Cuando en   Río Negro se quemaron  libros, hubo represión ideológica, persecución política y torturas, durante el gobierno del coronel Lebrero (1943-1946)/Por Omar Nelson Livigni

 

Viedma.- (APP) Al cumplirse 100 años de la fundación la  histórica biblioteca Bartolomé Mitre de Viedma, primera en la Patagonia, el destino quiso que quien escribe estas líneas tuvo que cumplir un mandato irrenunciable y reparador. Nada menos que reintegrar a los legatarios de esa institución, en un acto público cumplido en el patio del Colegio San Francisco de Sales, una serie de libros que se salvaron de ser condenados a la hoguera como resultado del sistema de  represión aplicado entonces  por el coronel  Rodolfo M. Lebrero,  interventor y representante designado por la junta militar de la revolución del 4 de junio de 1943 en Río Negro.

La operación de salvataje de esas obra correspondió a los entonces ex alumnos de la Escuela  Normal Mixta de esta capital, Humberto Martínez, fallecido en Temperley con más de 90 años, y otro compañero. Estos jóvenes  ingresaron subrepticiamente al edificio de la biblioteca para cumplir su cometido, corriendo los riesgos de imaginar.

La referencia, por su anacronismo,  nos remite a las prácticas habituales de la Alemania  totalitaria de Hitler  y Goebbels, y  hace muy difícil hoy comprender que esos acontecimientos hayan ocurrido aquí, aunque en muchísima menor escala.

Hay que destacar que Juan Domingo Perón, el militar más influyente del gobierno de 1943, fue un cercano amigo del coronel Lebrero y hay distintas obras, entre ellas una biografía de Pavón Pereyra, donde aparecen ambos  acompañados por sus esposas. En esa oportunidad Perón estuvo acompañado de su primer mujer, Alicia Tizón .

Pero el dato que hasta el momento resultó desconocido y que sorprende es que el coronel Lebrero protagonizó una actitud de primera línea como jefe de la represión militar ordenada por el gobierno de Félix Uriburu en 1930 contra grandes huelgas de obreros, en donde fue responsable del fusilamiento de trabajadores anarquistas en Rosario. Al margen de todo juicio y a espaldas de los tribunales.

En un trabajo de búsqueda que culminó rápidamente, el colega Ricardo Marconi,  en un detallado y meduloso informe periodístico,  publicado en la revista “Introspecciones”  de Santa Fe, con el título “Lebrero,  el primer fusilador de Rosario”, nos allanó el camino para conocer los antecedentes cuestionables de quien fuera en su momento una personalidad pública  en Río Negro,  con un marcado perfil de represor. Marconi traza una cruda y muy desfavorable semblanza de quien dijo “siempre vivió temeroso y atormentado por las muertes de Rosario que le imputan, y clamó protección ante el general  Justo en 1932, quien le consiguió un destino seguro en el ejercito fuera de toda acechanza”.

Agregamos por nuestra parte que uno de sus colaboradores, el capitán Sarmiento, fue asesinado por obreros anarquistas como venganza por los fusilamientos. No es de extrañar entonces que Lebrero haya tenido grabado en  su memoria la muerte en Buenos Aires del  teniente coronel Héctor Benigno Varela, el oficial que envió Hipólito Yrigoyen para reprimir la huelga rural de los peones patagónicos en Santa Cruz en los años 20.

Hay que tener  en cuenta que no se conoce  documentación oficial alguna en Río Negro sobre la actuación de Lebrero y la policía rionegrina en aquel paréntesis institucional entre 1943 y 1946. Sí hay una serie de datos recogidos por la tradición oral, supletoria en gran medida  de la desaparición de actores  y partícipes  de la época y fundamentalmente un muy trabajo de recopilación del periódico neuquino “La Cordillera”.

“La Cordillera”, de inspiración democrática, opositor y crítico  al gobierno de Lebrero, cuya colección todavía se conserva en Neuquén, permite recomponer, aunque en forma incompleta, aspectos de ese pasado  pretérito  desconocido y censurable.

Los cronistas y la dirección de“ La Cordillera”, que fundó y dirigió Remo Edelman, dirigente de origen radical, observaron con objetividad , inquietud y con gran valentía una realidad rionegrina caracterizada por un gobierno totalitario representado por el coronel Lebrero,  que aplicaba sin dudar una ley  vigente desde  1941 que facultaba a las   autoridades en general a reprimir y   perseguir a quienes atentaban contra “los principios de la argentinidad” (leáse dirigentes o afiliados a los partidos tradicionales, socialistas o comunistas y otras variantes de la izquierda) . También la dinámica  de activos sectores sociales, enrolados en  las tendencias “nacionalistas”, como los activistas de la colonia italiana de Villa Regina, donde eran frecuentes los desfiles  fascistas con camisas negras, en función de la identificación con  Benito Mussolini .

