Viedma.- (APP) Hoy, 2 de mayo, se cumple un nuevo aniversario de aquella fatídica fecha de 1982, cuando el Crucero General Belgrano fue atacado y hundido fuera de la zona de exclusión de la Guerra de Malvinas. El episodio fue un crimen de guerra, un luto más de aquella página de nuestra historia, violatoria de la carta del la ONU y la resolución 502 del Consejo de Seguridad. La dotación del buque era de 1042 hombres, de los cuales murieron 323. Reproducimos el relato personal sobre el hecho del capitán de fragata Francisco G. Sonvico, quien fue tripulante y sobreviviente del crucero, publicado por la revista Gaceta Marinera en el 2003. Sonvico falleció poco después de dar este testimonio, por lo que se convirtió en su último y conmovedor recuerdo de lo que fue el hundimiento del crucero y la odisea de quienes sobrevivieron en el mar.
El torpedo que explotó en popa lo hizo en una zona donde están los alojamientos del personal subalterno, cerca de la cantina. Esta explosión levantó la cubierta acorazada de la máquina y todas las cubiertas superiores destruyendo todos los alojamientos por compresión, ese es el motivo por el cual no mueren oficiales –porque estaban alejados de ese lugar-.
El comandante del submarino, cuando recibe la orden de atacar al Belgrano, la hace repetir. Estaba fuera de sus reglas de empeñamiento.
Confirmada ésta, adopta una posición de combate para lanzar sus torpedos, y cuando estaba listo a lanzar; nuestra fuerza cae de su derrota y con ello le desarticulamos el ataque. La acción lo obliga a tener que tomar nuevamente posición para lanzar.
Entonces dispara tres torpedos de corrida recta, autónomo sobre el blanco. Los torpedos se lanzan con una diferencia de rumbo entre los tres de medio grado, con la esperanza de que impacte al menos uno. Dos torpedos impactaron, pero el tercero siguió con derrota encontrándose más adelante, ya fuera de acción, con el destructor Bouchard.
La primer reacción de la fuerza argentina fue comunicar mutuamente que estaban bajo el ataque de un torpedo y subir la velocidad. También hacer lo que se denomina un ataque urgente, que consiste en evadir la posición del submarino, buscando dar vuelta la situación del adversarios, es decir de una situación en la que se es atacado a otra de ataque defensivo. El comandante del submarino descendió a profundidad navegando en espiral, a alta velocidad, estuvo por lo menos dos horas –según se supo luego-, haciendo maniobras de evasión, navegando en rumbos aleatorios. Cuando el Belgrano se empezó a hundir, la tripulación, al sentir los impactos y al quedar el buque sin propulsión y sin luz, cumplió lo que se llama rol de siniestros. Éste determina que cada tripulante vaya a cubrir su rol de abandono, excepto los miembros del equipo de control de averías que tienen tratar de salvar el buque. Esto se cumplió rigurosamente, con velocidad y en notable silencio. Se escuchaban solamente las órdenes de los oficiales y suboficiales que estaban dirigiendo el tránsito, para que todo fuera rápido. Yo estaba en el centro del buque, en proximidades de mi camarote, y me dirigía a la cámara de oficiales. Para llegar allí había que pasar por un pasillo enorme, con doble escalera que iba a través de la cubierta, desde los sollados que están abajo de la cámara de oficiales. El lugar era un río de gente. Tengo en la memoria el zapateo en los escalones de hierro, y la voz de un guardiamarina -creo que era Franzoni- que ordenaba “apuren ocupar su puesto de abandono, ocupar su puesto de abandono”. Fue él que me dijo “dos torpedos señor, uno en proa y otro en popa”. Yo en ese momento me enteré de la situación.
Volví al camarote a buscar mi equipo de abandono. M me perdí en aquel buque que conocía de memoria. Fueron momentos de desesperación. Llegué a mi camarote me puse la parca, no me puse un pulóver primero -uno de estos, azul, que todavía no se usaba- y me puse esa bufanda blanca. Finalmente me puse el salvavidas y subí a la cubierta.
