“Fatal desenlace” y otros cuentos/Por Claudio García

Viedma.- (APP) El marido se decía «puedo prescindir de su amor, porque me basta con el que siento por ella». Y ella, que buscaba separarse pero quería que él planteara el divorcio para  tener un arreglo económico ventajoso, no entendía que a pesar de su desprecio, del desaire ante cada gesto de cariño o deseo de su esposo, éste no reaccionara. Así se sucedían los días, con un extraño equilibrio entre el amor desmesurado de él y la total indiferencia de ella. La mujer decidió finalmente tramar el asesinato de su marido y que  pasara por accidente o por un suicidio. Cansada del conformismo de su esposo, concluyó que debía intentar quedarse con todos los bienes conyugales.   Pensó en venenos, caídas al vacío, el disparo de un arma, el golpe de un automóvil. Pero ya que él la amaba tanto, se le ocurrió que lo mejor era hacer aparentar que su marido moría por amor. ¿Cómo se muere por amor?  Los libros o los filmes han mostrado muchas veces situaciones en las que uno u otro se mata «por amor», ante la traición, el engaño o el desamor del otro. Ella se dio cuenta que su marido tendría que morir «por amor» pero sin el marco de esas opciones. No quería ser una viuda que a la vista de otros se había quedado injustamente con los bienes de su marido. No deberían quedar dudas de «su amor» por el muerto. ¿En qué otras ocasiones se muere por amor?, pensó. Se acordó que también en algunas historias literarias o cinematográficas, ante una situación límite, un accidente, un desastre natural o un atentado, que pone en riesgo la vida de los dos, uno se sacrifica por el otro. Y en esas historias generalmente lo hace el marido. Se inmola “por amor” para que su mujer sobreviva. «Esa es la mejor idea», razonó. Pero sólo había recorrido un tramo de la respuesta. Faltaba lo principal. ¿Cómo su marido se “sacrificaría” por ella?

Finalmente un día encontró la idea que buscaba. Como un ‘click’ en un momento quizás tan poco adecuado para las grandes ideas como el desayuno que estaba compartiendo con su marido. Quizás ver el café en su taza hizo que su mente lo asociara con líquido, y el líquido con el agua y el agua con que ella sabía nadar medianamente bien  y su marido en cambio  no. Podía entonces ir con su  pareja -como solían hacer cada tanto- a una playa o a un lago, teatralizar un calambre a metros de la costa, aparentar que se estaba ahogando, de manera de obligar a su marido a que intentara salvarla. Cosa de la que estaba segura que haría porque lo empujaría a ese arrojo su amor, en desmedro de una turbia conciencia que le indicaría que no sabía nadar.

Por su sugerencia viajaron a Miami, después de todo tenían plata, y así un sábado de sol, en un sector de una playa solitaria se encontraron descansando sobre cómodas reposeras, leyendo revistas. En un momento la mujer le dijo a su esposo «voy a nadar un rato» y, cosa rara en ella, le dio un beso en la mejilla antes de correr hacia el mar. Era el beso de Judas, el de la traición, el del adiós. Ella pasó las primeras olas y cuando ya no hacia pie nadó unos minutos y luego empezó a agitar sus brazos y a teatralizar, como lo había planeado, que se estaba ahogando, fruto de un calambre u otra razón. El marido escuchó los gritos, miró hacia el mar y horrorizado vio que su mujer levantaba con desesperación la cabeza y sus brazos del agua, como peleando por no hundirse. Por un segundo pensó, «¿cómo se puede estar ahogando, si sabe nadar?», pero también pensó inmediatamente «será un calambre»  y luego no pensó nada más. El instinto lo hizo correr para salvarla, aunque no supiera nadar. Su amor por esa mujer le daría las fuerzas u ocasionaría el milagro como para salvarla. Así que se metió en el agua, pasó las primeras olas. Su mujer, sin dejar de teatralizar, se acercó un poco a la costa, de manera que él pudiera llegar al límite de hacer pie y, al ver tan próximas las manos de quien amara, dar los pasos fatales a la parte en que se hundiría. Pero de pronto la mujer sintió un tirón en una de sus piernas, como si algo la agarrara. Horrorizada vio a un costado la aleta de un tiburón, y allí se dio cuenta que el escualo la había mordido, aunque misteriosamente no sintiera dolor. Se olvidó de todo su plan; trató inmediatamente de nadar hacia la costa, salir del agua, pero volvió a sentir una nueva mordida y esta vez sí sintió dolor, como una especie de tenaza gigante que se cerraba en una de sus piernas, en su muslo derecho, y que esta vez no se soltaba. Por el contrario, la hundía y la llevaba mar adentro. Su marido se frenó cuando ya el agua le llegaba a la altura del cuello. Había visto también la aleta, algo del rojo de la sangre de su mujer en el agua y cómo el tiburón la arrastraba, la alejaba cada vez más y lentamente la hundía sin retorno al fondo del mar. Tuvo la certeza que en ningún momento se trató de un calambre ni nada parecido, sino que los gritos y las gesticulaciones de su mujer se originaron desde un primer momento en el ataque de un tiburón. Amaba a su mujer como muy pocos hombres llegan a amar a su pareja, pero no podía hacer nada. Miró en busca de ayuda a la playa. Ya no estaba solitaria. Algunas personas que de lejos vieron la escena se habían acercado corriendo. Uno, con un celular, llamó a un número de urgencias. Pero él y todos sabían que  ya nada se podía hacer. Ese verano en Miami no era el primer ataque de tiburón que se había producido, y los casos sobrepasaban largamente la historia documentada por este tema en las temporadas veraniegas. Los surfistas especialmente habían sufrido de mordeduras y por la psicosis creada  la presencia de turistas en la playa cayó estrepitosamente. No había sido casual que la mujer encontrara, antes de todo el desenlace dramático de esta historia, un lugar solitario de playa para instalarse con su marido y llevar adelante su plan. El hombre no pudo sobreponerse durante mucho tiempo. Se quedó varios días en Miami  y permaneció horas en el mismo lugar de la playa donde su mujer desapareció atrapada por un escualo. Ni la guardia costera ni una persona contratada para que rastreara el mar encontraron restos de la mujer. Finalmente, el hombre regresó a su hogar y a los pocos días recibió por correo una caja  remitida por uno de los agentes de la guardia costera que más se había preocupado por el drama sufrido. En el interior de la caja había la dentadura de un tiburón, prolijamente engarzada sobre una madera, limpia y barnizada, como la que suelen hacerse algunos pescadores como trofeo de las mayores piezas que mordieron el anzuelo y no pudieron zafar de ser capturadas. Al hombre le pareció en principio un regalo de mal gusto, pero  en la caja había también una carta donde el guardacostas justificaba el envío para que le sirviera de consuelo: había perdido a la mujer que amaba, podía entonces hacerse a la idea que esa dentadura era la del tiburón que se llevó a su mujer, que se había castigado el culpable y que eso le ayudaría a recuperar cierta paz interior. El hombre al terminar de leer la carta comprendió la intención del guardacostas y ya no le pareció un gesto de cierta morbosidad. Así como amó tanto como para soportar el desamor y la falta de correspondencia de su mujer, podría seguir viviendo con el recuerdo de ella y en cierta medida la dentadura del escualo, colgada en un lugar visible de la casa, le ayudaría a traerla seguido a su memoria.

