Lo que queda del alba, un libro de Alberto Fritz  

Viedma.- (APP) El escritor Alberto Fritz editó en el 2017 el libro de poemas “Lo que queda del alba”. Lo hizo a través de Vela al Viento Ediciones Patagónicasy la obra tiene como ilustración de tapa una pintura acrílica intervenida digitalmente del plástico Adrián Tubio. Fritz tiene publicados “Animal sumergido” (1989), “Los juegos menores” (1991), “Ecología del amor” (2001) y “El lugar más iluminado” (2006), entre otros.  Reproducimos el prólogo del libro escrito por Claudio García y algunos poemas que contiene. Esta significativa obra del autor puede conseguirse en las librerías de Viedma y la región. 

El poder de construir gemas con palabras

1

El cuerpo abandonado a la voz poética. ¿Se necesita disciplina para el encuentro? ¿Escuchar el rumor de las palabras? ¿Que el cuerpo sea “…el perro/ tras el hueso de la palabra”? Hay siempre o casi siempre un yo interno que busca con las palabras el mundo. ¿Lo busca de manera fortuita? Se ingresa en el laberinto para ser Teseo o comida del Minotauro. Ser Teseo y contar con un hilo para volver al cuerpo. El deber del poeta, diría Borges, “es imaginar que hay un laberinto y un hilo”.

            2

El poeta dijo a un interlocutor que la madre con pocos elementos hacía comidas exquisitas y que esa austeridad es aplicable a la escritura. “Por eso poco es siempre mucho”. Ahora en un poema agrega “…el viento sopla/ hasta en la vaciedad”. Todo es vaciedad. Un mundo de cosas inútiles nos llena de vaciedad. Al poeta le basta entonces la economía del lenguaje. Una pocas palabras que verdaderamente tengan sentido para seguir viviendo.

            3

Y llega el verdugo. Llega la muerte. Y el poeta escribe “…hace veinte años atrás,/ él se decidió por la muerte” y en un tiempo suspendido (quizá porque nunca basta o siempre sobra) “…creamos un falso mito:/ el del muerto que eligió”. En vida, la personalidad es invento de los demás. En la muerte, también.

            4

Y llega también el silencio. “El hombre amontonando silencios/ para llevárselos a la muerte”. Desechos que el mundo ignora. También el oro y la plata son simples sedimentos, sentenció Marco Aurelio. En este caso, no se exhiben al mundo. No brillan entre los dedos, no suman un reflejo a la sonrisa, pero cuánto valor para el hombre que los atesora y los lleva hacia la descomposición de la materia.  Cuánto valor para el poeta que necesita esos silencios como red de las palabras. Las palabras que lo sucederán y que no serán “ruido en la escena del mundo”, como también pretendió el emperador filósofo. Las palabras “…venciendo bellamente a la aniquilación”.

            5

Pocas cosas tienen la fugacidad del relámpago. El poeta utiliza esa palabra en varios poemas. Acoge su fulgor y lo vuelca como metáfora. Así se suceden: “Y un niño y su lengua hipnotizada:/allí fue el relámpago”;  “…el silencio es pacto y tesoro,/y los que van a morir/-relámpagos de la carne- así lo entienden”; “…me veo llevado a esta reducción/de relámpago del lenguaje”; “Este rostro,/una y otra vez guarnecido en su disfraz:/reconoce las palabras,/el tablero donde éstas se vuelven relámpagos,/pero ya no hay asombro”. El relámpago es como un flash de una cámara fotográfica. Con ésta, el ojo descubre un instante que necesita retratar. El poeta utiliza el lenguaje para revelar el hecho poético. Pareciera que el hecho poético es el relámpago.

Como un relámpago también, dicen los creyentes, llega la ira de Dios, entre nubes, para que todos la vean. Shakespeare denomina también “el último relámpago” al momento en que algunos hombres al borde de la muerte se sienten felices. Hay cierto hilván con esto cuando el poeta habla de los que van a morir como “relámpagos de la carne”. Sin embargo la carne perece y el hecho poético, por obra de la palabra escrita, no, o por lo menos permanece más allá del tiempo mortal. ¿Relámpago entonces como fulgor de la ausencia? Quizás sí, sólo lo capturan algunos poetas y aquellos próximos a morir.

