Viedma.- (APP)- Esta es la breve historia de la familia Fresán, fundada por don Lázaro, el incansable repartidor de diarios de los años treinta al cincuenta, heladero de triciclo , el caramelero de los cines Argentino y San Martín. Pero es también la recopilación de sucesivas imágenes nostálgicas, de una Viedma que ya no existe. Aquel pueblo en el que, como recordó Nelly, desde el piso superior del negocio y con las persianas cerradas podía reconocer a los vecinos por el ruido de sus pasos en la vereda .
La evocación adquiere relieve en estos últimos días del año 2016, cuando nuevos vientos soplan (o empiezan a soplar) en la renovada arteria comercial viedmense.
Sobre la calle Buenos Aires, en la vereda de la izquierda bajando hacia la Plaza Alsina, a mitad de cuadra entre Saavedra y Colón funcionó durante más de 20 años “La Central”, un negocio de kiosco de diarios y revistas, caramelería, helados y bebidas frescas, propiedad de Lázaro Fresán.
En ese negocio (y en toda la actividad comercial de diversos matices) don Lázaro fue secundado por su esposa Trinidad Pecos, y más tarde por su hija Nelly. Sus otros hijos, Juan y Miguel, siguieron el camino del arte con suerte desigual. Nelly es la única sobreviviente de la familia y ella contó esta historia, que comprende distintos momentos del devenir de los viedmenses en los últimos cincuenta y pico de años.
Nelly Fresán fue cálida y generosa enfrente del grabador, mientras liberaba el flujo de sus memorias. Como buena profesora de letras llevó el relato con orden y precisión, ubicando los momentos de la cronología familiar en los lugares adecuados del paisaje de pueblo grande, la Viedma de los ’30 a los ’60. Lo que sigue es la transcripción de sus dichos, intercalada con algunas reflexiones del cronista, desde sus propias emociones y recuerdos.
La fundación de la familia
“Mi mamá, Trinidad Pecos, vino de España con sus padres en 1921, cuando tenía 12 años; eran de Extremadura, de Calarrubias. Mi abuelo había estado trabajando acá en la isla de los Crespo y volvió a España, en donde habían quedado mi abuela y cuatro hijos, pero ya no pudo acostumbrarse allá. Una hija murió y el hijo varón dijo que no se vendría, ni vivo ni muerto, pero antes de salir del pueblo para tomar el barco tuvo una meningitis y murió. Así que vinieron ellos dos, mi mamá, una hermana y una tía. Llegaron a la isla de los Crespo, en donde vivieron al principio, después mi abuelo entró a la Policía y murió en 1933. Mi abuela se vino a Viedma, y cuando murió el marido de mi tía, ella se vino acá también. Por eso en casa éramos siete bocas para alimentar. Mamá, papá, sus tres hijos, la abuela y la tía.
Papá era de un pueblito de Navarra, muy cerquita de Pamplona. Cuando papá nació había allí un seminario para curas, así que como era el hijo mayor… ¡al seminario!. Cuando llegó el momento de hacerle la tonsura mi papá dijo: no, yo no tengo vocación para nada . Salió del seminario y era la época en que le tocaba el servicio militar, la famosa ‘mili’ de tres años. Los jóvenes hacían lo posible para salvarse y se compraba gente para que se pasaran por uno y zafar de la cuestión. Un primo de él había estado en eso pero le había fallado, porque los sustitutos no se presentaron.
Entonces se fue a Francia a trabajar. Después de allí viene a la Argentina, y llega así a Coronel Dorrego, en donde tenía unos parientes por el lado de su mamá. Allí en Dorrego conoció a un alemán de apellido Bores que vivía por la calle Gallardo (para el lado en donde está ahora el Centro Cultural) y lo contrató como empleado. Papá llegó en 1923, tenía 23 años; y aquí la conoció a mamá. Ella cuidaba niños y después fue a trabajar con un juez de apellido Garriga y allí estuvo hasta cuando se casó, en 1930.
Lázaro, el de los diarios
Mi papá no tenía trabajo en ese momento. Siendo todavía soltero había puesto una carnicería con un socio, pero este hombre lo estafó. En la calle Buenos Aires, a metros de Saavedra, (sobre la vereda de la derecha en el sentido actual de circulación) había un señor don Nicola que tenía un cuchitril con diarios y mi papá se lo compró. Allí empezó, por el ’31 más o menos, con esa actividad de los diarios. Después compró la mitad de esta casa, que era una construcción muy vieja de don Pedro Kruuse de antes de la inundación. Al lado había otra casa, la del ‘culto’ le decían, porque era el templo de ellos y allí construyó esta vivienda. Primero arregló la parte de atrás y después empezó la construcción de esta casa, en el año 1948”.
“Con mi papá fuimos en 1936 a España y nos agarró allá la guerra civil, llegamos en mayo y recién pudimos salir en diciembre, y papá siempre decía que nos dejaron salir porque yo era argentina. Tuvimos que embarcar por Portugal en un buque alemán. Estando en la estación de Salamanca esperando el tren para viajar a Lisboa hubo un bombardeo del que nos salvamos por milagro”.
