Viedma.- (APP) El 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de Carlos Marx, lo que generó que en distintos ámbitos se debata sobre su vida y su obra. Hay que decir en principio que gran parte del legado del alemán sigue absolutamente vigente. Como escribió el mexicano Sergio Pérez Cortés, mientras “el capital siga oprimiendo a millones de individuos (…), manteniendo a la mitad de la población mundial en la pobreza extrema, Marx seguirá vivo”. Desde el 2008 además, con la explosión de la burbuja financiera por falta de regulaciones, de la que todavía no se ha salido del todo a pesar de los ‘ciclos’ que suele tener el capitalismo, Carlos Marx resurgió de sus cenizas y su obra es reivindicada mucho más allá de quienes de alguna manera nos sentimos cercanos a alguna corriente de izquierda, revolucionaria o reformista. Al igual que se revalorizó a Keynes y a todo pensamiento heterodoxo, alternativos a los desastres que dejaron y siguen dejando los promotores de las recetas únicas del neoliberalismo, los calificados ortodoxos.
Esta introducción sirve de justificación para expresarme puntualmente por algunas cuestiones que, en el marco de mi visión general sobre Marx, son más importantes o “esenciales” al momento de traer la sombra del alemán al presente.
Tiempo atrás leí una entrevista a Terry Eagleton, crítico literario marxista y escritor, y cuando el periodista le pregunta si sigue siendo fructífero el pensamiento marxista, responde que “el marxismo no ha desaparecido, como sí ha ocurrido con el posestructuralismo (de manera bastante misteriosa), e incluso quizá con el posmodernismo. Ello se debe en gran medida a que el marxismo es mucho más que un método crítico. Es una práctica política, y si lo que tenemos es una grave crisis del capitalismo, es inevitable que de algún modo éste se encuentre en el aire”.
Tiene razón. Cuando el capitalismo atraviesa una grave crisis, como la que estalló en el centro del imperio hace unos pocos años y que sigue haciendo estragos en Europa, cuando en Latinoamérica resurge el neoliberalismo y no sólo destruye los avances y mejoras que los gobiernos “populistas” (calificación con la que en cierta medida la derecha ha reemplazado a la de ‘marxistas’, ‘rojos’ o ‘zurdos’, al momento de marcar el principal enemigo a vencer o ‘el gran cuco’) lograron en varios países de la región, sino que nos empuja a un nuevo gran ciclo de endeudamiento y nos lleva a niveles impensados de desigualdad, Marx vuelve a “estar en el aire”.
Después que se lo dio por muerto con la Caída del Muro, el derrumbe soviético, y “el fin de las ideologías”, se puede repetir ahora aquello de “el muerto que vos matáis goza de buena salud”.
En este marco, volver a leer a Marx es descubrir también a un clásico muy lejano a la versión del estalinismo que prevaleció a lo largo del siglo XX. A ese mal llamado socialismo, un socialismo burdo y autoritario que se construyó en Rusia después de la «derrota interna» de la vanguardia bolchevique de Lenin y Trotski y que en la postguerra se reprodujo en otros países, los llamados del “socialismo real”. En realidad –esto daría para otra nota- regímenes de capitalismo de Estado más que socialistas.
En mi caso Marx siempre ha sido, desde que entré en “la edad de la razón”, un gran acicate para pensar, un referente ineludible para tener una visión del mundo. De hecho, es a partir de Marx que entendí algunas cuestiones centrales de la época que me tocó vivir. Y todavía sigue ahí, un faro de pensamiento absolutamente necesario para comprender la realidad.
Tuve la suerte de entrar en la izquierda no por la versión estalinista del Partido Comunista y otras corrientes afines, y por eso nunca me engañé respecto a la verdadera naturaleza de los países que se decían socialistas. Además, no sólo leí las “versiones” de Marx, sino al propio alemán. Y aunque Marx no es un todo coherente, porque como todo el que piensa va mutando sus ideas –sin adherir tampoco al corte epistemológico del Marx joven y el Marx viejo de Althusser-, sólo uno se acerca a Marx leyendo su obra y situándola en el momento histórico que transita.
Uno de los más prestigiosos historiadores del siglo XX, el inglés Eric Hobsbawm, dijo después de la crisis del 2008 que había que volver a Marx, y sin dudas hay que hacerlo para entender este capitalismo que, pese a mutar permanentemente, mantiene esas cosas esenciales que lo hacen precisamente capitalismo, y por ende, injusto.