            6

“Un cuadro cualquiera de Klee y otro de Magritte”. El yo poético conduce a esas pinturas. Donde moran la “voz de la sangre” y el “uso de la palabra”. También, alguna vez, un filósofo hizo morar en el lenguaje nada menos que al ser. En el centro de los cuadros de Klee y de Magrite se posa una mosca, dice el poeta. Esto, que parecería insignificante, lleva a pensar que un cuadro nunca es un cuadro, un poema nunca es un poema y, en fin, el lenguaje nunca es lenguaje. No están inscriptos en lo físico-material. Son medios inmateriales que sólo a unos pocos les sirve para descubrirse o manifestarse. Por eso la mosca, que lo ignora, gira y se posa allí, sólo para reposar sus alas.

            7

Poemas como parábolas. ¿El poeta cae en el misticismo?  Puede ser que no. Porque también Nietzsche, alguien que se ocupó de sacar a Dios del medio, utilizó las parábolas para su Zaratustra. Y  hay creyentes que igualmente se atormentan por el silencio de Dios, como pasó con Kafka.

El poeta, de manera objetivista, sentencia que los fieles hace años que se inclinan ante los santos, les dan de comer, “…sin escucharse en el recinto/ la menor de las protestas”. “He visto un ídolo, pero soy yo”, escribe el poeta. Se ve al ídolo, al santo, por hipocresía o por inocencia. ¿La razón práctica de Kant? El poeta no se guarda la verdad: “soy yo”. Está “la Escritura”, pero ante todo el poeta “…ve caer desnuda, la desnuda pasión”. El hombre y su naturaleza. El hombre comió del árbol de la vida y cayó a la razón. Salió de la confortabilidad de Dios y, como Lázaro,  recuperó “…la mano/ salida del vacío”.  Dice el poeta en otro poema-parábola: “Si una vida bastara,/ ojos y manos olvidaría”. Se contesta en otro: Sólo “el descendido”, que es a la vez el que ascendió, “…merece la pasión de su muerte”. El resto en cambio, no puede “iluminarlo todo”, por eso no le basta la vida, por eso no puede olvidar ojos y manos. Aunque, qué hermoso verso, “…todo lo tocado por el corazón,/ descanse”.

Hay que establecer un punto donde “sostenerse”. Para el poeta, el sostén es el poema, como para un carpintero hacer de la madera una puerta o una silla. De lo contrario ahondaría límites “como un ahogado”. A veces el poema es una parábola, otra una máscara, otra la belleza. La pasión puede convertirse en “ola serena” que golpea la razón. Y aún así, como cuando el poeta construye un faisán, lo natural más allá de la época, más allá de la experiencia, “…pacta algo que sólo el cielo parece interpretar”.

            8

Toda literatura se cierne sobre el poeta. Está explícito en toda su obra. Y en “Lo que queda del alba” también invoca y convoca a otros pares célebres, aún aquellos que no son poetas en el sentido tradicional. Con la noche y con la compañía también de ser ante todo, como todo escritor, lector, se ve en “…la necesidad sonora de ser un boleto/ en manos de un pasajero”. Necesita caer “en lo verbal”, con la intuición y la razón. Caer en lo verbal sabiendo cumplido su lenguaje, aunque “nada en la existencia cambia más allá del cambio”.

            9

Aún en los días pasados, queda la obsesión de la palabra. Lo que murió o lo que se atesora. La excepción, quizás, de Rimbaud, que un día enterró la palabra y decidió no volver la vista atrás. El poeta lo nombra, decidió llevar flores a su tumba. De allí que, como caída, como centro, como descentro, está “la sombra”. Hay sombra, hay un reflejo de algo iluminado que no vemos. Sólo vemos la sombra y percibimos que “es producto de”. Antes, versos atrás, el silencio era a la palabra, como ahora, la sombra es a la luz. Basta que el poema alcance eso, basta que la quemazón de sus huesos, arda en la noche “apenas minutos”. ¿Qué poeta no querría eso?, pregunta el poeta. Y más adelante reafirma la respuesta que ya se sugiere: “parezco brillar, en el recuerdo”.  Hacia adelante también la obsesión de la palabra, porque: “Mentiría/ si no digo que a veces pienso/ que un poema/ puede mejorar el mundo”.