“Papá salía a repartir diarios, los iba a buscar al Correo, porque llegaban a través del Correo dos y tres días después. Mi papá tenía kiosco, venta de diarios y revistas, pero en épocas de carnaval, se ponían mesitas, tipo bar, para servir helados y algunas bebidas frías. Esto era para principios de los años cincuenta, y mi hermano Juan hizo una decoración muy interesante. Papá se enfermó en 1962 y yo me hice cargo del negocio, por la diabetes había quedado prácticamente ciego, después tuvo una complicación pulmonar y perdió también la audición. Murió en 1965. Después íbamos con mamá a la estación de trenes, yo generalmente aprovechaba una hora libre intermedia entre clase y clase, mamá seguía atendiendo. El negocio siguió hasta el 31 de diciembre de 1968, cuando se lo alquilamos a Farías”.
Recuerda el cronista. En abril de 1967, hace casi 40 años, el primer negocio de Viedma al que entré, el mismo día en que llegué a la capital rionegrina, fue “lo de Fresán”. Acompañaba a don Agustín Alasio, vecino de la calle 7 de Marzo por entonces, y me impresionaron varias cosas: el orden del local, la familiaridad en el trato con los clientes (que tenían su diario porteño previamente reservado) y el olor perfumado de las golosinas.
El caramelero del cine
“Aquí nos conocíamos tanto, Carunchio era el dueño del cine Argentino y no sé cómo habrá sido pero le ofreció a papá que le atendiera el kiosco, así empezó a trabajar de caramelero en el cine y teatro Argentino. ¡Me llevaba siempre a las funciones y por eso me gusta tanto el cine!
También tuvo el kiosco de la escuela normal y vendía helados por la calle, en un triciclo a pedal.
El triciclo tenía una caja con una ventanita en donde llevaba para la escuela a mi hermano Miguel y a María Elvira Castello que vivía acá enfrente.
Todos lo conocían por Lázaro, era tan popular que mucha gente me llamaba en la escuela como Nelly Lázaro. Recién fui Nelly Fresán cuando entré en la escuela”
Dos figuras sobresalientes
“Juan, el mayor de mis hermanos varones, siempre decía que a él lo llamaban despectivamente el ‘gallego Fresán’ porque era el hijo del caramelero del cine. Quizás por eso se desarraigó tan tempranamente.
Miguel, mi otro hermano, era 15 años menor que yo; por eso cuando se enfermó (de diabetes, que también le provocó ceguera) yo fui como una especie de mamá para él, porque estuve siempre atendiéndolo. Murió muy joven a los 33 años, en enero de 1978. Creo que mis dos hermanos fueron, en su tiempo, poco valorados y comprendidos en la Viedma de entonces”.
Otra intervención del cronista. En aquellas primeras incursiones por la calle Buenos Aires (abril de 1967) me llamó la atención un bar llamado “Saloon” con una decoración tipo “Far West” que ya estaba un poco deteriorada por el uso, pero igualmente le daba al sitio un aire singular. Alguien me informó que lo había decorado un tal “loco Fresán “. Años más tarde ese mismo “loco” (Juan Fresán para más datos) dirigió el proyecto cinematográfico inconcluso de la vida de Orellie Antoine de Tounens, un francés ¿loco también? que se autoproclamó rey de la Patagonia. Después Juan Fresan se radicó en Venezuela y fue el más calificado director de cine publicitario de los años ’70. Volvió a la Argentina y murió, en el ostracismo, en el invierno de 2004. Con Miguel tuve un trato cercano, porque colaboraba con las puestas escenográficas de aquella inolvidable Escuela Municipal de Teatro de fines de los ’60. En 1968 ganó el prestigioso premio Braque para jóvenes talentos de la pintura, que consistía en una beca de un año en París. Se volvió a los tres meses, contaba que allá había tenido una crisis diabética y no soportó estar lejos de sus afectos.
Juan y Miguel fueron dos talentos adelantados en el tiempo. Viedma no estaba preparada para ellos. Uno de los hijos de Juan es el conocido escritor Rodrigo Fresán , radicado en España, columnista de Página 12. El talento se hereda.
Un recuerdo final
Después la charla tomó hacia la famosa huelga estudiantil de 1959, cuando Nelly fue una de las tres profesoras atacadas y cuestionadas. (Pero el asunto queda en el tintero para un análisis más completo, con distintos puntos de vista, en otro artículo de esta serie).
En el final el cronista le pregunta a Nelly Fresán ¿cómo era la Viedma de aquellos años de las décadas de los ’40 y ’50?. La respuesta encierra un poético toque de nostalgia.
“En el pueblo éramos como una familia, yo siempre digo que a la gente de Viedma de esa época la conocía por los pasos. Estaba yo arriba, con las persianas cerradas y venía alguien a buscar el diario y yo lo reconocía, por los pasos en la vereda. Viedma tenía un encanto especial, un aire de quintas que se perdió, con grandes moreras en la costa. También recuerdo los tiempos de la Boca con médanos y tamariscos. Ya nada es igual”.
Carlos Espinosa, de la serie de “Perfiles y Postales” en el diario Noticias de la Costa, 2004.
