Viedma.- (APP) Pocas tragedias enlutaron tanto a la Patagonia como la ocurrida hace ya 109 años en las costas del Chubut, cuando se produjo el hundimiento del vapor Presidente Roca, que había partido desde el puerto de Ushuaia con rumbo a Buenos Aires y costó la vida de unas cien personas aproximadamente.
Eran cerca de las 6 de la mañana del 18 de febrero de 1909 y a bordo del barco la mayor parte de la tripulación y de los pasajeros todavía dormía. Apenas algunos madrugadores y el personal de guardia y los mozos del comedor de primera, que habían comenzado a preparar el desayuno para el pasaje, estaban despiertos.
Aunque nunca se estableció con exactitud, se supo después que por un lamentable tropiezo un calentador Primus que se utilizaba para dar luz cayó al piso de la cafetería de pasajeros y el combustible que contenía se derramó y se produjo un principio de incendió.
Pese a que el mozo que estaba calentando el agua trató de apagar el fuego, no pudo lograrlo, y las llamas bien pronto se propagaron a la estructura de madera.
Un poco de historia
El vapor Roca había sido construido en los astilleros ingleses de Raylton Dixons en 1896 por cuenta de Hamburg Ship Line, que con el nombre de Maceio lo destinó a cubrir la ruta hasta la costa del Brasil. Medía 290 pies de eslora, 41,2 de manga y 23,6 de puntual, y desplazaba 1.986 toneladas. Después de seis años de atender esa línea fue incorporado al servicio de cabotaje en la costa patagónica con su nuevo nombre. Desde entonces hasta la mañana fatal había realizado 23 viajes, que habían culminado bien, pese a que en más de una oportunidad tuvo que enfrentar recios temporales.
El último viaje
El Roca había partido de Tierra del Fuego a principios de febrero para estar en Río Gallegos el 8, en Comodoro Rivadavia el 15, en Camarones el 16, y en Puerto Madryn el 17 por la noche. Su carga consistía en 5.722 rollizos y tablones embarcados en Tierra del Fuego, y 4.195 bultos de lana, de los cuales 2.128 provenían de Punta Arenas.
Al salir de Puerto Madryn con rumbo a Buenos Aires el pasaje estaba completo, formado por las familias que regresaban del sur con sus hijos estudiantes, trabajadores rurales, y varios ex presidiarios liberados de la Cárcel del Fin del Mundo, en la Isla de los Estados.
En Madryn fueron muchos los pasajeros embarcados que no habían sido registrados, ante la urgencia por zarpar para llegar a Buenos Aires para las fiestas de Carnaval, que se celebraban en esos días. Esa tarea fue postergada para la mañana siguiente.
La mañana del 18 de febrero de 1909, el buque navegaba sin novedad, doce millas al norte de la península Valdés, entre punta Hércules y punta Cantor, cuando estalló el incendio, frente a una costa de barrancas altas, a pique sobre el mar, y con muchos bancos de arena y restingas. Sólo en contados puntos de esa costa algún sendero abierto por las ovejas hacía posible ascender las barrancas.
Con el grito de “fuego a bordo” y el posterior sonido de la campana de alarma, todo el pasaje abandonó los camarotes y, a medio vestir, se dirigió al único pasillo que llevaba a cubierta. En pocos minutos el fuego se propagó y el barco se convirtió en una tremenda hoguera.
Enseguida el capitán Fernandino Weiss y el comisario Santiago Farell encararon con tranquilidad el operativo de salvamento, ayudado obviamente por la dotación de botes y lanchas a vapor con que contaba el buque. La muchedumbre aterrada causaba una dramática confusión cuandoel sol se aprestaba a salir.