            10

Ahora que hay que llorar, al poeta le surge la risa. Habrase visto. ¿Fue algo abusivo reír cuando había que llorar? Justo a un muerto que “…lo entierran sin bienes,/ sin las usadas mujeres,/ con todas las arterias encallecidas/ por el asco y el miedo”. Más allá de lo gestual de la risa o el llanto, uno y otro son reconocidos por el sonido. ¿Ese soporte sensible del sentido va en el poeta en dirección contraria al de los deudos? Ignorantes. Lo irrevocable se impone. Riendo o llorando “…pastamos todos/ en el oro del fundamento,/ y un día falta la respiración”.

            11

“Nunca sé lo que quiero decir”, sentencia el poeta. Le llega el eco del: “Sólo sé que no sé nada”, que dijo Platón que dijo Sócrates. No es que nunca se sabe nada, siempre se sabe, aunque no con certeza. La diferencia es esencial. Recuerdo aquello de San Agustín sobre el tiempo: “Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé». El poeta le pide a Sócrates que lo prenda en el esculpido brote de la oruga.  La oruga es y no es. De su “torso enflaquecido”, escribió Ponge, explotará su destino de mariposa. También del poeta surgen versos como alas.

            12

El poeta es un testigo atento al rumor del mundo.  El  hecho poético surge de una mirada sensible ante la naturaleza y las cosas. Los rayos del sol sobre un ventanal pueden traer así un rostro. Un perro adormecido puede con sus orejas marcar el tiempo de una ópera desconocida. La mujer con un simple transitar puede abrir un abismo, ser arbórea si habla, dejarnos sin música si calla. Un gesto y una sonrisa pueden ser un fluir de luz que aún al irse brilla en la memoria. Del poeta surge un lenguaje aliado del espíritu. Sólo así pueden surgir versos como “la quietud de la danza” o hacer “tintinear la seda”.

13

Glauce, la citarista que enfermó de amores a un perro. El poeta es ese perro enamorado. De esa amalgama surgen versos que conmueven. Viajeros irán en búsqueda de su música, dejarán frutos y bocados exóticos, mientras el poeta, que yace en el umbral de oscuridad, alimenta su recuerdo con la imagen de su amada. Que a la vez es ignorancia de la no correspondencia.

“Debiera ladrar o callar, pero he aprendido/ un lenguaje casi humano para nombrarte”.  Tal es la desmesura de ese amor. Me detengo una y otra vez en el verso: “¿Cuál de todas las condiciones del alma/ sopla como el viento en la verdad?” No hay azar en ese quedar pasmado. Rememoro el verso que atesoro de otra Glauce: “La sangre se hace agua y los ríos van definitivamente al fondo del alma”. El tiempo no tendrá la osadía de detener la música de Glauce, como mi recuerdo no perderá ese azar de dos poesías de distinto dueño que se cruzaron en mí.

El remate alcanza las alturas que seguramente lograba la cítara en aquellas manos femeninas: “Y acaso el infinito, que con la muerte/ otorga la mitad de un sueño,/ se suceda centauro, y yo, tu cuerpo”.

14

Sergio De Matteo escribió que, a su juicio, en los autores patagónicos hay una “insistente necesidad de escribir sobre el viaje”. Que ese elemento se constituye en un «recurso discursivo». Lo cierto que en “Poema-Prefacio para una Novela” el poeta viaja mil kilómetros en un micro.  Probablemente es un recurso discursivo, pero alejado de aquellos pares que quieren evidenciar las enormes distancias del territorio patagónico o sentirse heredero de los primeros viajeros-escritores-extranjeros que se sintieron atraídos por estas tierras de nadie.

El poeta lee una novela en un micro “…dotado de pulmón y puertas,/ antojadizo en su conquista de distancias”, y la esboza en versos admirables. Algo de esa ficción es también lo real de su destino. Un viaje en micro de un millar de kilómetros para ir al encuentro de una mujer. En el viaje lee y  fuma (indicio del poema escrito todavía cuando se era más joven). Un poeta dotado, como el micro, “de pulmón y puertas”. Las volutas de humo quizás tomando la forma de la que “consigue sin saberlo,/ piernas para no sentir la fuga o manos,/ para una próxima aparición”.

El micro y la novela llegan a destino. Está el protocolo del baño y una niña cerca de unas mesas que improvisa lo invisible hasta que llega el reto de la madre. La novela invocó musas y aparecieron golondrinas. Alguien invocó su encuentro con una mujer que sólo aparecerá “si el deseo es parte de la trama”.