El Infierno
Salí por donde momentos antes había visto el chorro humano, y me encontré un par de heridos sentados en el suelo, con quemaduras en la cara y el pelo todo achicharrado. Les pregunté “qué les pasa, quiénes son”, entonces me arrodillé delante de uno. No me habló porque estaba shockeado. No se de dónde salieron, pero atrás mío aparecieron enfermeros que yo no conocía; entonces les encargué que se ocuparan de ellos. Me dirigí hacia la popa, por el lado de estribor, que era mi posición de abandono, cumpliendo con las reglas de circulación: a popa por babor y a proa por estribor. Pude notar que todavía había un cierto flujo de gente que circulaba en esa dirección. A cada balsa les repetía la orden “permanecer en su puesto, recuerden que el buque es el lugar más seguro mientras esté a flote”. La gente estaba formada como para un ejercicio en su puesto de abandono, igual que el primer día de navegación la gente estaba en su lugar formadita. Me miraron como esperando una respuesta que yo en ese momento no le puede dar. Pegué la vuelta, pasé por un corredor que había por la cocina y dependencias a popa. Había tambores con combustible del helicóptero, algunos de los cuales se habían desprendido y estaban tirados. Temí que si alguno se rompía, desparramara combustible, y en cubierta había un incendio. El peligro se incrementaba, al considerar que había muchísima munición en cubierta por las baterías secundarias. Entonces tomé un grupo de control de averías que venía del infierno que había abajo -buscando aire, porque la humareda no los dejaba respirar-, y les ordené que tiraran los tambores al agua; con ellos nos dedicamos a esa faena.
Luego fui hasta mi balsa. Me dieron el parte, pero éramos muy pocos, faltaban por lo menos cinco o seis. Allí fue donde vi al cantinero Ávila que estaba desesperado.
Era como si su piel gritara. Yo lo conocía de mis viajes en el buque escuela, en donde él estaba como ayudante de cantinero. Le pregunté qué le pasaba. Él me miró pero no me contestó, fue otra persona la que me dijo al oído ”el hermano no salió”.
Entonces ahí sí me habló Ávila -balbuceando, porque estaba verdaderamente desesperado-, y me dice “lo quiero ir a buscar”.
Le contesto que ni se le ocurra. Pero él repitió, “¡déjeme ir a buscarlo!.
“¡Ni se le ocurra!, le vuelvo a responder, agregándole:¡no sabe lo que es eso, es el infierno! Usted va para allí y no vuelve”.
En ese momento, Ávila respiró profundamente y miró el horizonte. Y era rarísimo que Ávila no te mirara a los ojos. Una cosa que siempre me gustó de él era que cuando te miraba, te taladraba con su ojos. Era un hombre franco, un hombre derecho.
Lo agarré de los hombros y lo sacudí. Lo llamé por el nombre : “Heriberto ni se le ocurra bajar!”. Míreme por favor -y el miraba para otro lado-. Ni se le ocurra. Se lo ruego”. Terminé de recibir las novedades, me fui a recorrer los cargos míos y a recibir órdenes. Subí una cubierta más, hasta donde estaba el capitán Galazzi, que con megáfono en mano, retransmitía las órdenes del comandante, que estaba en el puente. Me presente -recuerdo que le hice el saludo militar-, le pedí permiso para darle el parte y me escuchó. “Señor he recorrido mis cargos: radio 1 sin novedad -cifrarlo sin novedad se han destruido las claves y los códigos-, decidimos embarcar los equipos de emergencia, no tengo la posibilidad de enviar mensaje de socorro por la falta de energía. La central de información de combate también recorrida sin novedad, mandé cerrar todo ya, en radio 2 no hemos podido bajar pero ahí tengo muertos. Radio tres en automático, sin novedad”. Me escuchó todo, y entonces me dijo “Sonvico ¿cuál es su estación de abandono? -y con la mano derecha me toco el hombro izquierdo-. Yo señalé y miré al mismo tiempo “popa estribor”. Al mirar, vi la gente formada, con el buque escorado a 30º. La primera sensación que tuve es que faltaba la mitad de la gente y entonces pensé, “¡Dios mío!, cuántos han muerto ya”. Porque si no estaban ahí, es porque no estaban vivos. En realidad me equivoqué, no faltaban tantos. Lo que pasó fue que algunos se habían ido a la otra banda -la que estaba tocando el agua-, porque no se podían mantener parados ya. En ese instante el segundo me dijo: “Sonvico. El barco se hunde, vuelva a su estación de abandono y haga echar las balsas”. Esa es una orden de abandono. No me dijo abandone, me dijo “haga echar las balsas al agua”.