PODÍA NO HABER SIDO CURA

Después de mucho tiempo de ahorrar limosnas, el cura pudo comprar por fin una cruz con la imagen de Cristo. Puso un gran clavo en la pared y cuando trató de sujetar la cruz,  todo se le vino abajo. El clavo no aguantó el peso. Buscó entonces un clavo más grande, pero, al sujetar la cruz, nuevamente se le vino abajo. Puso dos ganchos sobre los maderos y los respectivos clavos en la pared, pensando que distribuyendo así el peso la cruz quedaría firme. Pero la esperanza sólo duro unos segundos: una vez más  cayó estrepitosamente al piso. Se hizo entonces de un taladro y unos tornillos. Pensó que así terminaría finalmente con su trabajo. Agradecía que a pesar de las dificultades que se le presentaron, había comprado una cruz lo suficientemente sólida como para que no se le dañara las veces en que cayó al piso. Esta vez no fallaría. Colocó los tornillos en la pared, y al momento de sujetar la cruz, trepado a una pequeña escalera, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, con cruz y todo.

Se le ocurrió un pensamiento blasfemo: “Si yo hubiera sido el romano al que encargaron crucificar a Cristo, hoy no sería cura”.

EL PROTECTOR

Era doctor en un pueblito muy chico de mi provincia. Al ser la única persona instruida, los vecinos no sólo le consultaban por algún problema físico. Sino por cualquier cosa. Lo consideraban una autoridad, la única autoridad en kilómetros a la redonda.

El doctor ya estaba acostumbrado a ese rol que debía cumplir en ese pequeño lugar alejado del mundo.

Un joven que se quería casar con la chica con la que noviaba hacía unos meses lo fue a ver. Quería que el médico le confirmara si su novia tenía las suficientes aptitudes matrimoniales. No se quería equivocar.

Era la primera vez que tenía un pedido de esa naturaleza. Lo habían consultado por diferendos entre parientes, por problemas de animales y de cultivos. Por la mejor manera de invertir unos pequeños ahorros. Por muchas y variadas cosas. Pero esto sí era raro. Lo pensó unos minutos, y le dijo al dubitativo pretendiente: “Decile a tu novia que me venga a ver”.

La novia lo fue a ver, y en verdad era muy linda. El, que ya era un cuarentón, y que había sido abandonado hacía varios años por una mujer que no soportó vivir en un lugar tan alejado de las comodidades y atractivos de una gran ciudad, no pudo evitar tomarse en serio el encargo y terminó teniendo sexo con la joven.

Al día siguiente, cuando el ansioso novio lo fue a ver, el doctor le respondió con una sonrisa: “Es la chica adecuada, así que podés casarte tranquilo que las cosas van a andar bien”.

El novio, agradecido, se encargó de difundir en el pueblo que el doctor tenía también la cualidad de aconsejar sobre algo tan difícil de predecir como si era adecuado o no tal o cual matrimonio. Fue así que ante cada noviazgo serio del pueblo, los novios mandaban a sus parejas al doctor para que éste les confirmara si la elección era acertada. Esta intervención del doctor se extendió luego a pedidos de otro tipo, aunque no tan disímiles: el de maridos que tenían conflictos con su mujer. “Dígale a su mujer que me venga a ver, que yo la voy a aconsejar bien”, les decía.

“Un profesional como vos podría prosperar en cualquier gran ciudad. ¿Porqué te gusta vivir en este pueblito”, le preguntó una vez un amigo?

“Porque las mujeres comparten un secreto que los hombres ignoran”, respondió en forma enigmática.