            15

Hay que “limpiar una piedra hasta convertirla en diamante”. Parece una tarea titánica la del poeta. Por eso el libro que cierra esa misión le genera “liberación, pena, terror”. Aunque él diga que sí, no creo que “siente lo que cualquier hombre”. Esta obra hilvana en un sentido existencial muchos años de su historia y su escritura. Pocos como el poeta han dedicado gran parte de su vida a construir gemas como las de esta obra. Sólo los que no quieren que las palabras floten en el aire sin ningún tipo de apoyo en el profundo interior del hombre. Recuerdo una frase de Fitche: “El que diga no puedo es que no quiere”. El poeta debe sentirse satisfecho que tuvo el poder porque quiso./Claudio García 

Selección de poemas 

El trazo de una línea

El trazo de una línea,

en la noche: un espejo.

Trazo, no relato;

lo continuo: un cuerpo, otro.

La mano ha sido el perro

tras el hueso de la palabra.

Sintaxis, credo, palabra.

Disciplina para el encuentro:

observar, compartir.

¿Escuchas la canción?

Materia y ceniza.

Lenguajes

Entregarse a la danza de las algas.

Cambiar así movimiento y color

por los privilegios del reflejo.

La ciudad tendrá después

un cuerpo lleno de presagios.

Y un niño y su lengua hipnotizada:

allí fue el relámpago.

Dos poemas

1.

En un día como éste

pero hace veinte años atrás,

él se decidió por la muerte.

Todos estos años,

los suyos,

suspendimos el tiempo,

creamos un falso mito:

el del muerto que eligió.

 

2.

La tarde.

El hombre amontonando silencios

para llevárselos a la muerte.

Esto aprendí:

el silencio es pacto y tesoro,

y los que van a morir

-relámpagos de la carne- así lo entienden.

Igual deberíamos nosotros

los poetas, los buenos poetas.

Cuadros

1.

Un cuadro cualquiera de Klee

y otro de Magritte: La voz de la sangre.

Sobre las mesas

olvidar parentesco y trazo

y ver sencillamente que el péndulo es uno

y el demandado otro, siempre otro.

2.

Un cuadro cualquiera de Klee

y otro de Magritte: El uso de la palabra.

Despertar esos dos plumajes.

3.

Un cuadro cualquiera de Klee

y otro cualquiera de Magritte.

Acoger

la sensibilidad de la mosca girando

posándose

en el centro de ese mundo.

Catedral

Santos en la yugular de la catedral

pasean su vínculo de años,

entran en el agua de los arrodillados,

se manifiestan.

Ajenos al acontecimiento

los fieles se inclinan.

Años hace que les dan de comer

sin escucharse en el recinto

la menor de las protestas.

Lázaro

Un estigma cerebral

en Lázaro, descalzo.

Despertado,

sucede todo: la mano

salida del vacío

aquieta la marea de plenitud

de la muerte,

el hombre (hijo),

entiende por virtud,

no por la suma de parábolas.

Ingresado al caos de fe de la historia.

Llegado.

El descendido

El descendido

merece la pasión de su muerte.

Porque el descendido

aun desde su estela añora sangre

y si llora claridad

pretende iluminarlo todo.

Porque en verdad

(y esto no lo sabe el descendido)

nada podemos contener.

Aun la claridad

al proclamar su desnudez

esparce oscuridad.

Por eso el descendido

ve palomas alejadas de toda tensión

y escribe sobre una batalla.

Aunque todo lo tocado por el corazón,

descanse.

La construcción del faisán

Hacia un lado de la puerta

(impresión y aburrimiento)

el faisán: una música sinfónica.

Presto a extensos pasajes de soledad,

como un buda, considera la época,

burla todo síntoma natural.

Ya en el instante comprende el secreto:

no siendo posible hallar en su cresta

un mechón ilustre, obra es ir con precaución

hacia donde el ritmo cojea y lo hace cojear.

Indagación ancestral lo absorbe,

hunde su dorada pata en la alegría

a riesgo personal y aterrado,

habla con su corazón del torrente

de aniquilamiento que es la experiencia.

Objeto milenario, materia demencial,

se aferra a la ciudad prometida,

pacta algo que sólo el cielo parece interpretar.

Provocado el asombro, revolotea enloquecido

ante la arquitectura perfecta.

Los boletos del pasajero

Es una larga noche

mi querida

toda literatura se cierne sobre mí:

lo verbal (mi querida), esa bestia

trazando el sentido.