No sólo en el Alto Valle, sino en otros territorios sureños, fueron frecuentes las visitas desde Buenos Aires de dirigentes nacionalistas con finalidades proselitistas, como el conocido Enrique Osés  de reconocida simpatía por el eje Roma-Berlín, y director de dos periódicos “El Pampero” y “Crisol”, de netas inclinaciones filo-fascistas financiados por empresas y la embajada alemana en Buenos Aires.

El autor de esta nota recuerda -siendo un muchachito- conversaciones de dirigentes políticos en el negocio de su  padre que indicaban junto a Lebrero  hubo en la policía rionegrina un conjunto de comisarios  y oficiales de alta graduación  ejecutores de sus órdenes.

Uno de ellos, tal vez uno de los más mentados según esos comentarios, estuvo al frente de la Comisaría de General Roca y acostumbraba a recorrer las calles de la ciudad en un brioso caballo, en actitud marcial, con  uniforme policial y portando un sable. Se trataba de uno los comisarios “duros”, que poco después se desempeñó como jefe de  policía durante algún tiempo en el primer gobierno peronista a partir de 1946, a cargo del Ingeniero Agrónomo Miguel Montenegro.

Las versiones aquí en Viedma se hacían eco de que había razias intimidatorias, resultando presos algunos afiliados al comunismo, aunque en el interior los procedimientos era más severos, “plantando” documentación comprometedora en los domicilios de comprovincianos con apellidos judíos o simplemente resistentes al régimen, sometiéndolos a tormentos y otras vejaciones.

Precisamente el semanario neuquino “La Cordillera”, que reflejó  el accionar fascista desde 1943 a 1946 en Río  Negro, distinguiéndose de los medios rionegrinos que guardaron un sonoro silencio, publicó una crónica  acerca de lo acontecido durante un acto político en Villa Regina que tuvo como oradores a dirigentes porteños como Osés, Cascella  y Andrade, rodeados de “unas 350 personas, la mayoría extranjeros  y  de conocida filiación nazi fascista”.

Consigna además el periódico que  los oradores cuestionaron la constitución y al sistema democrático, afirmaciones que provocaron la reacción de unos 400 vecinos apostados frente al lugar que determinó la intervención policial.

Relata “La Cordillera”, entre otros episodios similares, que en agosto de 1944 la policía de Río Negro apresó a 28 jóvenes de Villa Regina,  simpatizantes de izquierda, y denunció que 17 de ellos fueron torturados en la comisaría local y trasladados después de varios meses a General Roca donde recibieron igual tratamiento, en la unidad policial de esa localidad.

Estos sucesos ocurrían en una Argentina que desde la caída del radical Hipólito Yrigoyen enfrentaban a sectores antagónicos en cuanto a lo que debería ser la república .

Por un lado una línea moderada que no buscaba suprimir los esquemas liberales, y otras que imaginaban un estado sin partidos políticos, reivindicaba el rol de las fuerzas armadas como la  reserva moral de la Nación,  como el de las corporaciones, las organizaciones de patrones, empleados y sindicatos.

En  definitiva, todo parecía discurrir entre una sociedad democrática y otra corporativa de derechos restringidos. Remontando los últimos 80 años transcurridos, los rionegrinos y los argentinos hemos incorporado a la experiencia individual y colectiva el insólito gobierno del coronel Lebrero, y la interrupción de los gobiernos civiles por los militares.

Y como  nefasta derivación sufrimos la aplicación de metodologías de intimación mediante atentados terroristas, como los aplicados por el jefe de la Policía rionegrina, comandante de Gendarmería Benigno Ardanaz, a funcionarios de la administración del gobernador Mario José Franco (1973-1976), médicos promotores del Plan de Salud de aquella gestión y a los izquierdistas o catalogados como tales, aunque no lo fueran.

Para muchos bien informados  la actividad de Ardanaz en cuanto al manejo político de la policía fue subalternizar la institución a la Triple A  (Alianza Anticomunista Argentina), organizada y solventada por el exministro de Bienestar Social de la Nación, José  López  Rega,  en el gobierno de Isabel Perón, a quien se le atribuyó la tarea de depurar las provincias de elementos “subversivos”.

La tarea mayor fue asumir la eliminación física de críticos y opositores, como el asesinato de Carlos Mujica, y los políticos Rodolfo Ortega Peña y Silvio, Frondizi,  entre otros, y obligó al exilio forzado  bajo amenazas de muerte a miles de argentinos

Resta ahora, y esto es un desafío para los historiadores y los periodistas, seguir buceando en estos capítulos oscuros de los últimos años del pasado  territoriano y de otros más contemporáneos  e irresueltos.

Y en especial la gestión del coronel Lebrero, la organización de aquel sistema represivo  por sugerencia del gobierno nacional, los oficiales de la policía que tuvieron actuación primaria en el cumplimiento de órdenes aberrantes, la quema de libros, la aplicación de torturas, para evitar que, como hasta hoy, la historia rionegrina siga teniendo estas páginas en blanco que no son pocas. Para terminar con la impunidad y que haya sanciones morales, aunque sean tardías. (APP)