TÁCTICAS PARA SER OTRO

Anhelaba ser otro. Lograr acercarme un poco más a las personas, pero en especial a esa compañera de trabajo de la que estaba enamorado. Pero equivoqué los rumbos. Pensé, en principio, que bastaba con cambiar la apariencia física. Pasé del pelo corto al largo. Abandoné los trajes, los colores grises, y usé ropa más informal, con colores vivos. Me dejé la barba y opté por las zapatillas en lugar de los habituales zapatos de cuero. Los resultados de estos cambios no fueron los que esperaba. Me di cuenta que sólo había acentuado mi distancia con las personas. La compañera de trabajo de la que estaba enamorado, seguía, como siempre, mostrándose esquiva. No aceptaba conversaciones informales, y la única vez que me animé a invitarla a tomar un café, rechazó el ofrecimiento con un marcado desdén. Los cambios físicos acentuaron su desinterés. Una sola vez se detuvo unos segundos ante mi escritorio y me dijo: «estás loco», sugiriendo, sin dudas, que mi transformación no le agradaba. En otra oportunidad le dijo con sorna a otro compañero: «No le saquen la tijera del escritorio, a lo mejor la usa para algo provechoso», aludiendo, inequívocamente, al crecimiento de mi cabellera. Otra vez nos cruzamos frente al ventanal de la oficina, y dijo, mirando hacia afuera: «Qué espléndidos esos colores azules y grises del cielo», señalando indirectamente que rechazaba las camisas lilas y rojas que había empezado a usar. Yo anhelaba ser otro por ella, pero me convencí que los cambios en mi apariencia no eran el camino. Decidí entonces vestirme como la hacía antes, y rebajar el corte de mi pelo. Pero ella seguía sin brindarme una mayor atención. Debía intentar otros cambios. Encontrar ese ‘otro’ que a ella le agradara. Intenté tener una pose más intelectual. Me dediqué con mayor afición a la lectura. Aparecía en el trabajo con varios libros bajo el brazo, y los colocaba intencionadamente a la vista de todos arriba de mi escritorio. Aprovechaba cualquier intercambio de palabras con ella para meter un bocadillo que la ilustrara sobre mis nuevos conocimientos. Cuando nos saludábamos al empezar la jornada, yo describía con algunos versos de conocidos poetas cómo se había presentado el día. Ante un día luminoso  decía, por ejemplo: «Hoy el día tiene un resplandor de cobre, como escribió Borges». Si llovía, recordaba unos versos de un poema de Tuñón: «Llueve con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres». Si la ciudad estaba cubierta por una espesa niebla, yo recordaba los versos de T. S. Eliot: «La niebla amarilla que se restriega el lomo en los cristales de las ventanas». Estas acotaciones de sabiduría, no impidieron que tanto ella como el resto de los compañeros de trabajo me siguieran dejando fuera de las charlas informales en la oficina. No obstante, no cejaba en mi empeño, y me metía medio de prepo en las conversaciones. En correspondencia con mi intención de mostrarme intelectual, parafraseaba a algunos escritores para opinar sobre política, medio ambiente, deportes o lo que sea. Debo reconocer que quedaba casi siempre descolocado. Que en una conversación informal sobre el descreimiento en la clase política, yo citara a un sociólogo argentino diciendo que «la suerte de la democracia parece depender de los manejos interburocráticos gestados en la antesala del poder político» o que en una simple polémica por un partido de fútbol, yo afirmara que «no es extraño que los partidos desaten discusiones, porque hoy por hoy el fútbol le alcanza y sobra al gobierno como válvula de escape para los impulsos reprimidos de la gente»,  provocaba gestos vulgares sobre lo que suponían eran síntomas claros de insanía. Desgraciadamente, ella no reaccionó favorablemente a este sesgo intelectual que había asumido. Incluso una tarde, agarró uno de los libros de mi escritorio, se acercó a la ventana y aplastó literariamente a una mosca. Luego, como si nada, volvió a dejar el libro sobre el escritorio, sin limpiarlo de la mosca desfigurada sobre la tapa, y mirando con sorna me dijo ‘gracias’. Me di cuenta que la pose intelectual tampoco era el camino. Esa noche, en casa, prácticamente no dormí pensando qué opciones me quedaban, cuál podía ser el ‘otro’ que a ella le agradara. Me decidí por el travestismo. Me compré ropa de mujer, e incluso algunos cosméticos que dieran a mi cara una apariencia femenina. Cuando entré a la oficina con esa transformación provoqué risas y alguna que otra visible indignación por parte del personal. Monopolicé por días los comentarios de compañeros y jefes. Pero noté en ella un cambio favorable. De a ratos me miraba y sonreía. Y una vez, al encontrármela en el ascensor, me miró a los ojos y dijo: «es usted muy valiente».  Esa frase me hizo dudar si el camino elegido era totalmente correcto. Quizás no era que había dado en el clavo, sino que, como ella no tenía prejuicios, sólo trató de animarme ante la valentía de asumir una condición sexual que había reprimido por el miedo de ser discriminado. Sentí terror de haberme equivocado en forma monumental, cerrando cualquier otra posibilidad de que me viera como un hombre, y es más, un hombre enamorado. Comprendí que el paso previo y necesario para ser el ‘otro’ que ella esperara, era ser franco; esperarla a la salida de la oficina y que me escuchara. Actué de esa manera. La esperé en la vereda, la aferré del brazo y le dije que era imperativo que le hablara. La brusquedad no impidió que ella aceptara, así que nos cruzamos a una plaza cercana y nos sentamos en un banco. Le dije sin preámbulos: estoy enamorado de usted. Ella se rió y me preguntó: porqué esa ropa. Comprendí que el amor hace patético al hombre. Le dije que buscaba ser el ‘otro’ que le despertara sentimientos que se correspondieran a mi amor. Y que así fui cayendo en el ridículo. No hay ‘otro’, ahora me doy cuenta, le dije. Soy el mismo que le ha sido indiferente, pero que la ama. Ella sonrió, y dijo con una sonrisa que «quizás podemos llegar a congeniar», frase que se encontraba a medio camino de mis expectativas y del fracaso. Me aferró la mano, y me dijo que no volviera más a la oficina con cosas raras, y mucho menos vestido con ropa de mujer. Yo asentí y ella agregó: «esa ropa de mujer, déjela para usarla en alguna ocasión más privada; úsela sólo para mí». Y al verla con una sonrisa más marcada, descubrí su amor, y que quizás no estuve tan equivocado en marchar por los caminos intrincados de mis transformaciones para arribar a un sí.