El agua es mi falta profunda,

olvido su silencio abriendo el existir.

La crecida ceniza

en mi tosca envoltura escarba,

desanda para reunirse

con lo que ayer mismo abjuré.

Y si parezco hablar de pérdidas

es la muerte, siempre disponible,

la que lo hace.

Ya ajeno, me veo llevado a esta reducción

de relámpago del lenguaje.

Velozmente a tu alcance

dispongo de un sufrimiento casi artesanal,

caigo en todo lo creado:

en esta casa

espiga y cabellera,

en este desprendimiento

encendido y de la noche,

con esta respiración de color

ante la presencia del paquete de tabaco.

Desde esta Casa

lanzada al abismo

-y no va a llegar-

me alimento de manzanas

todas de Adán,

sobre olas

-impensables todas-

y no quisiera.

Y hace ya varios días

que intento algo imposible:

despertar al sentido carnal de la mano

para escribir una extensa decisión palpable,

pero la voz de considerar lo real

se multiplica hasta el refinamiento

y en chaleco, camino la perplejidad

de no poder retener lo pensado.

Idéntico a lo ofrecido

-mi querida-

visto la necesidad sonora de ser un boleto

en manos de un pasajero

que ha concebido una intuición y una razón

-las dos un golpe-

(las dos de un golpe),

y termina nadando

sobre la otra mitad de lo nombrado.

Así                           estómago y vacío

adormecido/remolino

escribe el que sabe cumplido

su lenguaje:

nada en la existencia cambia más allá del cambio

desencarna el que tensa su cuerda

y practica dominio de su costado

acorralado el recogido

soplo de Dios todo estremecimiento

ojo y garra luchan por la inmovilidad

no por desaparecer

dragones y adivinos son los campos: abiertos, púrpuras.

Es una larga noche

mi querida,

lo verbal, esa bestia

(mi querida),

trazando el sentido.

La imagen 

Allí   caída

centro     descentro

la sombra.

Pero detrás

de la tupida imagen

nadie.

Se sabe

lo invisible alimenta

destellos y oscuridad

en el cuerpo del hechizo.

Prefiere uno llorar.

Fuegos

A los treinta años convertido en algo leve.

Como mejor lo expresan las comisuras

de tus labios: algo tierno.

Un amigo dice que el adelgazamiento que sufres

es propio de los que piensan,

y que si tus huesos fueran quemados,

arderían en la noche apenas minutos.

Pero quién no quiere así su poema,

leído ahora o al cabo de los años

por el ojo desconocido.

Eso pienso mientras vuelvo a casa,

si no me he convertido en poema viviente.

Ahora que, al girar la llave en la cerradura,

entrando, parezco brillar, en el recuerdo.

Lo que queda del alba

El hombre recobra un sueño

de lo que queda del alba.

Sentado, permanece entre los restos

de lo que fue una cena.

Podríamos ver en este hecho

alguna consistencia, un gesto

por ejemplo, volvería grato el silencio,

una luminosidad en el abandono de la frente

haría cierto lo ignorado.

La posibilidad de existir desborda,

pero es ahí, en esa zona de permanencia,

donde transcurre todo: desolación, movimiento,

aroma, desencuentro, inmediatez.

Sucesos que ni siquiera la nada ignora.

Las cosas que vendrán y las que están,

por siempre, en la retina de algo eterno.

Escena

Justo ahora me da la risa

en medio de toda esta gente.

Ahora que hay que llorar

porque al muerto lo entierran sin bienes,

sin las usadas mujeres,

con todas las arterias encallecidas

por el asco y el miedo.

Lo tiró todo él,

por eso no hay motivo de disculpa.

La vida es así: pastamos todos

en el oro del fundamento,

y un día falta la respiración.

Pero reír así, reír así cuando no sabemos

adónde nos lleva esto, reír así, habrase visto.

Sócrates         

Nunca sé lo que quiero decir.

Y bien, mi bienamado Sócrates,

tú, que ahí dueles, ¿me prendes

en el esculpido brote de la oruga?

A la memoria de Francis Ponge

Glauce

Me han referido que un perro estuvo enamorado  de la citarista Glauce.

Pero hay quienes aseguran  que el enamorado fue un cordero, y no un perro, y

otros dicen que se trataba de un ganso…

En Esparta, una graja cayó rendida de amor ante los

encantos de otro adolescente.