Aunque yo mismo he mutado también de una izquierda revolucionaria a una centroizquierda o progresismo como suele decirse, o más precisamente al campo de “lo nacional y popular”, más adecuado para países como la Argentina (desearía un mundo socialista, pero hoy por hoy y en el futuro más o menos mediato no visualizo a un sujeto revolucionario y a los requisitos básicos que permitirían ese gran cambio), siempre he mantenido una matriz de izquierda en mi pensamiento que tiene a Marx como un referente ineludible, un Marx, repito, alejado de ese marxismo vulgar que se construyó por influjo de la rusia estalinista y también del marxismo blandengue y mentiroso de la socialdemocracia europea.
En esto se hablar de “mi idea” de Marx, que por supuesto se entronca con la de otros marxistas que reivindico y valoro, marca como primer cuestión vigente la idea de igualdad, la búsqueda de una sociedad igualitaria, parámetro que todavía creo que es lo esencial que separa a las ideas de izquierda de las de derecha. El italiano Norberto Bobbio lo escribió certeramente: «Lo igualitario parte de la convicción que la mayor parte de las desigualdades que lo indignan, y querría hacer desaparecer, son sociales, y como tales, eliminables; lo no igualitario, en cambio, parte de la convicción opuesta, que son naturales y, como tales, ineliminables. La derecha está más dispuesta a aceptar lo que es natural, y aquella segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado. El artificialismo de la izquierda no se rinde ni siquiera frente a las patentes desigualdades naturales, las que no se pueden atribuir a la sociedad. Se puede llamar correctamente igualitarios a aquellos que, aunque no ignorando que los hombres son tan iguales como desiguales, aprecian mayormente y consideran más importante para una buena convivencia lo que los asemeja; no igualitarios, en cambio, a aquellos que, partiendo del mismo juicio de hecho, aprecian y consideran más importante para conseguir una buena convivencia, su diversidad… Una política igualitaria se caracteriza por la tendencia a remover los obstáculos que convierten a los hombres y a las mujeres en menos iguales…».
Para Marx el objetivo principal de la izquierda es la igualdad y, especialmente, la emancipación de la enajenación. Como escribió Erik Fromm en su libro sobre Marx, la enajenación significa que el hombre no se experimenta a sí mismo como el factor activo en su captación del mundo, sino que el mundo (la naturaleza, los demás y él mismo) permanece ajeno a él. Están por encima y en contra suya como objetos, aunque puedan ser objetos de su propia creación. La enajenación es, esencialmente, experimentar al mundo y a uno mismo en forma pasiva, receptivamente, como sujeto separado del objeto. Eso hace a la concepción que el hombre debe ser siempre un fin en sí mismo y nunca un medio.
Cabe citar además una aclaración de Fromm sobre Marx que es acertada: «Marx creía que la clase trabajadora era la clase más enajenada, de ahí que la emancipación de la enajenación partiera necesariamente de la liberación de la clase trabajadora. Marx no previó la medida en que la enajenación había de convertirse en la suerte de la gran mayoría de la gente, especialmente del sector cada vez mayor de la población que manipula los símbolos y los hombres más que las máquinas. El empleado, el vendedor, el ejecutivo están actualmente todavía más enajenados que el trabajador manual calificado. El funcionamiento de este último todavía depende de la expresión de ciertas cualidades personales como la destreza, el desempeño de un trabajo digno de confianza, etc., y no se ve obligado a vender en el contrato su personalidad, su sonrisa, sus opiniones; los manipuladores de símbolos son contratados no sólo por su capacidad, sino por todas esas cualidades de personalidad que los hacen atractivas cajas de personalidad, fáciles de manejar y de manipular… Pero, por lo que se refiere al consumo, no existe diferencia entre los trabajadores manuales y los miembros de la burocracia…».
Para la izquierda el objetivo debe ser la búsqueda de una producción y una organización de la sociedad en que el hombre pueda superar la enajenación de su producto, de su trabajo, de sus semejantes, de sí mismo y de la naturaleza; en la que pueda volver a captar al mundo con sus propias facultades. Esto se entrelaza con el objetivo de búsqueda de igualdad que diferencia a la izquierda de la derecha. Al decir emancipación de la enajenación, estamos diciendo liberar al hombre de sus cadenas, no sólo de las económicas, sino de la espiritual creada por la enajenación.