JORNADA DE DESAZÓN

«¡Prosigue, pues inerme siempre tu marcha por la vida, y nada temas!»                                                                                                  Hölderin

Hay veces que miro mi sombra y dudo que sea yo el que la esté generando. La luz y yo. En realidad son esos días que agobia la vida y no encuentro sentido a muchas cosas, empezando por mi sombra. Digo mi sombra, pero en el fondo, es el miedo a dudar de mi propia existencia. Después de todo, uno normalmente piensa que es el centro del mundo y no que en el suceder de días que no se diferencian de otros algo haga un ‘click’ en que se empieza a dudar de la sombra. Un ‘click’ en algún punto de lo que generalmente es un día común y normal de la semana: gestos y palabras usuales con la mujer y los chicos, diez horas de trabajo rutinario, la cena, el televisor, las páginas de un libro, quizás el amor, y listo, buscar el sueño. Sin embargo, a mitad de uno de esos días, surgió el interrogante con esa compañía que arrastramos desde que salimos del seno materno; eso y una desazón y ganas de fumar. Hacía varios años que no fumaba, y con excepción de algunas noches con amigos que tuve deseos de prender un cigarrillo, no había sufrido de la abstinencia de ese vicio. Sin embargo, en el día del que hablo me agarraron unas irrefrenables ganas de fumar, como si en realidad nunca hubiese dejado el pucho. Por eso corrí al quiosco de la plaza y compré, como usualmente lo hacía años atrás, un paquete de Marlboro y una caja de fósforos. No volví a casa. Me senté en un banco de la plaza, prendí el cigarrillo, y mientras me acostumbraba al sabor del humo del tabaco, me empecé a acordar de cosas nimias y absurdas de mi vida. Allí me di cuenta que la desazón no surge de grandes preguntas, del peso de la nada o de la ausencia de dios, de que haya existido Auschwitz, Camboya, Bosnia, Kosovo o el terrorismo de estado en la Argentina. No. Surge de cosas cotidianas y ordinarias. El sabor de una mala comida, la ausencia de un buen programa en la TV, que no arranque el auto en la mañana, o que la mujer de vuelta la cara cuando esperaba un fuerte y cariñoso beso. Por eso también deben darse gran parte de los suicidios; no por el agobio de falta de plata, el desamor, o la excesiva lectura de Schopenahuer, sino porque surgieron en la casa goteras en el techo, o el perro decidió transformarse en una mascota esquiva. Tiene razón Nietzsche cuando se carga a Dios en tres o cuatro párrafos y luego gasta hojas y hojas de un libro reflexionando sobre el tema que verdaderamente le interesa… la nutrición. O que la principal obra de Hegel termine también hablando de la alimentación y la sexualidad. Yo también pienso que las verdades pasan por andariveles que generalmente se descartan, y en correspondencia con eso, de mi cabeza salían recuerdos de cosas prácticamente insignificantes. Cuando una vez de mochilero, ya de noche, me encontraba completamente solo en una pequeña carpa instalada en medio de un campo, apenas cortado por uno que otro árbol. Antes de que la noche instalara su dominio no se veía nadie a la vista; sólo, un poco lejos, el resplandor de las luces de un pueblo al que me había resignado no llegar ese día. Yo era adolescente y como cualquier mortal le temía un poco a la falta total de luz. En especial esas noches de las zonas rurales donde la oscuridad es tan cerrada que no puede distinguirse nada a un palmo de narices. Me encontraba entonces en el interior de la carpa, esperando el sueño con la lectura de un libro, cobijado en la tenue luz de una vela resguardada en una lata. De pronto me di cuenta que la tela de la carpa se sacudía porque las sogas que la sostenían, estaqueadas al suelo, eran tironeadas por algo o alguien. El miedo a lo desconocido recorrió mi cuerpo. El miedo a un loco, a una patota, a la cana. No sabía qué podía ser. Aunque era y soy muy escéptico, me veía tentado a creer en monstruos, fantasmas, animales mitológicos. Instintivamente agarré el único cuchillo que tenía en la mochila, y grité: «¡¿Quién anda allí?!… «¡¿Quién es?!… ¡¿Quién?!….». Nada o nadie contestó. Así pasaron  segundos o minutos eternos, hasta que me animé a subir el cierre de la entrada de la carpa y salir afuera. Cuando lo hice, me topé con… una vaca. ¡Una maldita vaca! Es más. No era una, eran varias, que habían salido de no sé donde, y que se encontraban pastando. ¡Pastaban de noche! Con sus patas rozaban las sogas de la carpa y así la sacudían. Eso era todo. Me acordé de otras cosas ese día, mientras los cigarrillos se consumían. Esa otra vez que había levantado una puta con el auto, luego de que aceptara chuparme la pija por unos pocos mangos. La prostituta había dudado. Primero incluso dijo que no, que ella no chupaba pijas, que sólo se dejaba coger. Pero como yo amagué a irme, diciendo que sólo quería una chupada para relajarme del día de mierda en el trabajo; que para hacer el amor tenía a mi mujer, y que le ofrecía el doble de lo que ella cobraba por encamarse si aceptaba; se ve que necesitaba la guita y aceptó. Fue un error. Me estacioné con el auto en una calle de tierra oscura y alejada de la zona urbana; tiré el asiento para atrás; me bajé el pantalón y el calzoncillo a la altura de las rodillas, y  luego de manosearla un poco para calentarme, me acomodé para que me chupara. Ella empezó su trabajo y a medida que lo iba haciendo me di cuenta que le agarraban como arcadas, que lo hacía con total desagrado. Pero traté de no preocuparme por eso. Eyacularía enseguida y así ella quedaría librada de un trabajo que evidentemente no le era habitual. Pero pasó lo peor. De pronto se sacudió con una arcada y me vomitó encima. Me cubrió del peor vómito que he visto y olido en mi vida. Fue un desastre. Un laburo bárbaro limpiar todo, y ni hablar justificarme ante mi mujer inventando un  autovómito que «por increíble que parezca» no dio ni tiempo a echar la cabeza a un costado. Siguieron otros pequeños recuerdos. Esa vez de chico, trepado a un árbol alto, un eucalipto de más de 10 metros, y al mirar hacia abajo me di cuenta que esa altura que separaba el piso de mi cuerpo tenía una cierta sugestión. Percibí que no era vértigo, sino algo más profundo. El miedo a que tranquilamente podía tirarme porque la altura, el vacío, me tentaban. Recordé otra cosa, una idea que tuve al ver la película Interiores de Woody Allen. El nudo del film pasaba por la conmoción planteada en una familia porque el padre decidía separarse de una mujer a la que obviamente ya no amaba -que además tenía algunos rasgos enfermizos, neuróticos-. La decisión se daba en un marco en que las hijas ya eran adultas. Había otros contenidos, la relación distinta que había entre cada uno de los padres y las hijas, que a la vez generaron rencores conscientes e inconscientes entre ellas. También estaba la búsqueda personal de cada una y la relación con sus maridos o parejas. Una historia bastante bergmaniana. No sé si fue la intención del autor, pero en un momento la opinión que cada uno de los protagonistas de la película tenía sobre los otros era ‘razonable’. Distintas y hasta opuestas, pero ‘razonables’. Uno podía comprender cada una de las posturas y entenderlas, justificarlas. Sin embargo no conciliaban, y la historia terminó en forma dramática. Pensé que la vida en gran medida repetía continuamente, en la relación de cada uno con las personas que lo rodean, el mismo gran problema. Que todo se reduce a una cuestión de opinión. O del cristal con que se mira, como dicen los viejos. En última instancia los hombres son verdaderamente hombres cuando actúan en correspondencia con lo que sienten y piensan, no por sentimientos o pensamientos universales. De allí que tantas veces las personas concilian sólo por azar o por un malentendido, como sentenció Sartre. Y ahora pensaba también: ¿Cuántas veces uno mismo se encuentra en su propia cabeza con pensamientos que no concilian, y de los que no se puede discernir cuál es más razonable que otro? La desazón que atravesaba en ese momento era un ejemplo de eso: dudaba del sentido de la vida, lo que se contraponía a mi usual optimismo y la conformidad con los afectos que me rodeaban, los placeres de la lectura, la escritura, la música, una buena película, las cosas conquistadas con esfuerzo y conscientemente. Me dije que en última instancia el choque de pensamientos irreconciliables causaban temor, miedo. Descubrí que casualmente los  recuerdos rememorados, imprevistos como el de la vaca, el vómito, el eucalipto, tenían de común denominador el miedo. Incluso en la película que recordé de Woody Allen, el miedo es en última instancia lo que le pasa a cada uno de los protagonistas. No sé porqué al pensar esto me sentí mejor y decidí levantarme del banco de la plaza para regresar a casa. Ya refugiado entre las paredes que conocía y rodeado de los rostros de las personas que amaba, se me ocurrió una conclusión a toda esa historia del día. Que el miedo nos despoja de toda seguridad, pero que uno debe sobreponerse al miedo. Que quizás esa es la característica más importante de lo humano, el sentido más profundo que le encuentro a la vida.