                         Claudio Eliano, Libro I   Historia de los animales

 Siglos hace ya Glauce

que enamorado de ti,

yazgo en el umbral de oscuridad.

Esta patria se parece a la inmortalidad.

He visto por años a viajeros desplazarse

hacia el país de los sueños en busca de tu música.

Aquí dejaron frutas y bocados exóticos

que hace décadas ya no pruebo.

Son los años Glauce, el recuerdo que alimenta

la ignorancia, lo que me torna parte del tiempo

y algo parecido a los hombres.

Debiera ladrar o callar, pero he aprendido

un lenguaje casi humano para nombrarte.

Llevo en mí la dolorosa hybris,

y aunque pueda presagiar el paso de la nube,

duermo en la voracidad de tu vertical figura.

¿Cuál de todas las condiciones del alma

sopla como el viento en la verdad?

Así, parezco mover mi cola

pero son nacimientos

de una danza última y delicada.

Entro y salgo del deseo y te otorgo,

detenida, la belleza del cristal del aire.

No podrá  el tiempo osar con su vacío

detener tu cítara, querida Glauce,

la música de sus cuerdas en tus manos.

Y acaso el infinito, que con la muerte

otorga la mitad de un sueño,

se suceda centauro, y yo, tu cuerpo.

Poema-Prefacio para una Novela

Te ayudaré a venir si vienes

y a no venir si no vienes.

 Antonio Porchia

Metido en una novela

donde lo real forma parte

por una suerte imprecisa,

y ahora ya lejos

(1000 Km.)

sentado en el micro -fumando-,

contesto al recuerdo con un golpe de palmas.

Abismado en un abismo dado por el rostro,

al que también accede el cuerpo multiplicando espacio,

buscando tensión para su línea

(así como el arquero es el blanco

antes de expulsar la flecha;)

y desde lo hondo la voluntad

iluminándolo todo,

dando a cada objeto su pasión.

Simulado como un cero

(hijo de la escritura),

entregado por padres al deseo de vivir,

ya sin divisiones,

escucho el ruido del impecable treinta asientos,

dotado de pulmón y puertas,

antojadizo en su conquista de distancias.

Y sobre el azul del mar un cielo vencido

Y sobre un cielo vencido el azul del mar.

Sentado en el párrafo de una novela

de la que alguien se marcha,

donde palabras dispuestas clasifican o protegen

y se prolongan desde cualquier punto

en un juego desesperado.

Donde lo que ayer sirvió para vivir

enloquece de ser al atravesar vestiduras

y roza lo permanente -cajita musical-.

Fumando

-vuelto hacia atrás-

tan lúcido como la meseta,

pensando del lado animal,

busco en los bolsillos una menta

para salir de lo perpetuo sin comentarios,

sabiendo que ella, por confraternidad de mundos

(1000 Km. hacia lo opuesto) ahonda en sí misma.

’10 minutos’ -dice el chofer- y sangra.

Diez minutos son ahora la forma última de la luz

del atardecer, la voz del  árbol en la intemperie,

la palidez del intento más honesto.

Entonces desciendo con los otros veintinueve fantasmas,

voy al baño, lavo mis manos, observo mi rostro

en los espejos y converso con el de al lado

sobre el mal estado del tiempo.

Después, cerca de las mesas,

una niña parecida al entrar de la noche,

improvisa lo invisible hasta que llega

el reto de la madre en su intento desolador.

Metido en una instancia,

donde desde la primera página

alguien invocó musas y aparecieron golondrinas,

donde hubo también una batalla

y luego otras, con sus cargas futuras,

respondo al corazón de la noche

mientras el agua golpea contra los vidrios

y el asfalto desaparece bajo las horas.

Y ella (1000 Km. hacia otro lugar)

consigue sin saberlo,

piernas para no sentir la fuga o manos,

para una próxima aparición.

Metido en una novela

que dicta que al regresar el día

la mano despierte al tacto

y responda a la gracia de vivir,

donde es natural la estratagema del viento

sobre árboles y piedras y el infinito

insinuado por un personaje

que da de comer a las palomas.

Donde ella y yo

nos encontraremos

si el deseo

del invocador

(que ahora descansa)

lo permite.

Donde                                    ella y yo

(dije)                                      nos encontraremos

(ahora desciendo)                                   sí

(vi)                                         el deseo

(ahora ella desciende)

es parte de

la trama.