Bajé a la cubierta principal, llegué hasta la primera balsa donde me estaban esperando -vuelvo a decir- en total silencio. Estaban formados como para inspección. No oí gritar a nadie, no oí quejarse a ningún herido, al contrario.
El Belgrano se hunde
Empecé por dar la orden de tirar la balsa al agua, así lo hicieron. Con la ayuda de dos personas más, lancé mi balsa al mar. Luego de haber botado la balsa, yo personalmente la armé. Tomé el cabo que tiene el disparador para inflarla y lo accioné. Como se había practicado tantas veces en los ejercicios de abandono, los de mayor experiencia ayudamos a los conscriptos a que se tiraran al agua. Puedo decir con orgullo que los suboficiales que yo vi, en esa balsa -como en las contiguas-, manejaban del descenso de los conscriptos y marineros hasta la balsa en forma correctísima. Se comportaron incluso hasta con actitud paternal, para que el desembarco se produjera en forma ordenada. El abandono fue lo que denominamos inminente, porque si el buque se hundía teníamos contados minutos para abandonar. El orden, la disciplina, el método, primó en todo momento. Hasta hubo gestos de cortesía.
A mí no me pareció el abandono de un buque que se hunde en la guerra, me pareció un ejercicio en la escuela. He participado después de esto en muchos otros y en todos se podía observar lo mismo: serenidad, orden y confianza. Me dediqué a supervisar que el abandono se realizara en forma ordenada, por eso puedo decir lo que vi. Cumplí la orden que me dio el segundo comandante de manera tal de que pensé “soy el último en abandonar; al menos la estación de abandono”. Cuando no quedó nadie más en cubierta de mi lado, busqué mi balsa, pero el buque había derivado por efecto del viento y se había corrido por lo menos 20 o 30 metros de las balsas; así que cuando me tuve que tirar las balsas ya no estaban cerca. De por allá apareció una cabeza conocida que era la del teniente de navío Anselmo, que cuando me vio, me gritó “¡señor tírese!”. Entonces yo me saqué la gorra, la puse en cubierta, revoleé el bolso que tenía mi equipo de supervivencia, que cayó ahí nomás, y me tiré de cabeza. No lo hice de pie porque el buque estaba tan escorado, que si lo hacía me golpeaba con el casco. Me tiré de cabeza saltando lo más lejos posible. Primero descendí por un cabo, que colgaba del aparejo de una lancha, hasta pisar el borde de la coraza, y de ahí me tiré. Nadé bajo el agua hasta la balsa, no se como aparecí prácticamente en la boca de la misma, y ahí salieron cuatro brazos que me izaron. El buque en ese momento se volcó. Terminó de escorarse y quedó con un costado hacia arriba. me acuerdo que nos pasó la hélice tan cerca que yo creí que nos rompía. Al hundirse, el viento dejó de arrastrarlo y las balsas golpearon contra el casco. Fue así que pude recuperar mi bolso -que tenía un bidón con agua, ropa seca en bolsas, los remedios, los lentes y también un frasco con yerba. También llevaba mate y una bombilla. Quedé tirado adentro de la balsa. Remamos desesperadamente para alejarnos de la hélice, en un momento dado la ola nos subió y yo pensé que nos iba a montar contra el casco, pero en ese momento el buque se hundió.
La popa al hundirse, formó un remolino bastante fuerte que nos asustó a todos. En esos momentos vi los daños y pensé: “Bueno, que Dios me perdone, pero esto terminó. Ahora la guerra es otra, tengo que salvarme y salvar a esta gente.
Estaba convencido de que mi responsabilidad era salvar a la gente que estaba en cubierta. Estábamos aferrados a la guirnalda de la balsa, tratando de conservar el equilibrio porque daba vuelta como una calesita. Por la ventanilla abierta de uno de los extremos de la balsa vi la proa del buque levantada. En la próxima vuelta vi como las olas lo tapaban. El Belgrano no se hundió abruptamente, literalmente las olas lo cubrieron como quien le pone una frazada a alguien que está acostado. En un momento, por milagro, el remolino paró.