UNA CENA INESPERADA

-¿Por qué tardás tanto en traer la cena?- pregunté desde la mesa, mirando hacia a la cocina. Mi mujer se había encerrado allí hacía como media hora y no aparecía. Había dicho “sentate en la mesa, que preparo una cena en dos patadas”. Pero ahora nada. El silencio y la tardanza.

Volví a preguntar lo mismo, esta vez con más énfasis:

-¡¿Por qué tardás tanto en traer la cena?!

Decidí levantarme para ver qué pasaba. Cuando entré a la cocina encontré un cuadro de lo más inesperado. Mi mujer se encontraba muerta, recostada sobre la cocina y con su cabeza metida en una olla de agua que hervía. Primero me pregunté qué raro equilibrio impedía que cayera al piso con olla y todo. Después me dije para qué se molestó tanto, sin con un par de huevos me arreglaba.

REUNION CON AMIGOS

Antes de la hora propuesta por unos amigos para compartir una cena y conversar de nuestras vidas y recuerdos en común, llegaron a mi casa unas personas a reclamar por una abultada deuda que había contraído.

No atendieron mis excusas y obedeciendo órdenes de mi acreedor, rompieron mis manos.

A pesar del dolor fui a la cita. Oculté la incapacidad de mis manos y la velada transcurrió sin que mis viejos amigos se sorprendieran por mi quietud y la inesperada falta de apetito y de sed.

Terminada la cena, nos despedimos formalmente hasta un nuevo encuentro.

Era de madrugada, y por sentirme incapaz de subir a un taxi, caminé hasta el hospital de guardia, donde me atendieron rápidamente.

Mientras me enyesaban, pude hablarles a la enfermera y al médico de mis verdaderos problemas.

HISTORIA DE AMANTES, DE LA TIERRA A MARTE

Sus miradas coincidieron en un horizonte que moría. Le agarraba la mano y en su cabeza trataba de cerrar la frase acertada para decirle la verdad. No era, quizá, un momento adecuado, pensaba también. Se venían diciendo que se amaban desde hace muchos meses, y él nunca sugirió que ya no sentía lo mismo. Que en realidad había conocido a otra mujer con la que se sentía mejor. Pero ella, como todas las tardecitas, cayó a su casa. Se hicieron mimos como otras veces y hablaron de las pavadas del día. Del laburo y de esas cosas. Cuando el sol se ocultaba ella lo agarró de la mano y lo llevó al jardín. Y allí estaban, con las manos sujetas, mirando ese horizonte rojo que se tragaba un día caluroso. Como le pasaba muchas veces, él no habló para decir la verdad. Comenzó a hablarle de cualquier cosa. Pero en el fondo tenía la intención de que la propia charla se fuera encaminando lentamente al terreno del adiós.

-Vistes las imágenes de Marte…

-Las imágenes de qué…-, respondió ella sorprendida por las palabras de su amante que rompieron de pronto la contemplación del lejano cielo que se cerraba sobre la tierra.

-Las del Spirit, la máquina esa que envió la NASA a Marte…. Un paisaje rojo y seco como de meseta… extraño…

-Ah, sí… Impresionante. Dicen que quieren encontrar restos de agua. Yo me acuerdo que en las primeras especulaciones que hicieron los científicos sobre Marte hablaban de canales que podían verse en la superficie y que supuestamente bajaban agua de los polos al centro del planeta. Después todas esas imágenes resultaron fruto de la imaginación y del atraso de los telescopios de la época. Pero todos están seguros que puede haber agua….

-No quiero verte más… amo a otra mujer-, acotó él…

-¡¿Qué?!!!