Muchas personas, enloquecidas por el terror, se lanzaron al agua y murieron ahogadas. Otros pasajeros siguieron el mismo hilo: uno se suicidó de un balazo, mientras otro lo hizo infiriéndose una puñalada tan terrible como su pánico. Las llamas, entre tanto, invadieron el pasillo y el departamento de máquinas, haciendo más angustiosa la situación, donde reinaban gritos de hombres y mujeres y también algún que otro disparo de armas de fuego. Los ánimos se agravaron al trascender la posibilidad de que estallaran las calderas. Mientras, los marineros y pasajeros de tercera luchaban a brazo partido ante las lanchas y botes salvavidas que querían ocupar a toda costa, sin el menor sentido de solidaridad.
Los más serenos intentaron combatir el incendio, pero éste había cobrado un incremento tal que ya amenazaba hasta los elementos de salvamento, por lo que hubo que abandonar esa tarea y tratar de organizar la evacuación de la nave. La marinería, a las órdenes del contramaestre, se agrupó a proa, y los restantes hombres, con el capitán, a popa, mientras una barrera de fuego se interponía entre ambos contingentes.
El alistamiento de los botes fue una tarea interminable, ya que estaban llenos en exceso. El pedido de que los desocuparan para posibilitar su descenso al agua era contestado con insultos y amenazas. Muchos esquiladores habían embarcado hasta sus bultos y baúles y no atendían a los pedidos de que los dejaran. Una especie de locura colectiva se había apoderado de todos y, en lugar de bajar, los que aún no habían podido subir a los botes pugnaban por hacerlo. Fue así como por el exceso de carga cedió uno de los pescantes de un bote y más de ochenta personas que estaban en su interior cayeron al agua.
El capitán Weiss, para contagiar en los demás una actitud serena, fumaba su cigarro de hoja y, revólver en mano, daba las órdenes, mientras dos señoritas inglesas, en medio del descontrol, contemplaban el espectáculo sin duda asustadas, pero sin demostrarlo, hasta que se dirigieron a un lugar apartado de la popa y le dijeron al capitán que no se moverían de su sitio hasta que él lo ordenara.
El fuego completaba su obra destructora, que incluyó la correspondencia, la carga y los registros del barco, mientras los náufragos ofrecían un cuadro desolador. Por todos lados se veían asomar cabezas de hombres, mujeres y niños que pedían socorro e, incluso, eran rechazados cuando pretendían tomarse de los botes. Las maderas y cualquier otro objeto que flotara servían para buscar la salvación, como el caso de un inglés que montado a una tabla y utilizando sus brazos como remos se impulsó hasta que fue recogido y pudo indicar, por haber sido administrador de una estancia cercana, los senderos que, en medio de las barrancas, permitieron llegar a la planicie.
En tierra firme Gracias a la ayuda del inglés, los náufragos llegaron a tierra firme después de varias horas de penurias. Descansaron y trataron de secar algo de su mínima vestimenta y luego se dirigieron hasta un puesto de Punta Cantor, propiedad de un señor Sanguinetti, distante casi una legua del lugar. Este hombre se ocupó de auxiliar a los desventurados pasajeros y en un galpón preparó asado para todos, mientras enla casa de la familia se atendió a los heridos, los niños y las mujeres.
El aviso del incendio del Roca fue radiado a otros barcos que sólo pudieron llegar al lugar de la catástrofe tres días después. También por tierra se solicitó ayuda y se enviaron chasquis para informar a las autoridades.
Después del almuerzo brindado por el señor Sanguinetti, con los recursos remitidos desde punta Cantor se trasladó a los náufragos a los galpones de esquila de la estancia Valdés Creek, sobre la caleta Valdés, donde se dio alojamiento y se distribuyeron ropas para los más necesitados. Allí esperaron tres días, hasta la llegada de los vapores Presidente Mitre y Presidente Quintana.
El primero embarcó a los náufragos y los atendió hasta la llegada a Buenos Aires.
ACLARACIÓN: Algunas referencias fueron tomadas del texto del Ingeniero Emilio Ferro para la Revista Patagónica que dirigía Antonio Torrejón.