La odisea
Cuando la balsa dejó de girar y el remolino desapareció yo le pregunté a Anselmo –porque con mi vieja y enverada costumbre de no usar el reloj en la muñeca, lo dejé a bordo- que hora era, y él me contestó “cinco y cuatro o creo cinco y dos”. Era el momento del hundimiento. No pude evitar exclamar “Dios mío cuantos se habrán hundido haya abajo”. Y Anselmo que no había vuelto a hablar todo el viaje en es momento me chistó muy suavecito, como quien le dice a un compañero que se calle; se llevó la mano a la boca, frunció los ojos como diciéndome no, no hable de eso.
A partir de allí, comenzó la verdadera odisea. La tormenta en que quedamos sumidos era tremenda, yo no recuerdo haber visto una cosa parecida. Las olas entraban por la ventanilla, que se rompieron, una monstruosidad. Tanto eran los tirones que pegaba el ancla de capa, que me hicieron creer que la balsa se iba a romper, entonces yo mismo con mi navaja –no recuerdo si con mi navaja o con la de la balsa-, corté el cabo que izaba el ancla de capa y la amarra que nos fijaba con otra balsa.
Si bien en principio habíamos acordado mantener las balsas unidas, la situación hizo que nos pusiéramos de acuerdo con la otra balsa para cortar las ligaduras. Posiblemente si hubiera visto lo que pasó al otro día no lo hubiera hecho, porque las balsas eran muy resistentes. Lo que ocurrió es que, mientras estábamos maniobrando, uno de los conscriptos levantó las manos para sostener el techo, pero perdió el equilibrio y se agarró del techo, rompiendo el contratecho. Fue en aquel momento que dije “por Dios no se agarren más de nada, porque esto no va a durar”. Sin embargo la textura de las balsas daba la impresión de ser muy resistente y la mano rebotaba cuando uno golpeaba el casco con el puño. ¡Bueno! nos llenamos de agua, se hizo de noche, funcionó la lamparita esa que se enciende cuando se le moja la batería. Mi linterna dejó de funcionar inmediatamente -yo tenía una linterna de cuatro pilas, de esas que son como una cajita con manijas, se debe haber mojado pienso yo, porque mi linterna nadó conmigo debajo del agua-, entonces tiramos al agua toda la parte óptica y con lo que quedó de la linterna, que se parecía mucho a una jarra, achicamos el agua de mar de adentro de la balsa. Eso nos permitió sacar rápidamente el agua y secar el piso con un toallón que estaba adentro de mi bolso, que como estaba envuelto en nylon no se había mojado. La maniobra funcionó, pero la tuvimos que repetir veinte veces, porque constantemente las olas se nos metían por las aberturas que eran imposibles de cerrar. El agua estaba muy fría, a uno o dos grados, y todos estábamos mojados; una cosa espantosa. Cuando se hizo de noche y más o menos logramos aferrar las ventanillas, nos abrazamos. Éramos quince: diez conscriptos, el teniente Anselmo y yo, un suboficial primero y dos cabos principales. No se el nombre de nadie, pero de nadie eh!. Los conocía de vista, al suboficial y a uno de los cabos principales, por haber andado en cubierta, pero como yo era nuevo en el buque, ya que había embarcado quince días antes del hundimiento, sólo conocía a los que había conocido de antes. Hay que tener en cuenta, que el crucero tenía más de mil personas de tripulación.
Esa primera noche rezamos el rosario, poco menos que a los gritos, y sucedió una cosa que a mí me dicen los demás que fue una cosa extraordinaria, pudimos dormir. La oración nos reconfortó. Teníamos esperanza en la salvación, ¡en la salvación en serio!.
Pusimos mi bolso y el cilindro en el que se guardan las provisiones en la balsa, en el piso, y sentados como estábamos pusimos los pies arriba de eso y nos dormimos. Creo que dormimos desde las diez de la noche hasta que se hizo de día. Las horas de más frío, yo tenía miedo de que alguno se muriera, pero como el mar nos alborotaba y nos tiraba por el aire, digamos, no dormimos en forma corrida, sino que lo hacíamos de a ratos.