Fue como un mazazo. En lugar de ir llevando la charla hacia lo que le quería anunciar, lentamente, enganchando un tema con otro, saltó, como un disco rayado, del diálogo marciano a sus intenciones de romper la pareja…

-¡Me estás cargando! ¡¿Cómo que me querés dejar e irte con otra mujer!?

Ella habló con un tono fuerte, sobreponiéndose a la sorpresa de lo que había escuchado y lo miró de frente, soltándole las manos.

-No lo quería decir así -respondió, agachando un poco la cabeza-. Pero es verdad. Ya no te quiero como antes, y si bien no lo busqué, el azar trajo a mi vida otra mujer con la que me siento mejor…

-Hijo de puta… No. No estoy preparada para escuchar nada de esto -dijo nerviosa e indignada-. Me voy… Me voy y mañana hablamos. Tengo que asimilar todo esto…

Él la trató de detener.

-Quedate, tomemos algo y charlemos como adultos…

¡Hijo de puta!… -repitió con más énfasis-. Me venís con Marte y la NASA, para después salir con un ‘Houston, hay problemas’… Me tirás de pronto una bomba, sin comerla ni beberla. Sin que me anticiparas nada. Sin que me mostraras en los últimos días algún gesto de desamor. ¿Cómo querés que ahora me sienta tranquila y tome algo? Querés que te felicite y te desee suerte por esta nueva etapa en tu vida…

¡Andá a cagar! Voy a pensar a mi casa y mañana hablamos… O te mato… ¡¿Qué se yo?!

Él a veces se comportaba como un idiota. Soltaba frases de las que luego se arrepentía. Por eso le dijo:

-Mejor hablamos, no tengo ganas de morir…

Un chiste totalmente descolocado.

Ella reaccionó tirándole una patada a los tobillos. Se dio media vuelta, agarró su bolso del comedor y se fue de la casa, con un portazo.

Él quedó dolorido, masajeándose el tobillo con una de sus manos y arrepintiéndose de cómo había obrado. Del poco tacto que había tenido.

Volvió al comedor, se sirvió un whisqui, prendió la tele y se tiró en un sillón.

Buscó un noticiero y casualmente encontró un informe de la exploración a Marte, el tema que había dado pie -o mejor dicho un puntapié- a su desprolija declaración de desamor.

Mientras mostraban imágenes de las fotos del Spirit, un periodista daba sesudas explicaciones, con mucho lenguaje técnico. Quizá por eso, o por el whisqui, o por el stress de la ruptura que planteó a su novia, se fue quedando dormido y las imágenes de Marte en el televisor se trasplantaron a su sueño y de pronto se vio solo y perdido en ese paisaje desierto y rojizo.

Curiosamente no se sorprendió de estar en Marte, rodeado de ese paisaje desolado y que a pesar de ello, del marco de un ambiente planetario desconocido, respirara normalmente, sin la ayuda de ningún traje extraño, de esos que suelen verse en películas de ciencia ficción. Respiraba como en la tierra, pero tenía mucho calor. En su sueño Marte permitía respirar oxígeno como en la tierra, pero hacía muchísimo calor, 40 grados o quizás un poco más, como en no tantos lugares de la tierra. Ante tanto calor se sacó la ropa que llevaba, una camisa ligera, un pantalón de vestir, el calzoncillos, las medias y los zapatos. Fue prudente, la camisa se la arrolló en la cabeza como si fuera un árabe, y los zapatos se los volvió a calzar.

En esos momentos, fuera del sueño, las cadenas de televisión comenzaron a transmitir imágenes asombrosas de Marte remitidas por la NASA que mostraban a un ser vivo, el descubrimiento histórico de un extraterrestre, aunque nadie podía explicar por qué ese supuesto marciano era semejante a un terrestre, a un ser humano, sólo que vestido en forma extraña, desnudo, calzado con unos zapatos similares a los que se suelen usar en la tierra, y un turbante en la cabeza.

Todo el mundo estaba desconcertado, porque parecía un fraude, una edición de las imágenes reales del paisaje marciano y las de un tipo común parcialmente vestido en forma ridícula. Pero la NASA juraba y perjuraba que esas imágenes eran reales, que las transmitía el Spirit y que no había ninguna posibilidad de fraude, que alguien hubiera interceptado la señal de video entre el Spirit y la NASA y le hubiera agregado por computación la imagen de ese tipo en bolas con turbante y zapatos.

En el sueño, después de armarse un burdo turbante y de calzarse los zapatos,  caminó hacia lo que parecía una especie de cráter pequeño, y al llegar al borde resultó que en verdad no era de grandes dimensiones, sino una circunferencia perfecta de unos 15 metros de diámetro y una profundidad plana de unos tres metros. Lo curioso es que en el fondo se encontraban las dos mujeres que formaban parte de la encrucijada pasional en que transitaba su vida real, en la vigilia. Su novia,  por un lado, a la que había anunciado que no quería más y de la que recibió un pequeño edema en su tobillo, y la otra, una de las secretarias en su trabajo, la que en un principio fue una aventura y ahora pensaba que lo unía sentimientos más fuertes de los que tenía con su pareja formal. Las dos estaban desnudas, acostadas de espaldas, con las piernas abiertas, ofreciéndose descaradamente para copular. No hablaban, pero hacían gestos ostensibles invitándolo a que las poseyera. Aunque estaba en el sueño se dio cuenta que, además de la erección, se planteaba una elección. La mujer que eligiera era la que verdaderamente amaba o, por lo menos, la que prefería en sentimientos. Su verdadera novia, la que desplazaría a la otra definitivamente.

En la NASA, en las estudios de televisión, en bares y en los hogares que sintonizaban los canales de noticias, todos miraban asombrados y estupefactos la imágenes de un pequeño cráter marciano, con un extraterrestre muy parecido a un humano, en bolas, turbante y zapatos, viendo a dos mujeres marcianas desnudas, sin diferencias con la mujer terrestre, en una situación muy parecida a una película porno. Algunos incluso, sobre todo en los bares, rápidamente se sobreponían a la noticia del milenio, y ya apostaban sobre la mujer que elegiría el marciano para coger.

