó su alma en una batalla infinita contra las trampas del tiempo, contra los fantasmas del desorden y los espejismos del desierto humano”. Ojalá. Seguramente esa publicación será tan esclarecedora y rica como fue la edición del “Libro rojo” de Jung, donde descubrimos todo un mundo plástico y fantástico de las obsesiones y demonios del suizo.

En otra página cita a Spinetta: “Creo que sólo nos preocupamos por sanear el alma vamos a evitar distorsiones sociales y comportamientos fascistas, doctrinas injustas y totalitarismos, políticas absurdas y guerras deplorables. La únicas forma de hacer subir el peso es con amor”. Y sí, el amor “sostiene”, lo abordó en su poesía como la principal pulsión para una mejor vida. El flaco leyó a Nietzsche y seguramente haría suya una línea del alemán en su Zaratustra: “Amamos la vida no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar”.

Lo de un mundo estético y poético ajeno a los parámetros de lo que exigía y exige el mercado musical también lo dice Grinberg: “Guiado por su espíritu intuitivo, eludió las tentaciones que el éxito ofrece a granel y se dedicó a transformar constantemente su música, apartado de las modas y los mimetismos de la farándula”.

Otra reflexión: “Supo desde el principio que toda la vida tiene música, y afinó sin cesar su sensibilidad en pos del mejor acorde, de la suprema armonía. En la órbita del poema indómito”.

Están sus versos en este sentido: “Pido disculpas/por haberme borrado/de la foto a pinchar”.

Grinberg señala que Spinetta fue también un outsider en el sentido que le dio Henry Miller: “Están en nuestro mundo, pero no le pertenecen; su bandera está en otra parte. Sabios en un nuevo estilo, su lenguaje nos parece crítico, si no alocado y contradictorio”.

Y allí reflexiona: “No por accidente en muchas oportunidades, Luis fue llamado ‘loco’, en particular por admiradores que no lograban entender las letras de muchas de sus canciones. A menudo él señalaba que su música se iba transformando disco tras disco, pero que a la vez había otra cosa invariable: el rechazo a toda forma de hipocresía. Una determinación espiritual anidada en muchos jóvenes nacidos en una misma década, y que poco a poco –de modo natural- pasaron a confluir”.

Le escapó “a la cultura dominante” y se preocupó por ser él mismo. “Y desde su alma de diamante enfrentó impecablemente, como un tián el acoso de las sombras inútiles, quimeras de una época condenada al naufragio”, escribe Miguel Grinberg.

Fue en una entrevista donde el Flaco dice lo del título de la nota: “Crear cosas hermosas depende de una vida hermosa”.  Escaparle a la “sombra” diría, tal como Nietzche hablaba del desierto, de ese desierto-mundo que crece para hacer del hombre rebaño.

Cabe aquí lo dicho por la poeta Olga Orozco, que Grinberg cita: “Los poetas creemos en las palabras como si fueran mariposas en libertad y las palabras creen en los poetas cuando éstos vuelan libres”.

El libro “Una vida hermosa” cierra con unas hermosas -valga la redundancia- líneas: “Hubo un poeta que vivió y creó (amó) de modo intenso entre nosotros, nutrido por la iluminación: alma indómita, niño elegido. Su canto resistió el tronar de la máquina totalitaria, exaltó el corazón de lo humano y seguirá haciéndolo aunque la Tierra se convierta en un inmenso cráter… Obstinado, brilló impecablemente sobre el sol: ave rara del espíritu, mensajero indomable. Hermano querido”. (APP)