También, a diferencia de los que creen muchos dijo Marx, el hombre no debe ser un simple instrumento del destino, de la historia, o de su clase social. Uno, es verdad, está limitado por ciertos condicionamientos, el origen social, el contexto de relaciones sociales en que uno se mueve, pero la relación es dialéctica. En general, el ser social determina el ser individual, pero Marx acotaba también que con la praxis y al ayudar a que las cosas cambien, también cambia uno mismo. “Cada una de las relaciones con el hombre -y la naturaleza- ha de ser una exteriorización determinada de la vida individual real que se corresponda con el objeto de la voluntad”, escribió Marx. Filosóficamente algo parecido a ese perseverar en el ser del que reflexionó Hegel y que en forma exaltada y nihilista también lo escribió Nietzche. Vivir productivamente, el pleno desarrollo de nuestros poderes dentro de las limitaciones impuestas por las leyes de nuestra existencia. En síntesis, uno debe experimentar el mundo exterior, la realidad, sin ser un simple juguete, un simple instrumento de ella, ni tampoco percibiéndola como una fotografía en la que uno no participa. Se debe recrearla por medio de la actividad, de su potencialidad mental y emocional. Aquí cito nuevamente a Fromm: «El ser humano normal es capaz de relacionarse con el mundo simultáneamente, percibiéndolo tal como es y concibiéndolo animado y enriquecido por sus propias facultades. Si una de estas capacidad está atrofiada, el hombre está enfermo… la productividad no es la suma o la combinación de ambas capacidades, sino que es algo nuevo que brota de esta interacción» (Ética y psicoanálisis).
Hay un sector de la izquierda, de mirada socialdemócrata, que reivindica a un Marx supuestamente crítico de toda política nacional estatal de tipo proteccionista , que pone trabas a la exportación de capitales desde los países centrales (nos referimos obviamente a un marco todavía capitalista). Consideran que, por el contrario, hay que abrirse al capital extranjero y repudiar todo desarrollo autónomo como camino a un capitalismo más avanzado, similar al de los países europeos o Estados Unidos. Adhieren sin decirlo a la concepción que habría un papel progresivo del imperialismo que aunque destruya las producciones menores, formas precapitalistas, pequeñas y medianas empresas de capital nacional, sentaría las bases para un país inserto en el mercado mundial y en vías a desarrollarse. Por eso terminan avalando el neoliberalismo o planes económicos ortodoxos. Se basan en las tesis de Marx sobre la dominación británica en la India. Citemos a Marx: «La intromisión inglesa que colocó al hilandero en Lancashire y al tejedor en Bengala, o que barrió tanto al hilandero como al tejedor indios, disolvió esas pequeñas comunidades semibárbaras y semicivilizadas al hacer saltar su base económica, produciendo así la más grande, y para decir la verdad, la única revolución social que jamás se ha visto».
Pero lo que no dicen es que Marx -junto con Engels- revisa posteriormente su tesis de la dominación británica en la India y al analizar el caso de Irlanda marca que el capital inglés lejos de destruir los modos de producción precapitalistas y desarrollar las fuerzas productivas, la ha hecho retroceder. Engels lo dice claramente en 1870: “Cuando más estudio el asunto, más claro me resulta que Irlanda ha sido frenada en su desarrollo por la invasión inglesa, y que se la ha hecho retroceder varios siglos”.
Marx ya señalaba en 1867 que Irlanda debía tener gobierno propio e independencia respecto de Inglaterra y que lejos de profundizar su dependencia económica de Inglaterra debía fijar “tarifas aduaneras proteccionistas”, fundamentando que: “La Unión que derogó los aranceles proteccionistas establecidos por el parlamento irlandés, destruyó toda vida industrial en Irlanda”.
Dos años después Marx afirma. “La historia irlandesa le muestra a uno lo desastroso que es para una nación el haber subyugado a otra nación”. Y cambiando la tesis que predominaba con respecto a la India ya no propugna que los revolucionarios deberían colocarse del lado del país avanzado respecto al más atrasado, sino al revés: “…la tarea de la Internacional sea, en todas partes, poner en primer plano el conflicto entre Inglaterra e Irlanda, colocándose en todas partes, abiertamente, junto a Irlanda”.
La intervención del Estado en la economía, políticas proteccionistas, se apoyan en cierta medida en este Marx posterior a su tesis donde hacía el panegírico del ingreso del capital en países subdesarrollados, postura que en este caso también sigue teniendo absoluta vigencia. (APP)