En el sueño, el calor le enrarecía los pensamientos y no podía definir claramente a quien le haría el amor. Si bien en la vigilia ya se había decidido por aquella que venía protagonizando el papel de amante, ahora que tenía una al lado de la otra, dudaba. Sobre el calor, la progresiva excitación de ver a las dos mujeres desnudas incitándolo a tener sexo le nublaba aún más el razonamiento, así que lo que hizo fue bajar y en forma desordenada le terminó haciendo el amor a las dos, primero con quien venía ejerciendo de novia oficial, luego acercó a la secretaria, y todo terminó en una “menage a trois” que rompió la marca de audiencia mundial que tuvo el último mundial de fútbol.

Dos mujeres sin embargo, como parte de la audiencia, estaban enfurecidas por ver que en realidad las dos marcianas eran ellas y el marciano su hombre, novio en un caso, amante en el otro. Y aunque no podían explicarse cómo aparecieron allí en esas imágenes, una y otra, la novia despechada recientemente porque su novio quería romper la relación, y la secretaria que de amante había llegado a conquistar el amor de su jefe, se sentían totalmente avergonzadas y enfurecidas a la vez. Avergonzadas por verse haciendo el amor para las pantallas de medio mundo y enfurecidas porque cada una de ellas se sentía traicionada de que su hombre tranquilamente hiciera el amor con otra mujer.

Mientras tanto, en el sueño marciano, él, pleno de gozo y ya sin poder contenerse, llegó al orgasmo. A partir de allí el sueño se fue diluyendo y de a poco retornó a la vigilia, a su sillón, a la tele prendida, al whisqui volcado en el piso y a la conciencia que había tenido un sueño húmedo, que no recordaba.

En la NASA y en el mundo se pasó de la sorpresa a la desazón. Las imágenes de los marcianos desaparecieron de Marte y la búsqueda de las cámaras del Spirit resultó infructuosa. Mientras tanto las dos mujeres corrieron a la casa del que creían culpable de esas imágenes que recorrieron el mundo.

Las dos llegaron casi al mismo tiempo ante la puerta del amante, se miraron con furia pero con cierta solidaridad, por sentirse ambas traicionadas por el mismo tipo. Se dijeron casi al mismo tiempo:

-¿Sos vos?

Y sin decirse nada más golpearon la puerta con sus puños.

Él no entendió nada cuando al abrir la puerta se encontró con las dos mujeres a las que venía amando y que supuestamente no se conocían.

Sin que le dieran tiempo a nada, las dos mujeres empezaron a pegarle al unísono, y entre puños, cachetadas, rasguños y patadas, el tipo entró en la inconsciencia y en el coma.

No murió, pero como ha pasado en otros casos, estuvo meses viviendo en forma casi vegetativa. Cuando despertó las enfermeras no entendieron sus primeras palabras: “¡Qué caro que sale viajar a Marte!”.

En todo ese tiempo, en la NASA estudiaron las imágenes del marciano desnudo con zapatos y turbante, las dos marcianas desnudas y la cópula de los tres, sin llegar a ninguna conclusión, ya que no se detectó fraude, pero tampoco se habían vuelto a descubrir esos seres ni otros marcianos en el desierto paisaje del llamado planeta rojo.

CAMBIO DE IMAGEN

Estudiaba en la universidad, alejado del hogar de mis padres. También trabajaba y me bancaba solo. Mantenía resabios en mi aspecto de cierta imagen pseudohippie, aquella que tenía a los 16 y 17 años cuando vivía escuchando algunos músicos del rock nacional o mejor dicho de “música progresiva”, como le decíamos allá por los años ’78 y ’79, todavía en plena dictadura, y otros músicos y grandes bandas emblemáticas del rock de las décadas de los ’60 y ’70.

En esa época, con los amigos y los grupos que frecuentaba,  mezclábamos la música con la lectura de algunos poetas, la Pelo y la Expreso Imaginario, hacíamos  pequeñas revistas “subtes” con nuestros primeros poemas, y soñábamos con hacer una “comunidad” en algún lugar del interior.

A pesar de lo que se dice ahora en verdad no estábamos muy politizados y si experimentábamos con drogas en general nos cuidábamos de hacerlo en alguna casa segura, alejada del control y la represión de la cana y de los padres. Sólo en algunos recitales de locales subterráneos en la Capital, o de locales perdidos en los barrios del conurbano bonaerense, podíamos compartir uno que otro pucho de marihuana. Después de todo hasta Pappo a veces fumaba en el escenario. Pero no más que eso.

En fin, ya en la universidad, tantos años después, mantenía cierta facha de esa época. Especialmente, el pelo un poco largo y un morral de lona verde que llevaba siempre cruzado sobre el cuerpo, al estilo del protagonista de Kung Fu. También conservaba el mismo gusto musical, sobre todo el flaco Spinetta, Litto Nebbia, León Gieco y  Pappo, y en lo internacional Janis Joplin, Jimi Hendrix, Led Zeppelín, King Crimson, Yes, entre otros. Pero a esa altura tenía los pies un poco más en la tierra en relación a aquello de hacer una “comunidad” y el anticapitalismo romántico que cultivábamos con mis amigos. Estaba más politizado, de una izquierda moderada; leía mucha literatura ya un poco alejada de los Artaud, los Rimbaud y los poetas surrealistas que solíamos leer, y en verdad pretendía llegar a un título y  que mis laburos mejoraran. Me había venido al interior, sí, pero mi “comunidad” era una pensión donde había gente muy dispar: algunos estudiantes como yo, pero también viajantes, policías, de todo un poco. Trabajaba también y mis expectativas, como dije, ya eran otras. Lograr cierto ascenso social y sólo mantener cierto “espíritu” pseudohippie en las ideas, en el amor a la música y en la lectura, pero no mucho más. Y lo simbólico del aspecto que mantenía relacionado con aquella otra época más juvenil culminó de un día para otro por un hecho casi casual.