Al día siguiente, con la luz, ya las cosas eran distintas. El viento amainó. Se achicaron las olas y siendo de día uno tenía cierta clase de sensación de tranquilidad.
El Rescate
A las dos de la tarde oímos un ruido como si viniera otra ola a tirarnos el techo encima de la cabeza, pero en realidad era un avión Neptune que venía volando. En realidad era el segundo, según me enteré luego. El mal tiempo, les jugaba en contra a quienes nos buscaban. Tenían poco ancho visual, solo doscientos metros, y tuvieron que hacer piernas y piernas y más piernas…. El capitán Pérez Roca, piloto que comandó el segundo avión, nos avistó a setenta y cuatro millas del lugar del hundimiento, es decir a más de cien kilómetros de la posición inicial. El avión pasó volando tan cerca que pude verles la cara de los dos operadores de la nariz, y el gesto que hacían cuando miraban la balsa. Ver el primer avión a mí me despejó todas las dudas, y les dije los que estaban conmigo “ya nos encontraron, ahora sacarnos del agua es cuestión de minutos”.
Durante todo el resto del día vimos pasar aviones y a las cinco de la tarde vimos por arriba de las olas las antenas del Piedrabuena. Había una linterna en la balsa que tenía bloqueado el botoncito de hacer Morse, entones con el sencillo método de levantar la linterna hacia el cielo y bajarla le transmití en código. Primero le hice la llamada, me contestó con el foco de señales, entonces le hice la letra K, que quiere decir: transmita –una raya un punto y una raya-. Entonces él me contestó AS –todo corrido-, que es un punto una raya y otro punto, que quiere decir espera –que es una indicación de tráfico, no un mensaje-, le respondí con la señal de recibido, y me hizo la señal de fin de transmisión. No podía ver el resto de las balsas, así que pensé que estábamos solos. Pensé que el Piedrabuena estaría levantando balsas que yo no veía, porque sólo le pude ver las antenas, nada más.
Se hizo de noche. ¡Se vino otra noche!.
Había que esperar hasta mañana. En aquel momento no pensé que pudiera el Piedrabuena, sin luz, rescatar a nadie, pero de hecho lo hicieron.
Tenían dificultades muy grandes para levantar a la gente, porque estaba agotada, pero a las ocho de la noche se hizo de día instantáneamente. Había aparecido en escena el buque Gurruchaga. El aviso tenía un reflector de los que usaban en la Segunda Guerra para rescatar aviones, entonces lo encendieron para explorar la superficie. El mar se había planchado de una manera que a mí me causó asombro, había onda pero entre onda y onda el mar parecía de aceite. Con sorpresa pude ver que alrededor nuestro había muchas balsas. Estaban todas juntas. Pude ver las lucecitas de las linternas prendidas, y le dije a la gente “no van a poder creer lo que estoy viendo, están todas las balsas juntas. ¡Están todas juntas!”. Desde el Gurruchaga ,con esos reflectorazos que tenía, nos iban marcando uno a uno; como diciéndonos quédense tranquilos que ya estamos.
Pude ver como rescataba gente de las balsas, los veía desplazarse entre una balsa y otra. Y se lo dije a mi gente. En ese momento tuve un temor, porque vi a varios de mis conscriptos que estaban muy quietos. Tuve miedo por ellos, porque de hecho estaba tiritando sin parar, lo cual es una señal de hipotermia severa.
Entonces se me ocurrió decirles “vamos a hacer un campeonato de pito a ver quien toca el pito más fuerte”. Teníamos unos silbatos que estaban formados por dos silbatos pegados, muy parecido al pito que tocan los policías de Londres. Empezamos a tocar el pito, ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!… piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
De esa manera los puse en actividad, y yo calculo que serían las dos o tres de la mañana, cuando de sorpresa en medio del pitorreo, oigo ruidos de motores de propulsión del Gurruchaga. Se nos pegó, antes dio la vuelta para planchar el mar, y tiraron una red por la borda y nos dieron la instrucción de que subiéramos de a uno, cuando la ola levantara la balsa. De esta forma nos rescataron, al fin todo había terminado.