Un día, al pasar por la plaza, vi una chica joven, de mi edad, sentada en un banco, muy linda, aunque sus ropas denotaban que provenía de una familia poco adinerada. Con mi aspecto informal de pelo largo y morral me senté a su lado y por suerte no puso una cara de desagrado, sino, por el contrario, me miró de reojo con una sonrisa. Comencé ese tipo de charlas informales que suelen darse para tantear el terreno: ¿cómo andás?, ¿cómo te llamás?, etc. etc. La cosa es que a los pocos minutos me encontraba caminando a su lado con rumbo a su casa, en un barrio de la periferia. Me dijo que estaba sola, que vivía sola, que hacía más de un año que se había ido de la casa de sus viejos,  y que no iba a haber problemas. Aunque dudé un poco por el temor de ir a un lugar extraño invitado por una chica de la que no sabía prácticamente nada, decidí seguir aquel consejo que leí alguna vez de Emerson: “Haz lo que temas hacer”.  La casa era bastante pobre, de madera. La abertura que separaba la cocina de la única pieza no tenía puerta sino una cortina de tela. Como era implícito que nos íbamos a encamar, al poco de entrar y después de decir un par de boludeces, ella se acercó y yo la empecé a tocar y a besar. En seguida pasamos a la pieza que tenía un ropero medio desvencijado, un par de sillas con ropa arriba, un pequeño radiograbador con cassettes por el piso y una cama de una plaza que tenía una colcha que se veía, dentro de todo, bastante limpia. En las paredes había recortes de revistas pegados, con fotos de actores, y dos posters que me llamaron la atención por ser de músicos bastante disímiles: Soda Stereo y Sandro. Pero lo que más me llamó la atención y preocupó inmediatamente era una soga que iba de una a otra pared, cerca de la única ventana del cuarto, con ropa colgada. Porque no era ropa de ella, sacando una blusa, era ropa de hombre. Un par de pantalones, dos remeras y una camisa.

-¿Y eso?- le pregunté.

-No te preocupés- dijo con una sonrisa. Tengo un amigo o más o menos un novio que cada tanto se queda unos días conmigo. Ahora anda laburando y no vuelve hasta dentro de un par de días.

El temor no se fue. Ya había un hombre de por medio, un novio o algo así. Ella vio mis dudas en mi cara y por eso directamente apuró el asunto, se acercó y comenzó a desvestirme. Me repetía “no te preocupés que nadie va a venir”. La excitación corrió más rápido que cierta punzada en la espalda que me agarraba cuando sentía miedo por algo.

Lamentablemente no me fui. Y digo lamentablemente porque a mitad del amor sí entró un tipo a la pieza, no tan joven, debería tener unos cuarenta años, y sin que yo tuviera tiempo de hacer nada, me agarró del brazo y me tiró al piso. Quizá por el morral que vio en el piso junto con mi ropa y el pelo un poco largo, empezó a gritar, mientras me pateaba y me pegaba puñetazos: ¡Hippie de mierda! ¡Hippie de mierda!!…

No tuve ni tiempo de defenderme. Yo gritaba un poco, diciendo algo así como “¡pará! ¡pará!…”, pero la andanada de golpes impedía defenderme y sólo atinaba a cubrir mi cara. Ella gritaba también y trataba de agarrar al tipo para que parara de golpearme.

Al final paró, después de varios minutos que me resultaron eternos. Y por suerte dijo: “¡Agarrá tus cosas y andate a la mierda! Y volvió a agregar: ¡Hippie de mierda!

Yo agarré todo a las apuradas e incluso me puse la ropa así nomás fuera de la casa. Anduve varios días dolorido, cargando moretones que tardaron en irse. Y lo primero que hice al reponerme fue cortarme el pelo y tirar a la basura el morral.

Si había hecho unos cuantos cambios desde la adolescencia, podía cambiar un poco más.

AQUEL SUEÑO

Leía y releía un solo libro, “Los siete locos” de Arlt. Fumaba treinta cigarrillos por día. Nunca comía frutas. Quizá esas tres cosas definían su vida.

Para lo demás no había nada que mencionar.

Trabajar sin pensar y amar sin pasión.

Con Arlt pensaba en la búsqueda del bien a través del mal o en la sordidez de la vida o en las dos cosas.

Los cigarrillos le daban cierto sosiego en su interior que evitaba el suicidio.

¿Las frutas? ¿Qué eran las frutas sino colores dulces, tan opuestos a la vida?

¿Al comer frutas quizá podría después leer otros libros, renunciar a su trabajo, amar con amor, cambiar el cigarrillo por la embriaguez del alcohol?

Era probable.

Por eso no comía frutas.

Sólo cada tantos días le pasaba algo que no había previsto.

Un sueño. Un sueño recurrente.

Entró a un bar, con un arma sujeta en el pantalón. Un bar en los suburbios de una ciudad. Un bar de vino y alcoholes baratos. De vagos y maleantes. De putas gastadas. Pidió una ginebra y el dueño del bar le sirvió sin ganas medio vaso. Tomaba la ginebra de a sorbos, tomándose el tiempo.

Una puta se le arrimó, se pegó a un costado para poner una mano en su muslo y otra en la nuca. Luego la boca de la mujer se le acercó a su oreja hasta que sintió la lengua, los labios. Con cierta excitación se dio cuenta que sobre el otro costado un hombre se  acercaba medio ebrio, con intención de molestarlo. Él, con una mano, tomó la pistola y se la mostró al intruso. Fue suficiente para que el hombre retornara a su mesa. Se tomó después de un trago lo que quedaba de la ginebra y aferrando a la mujer de la cintura la llevó escaleras arriba del bar donde sabía que había unos cuartos.

La puta tenía sus años. Tenía olores de abandono y muchos hombres. Tenía pechos caídos, le sobraban las carnes. Pero la amó con pasión, con deseo, con tardanza. Y hasta supo que la mujer descubrió un orgasmo después de muchos años.

Luego bajó la escalera, le pagó al dueño del bar.

La ginebra y lo otro.

Salió a la calle, sacó el arma, la llevó a su sien y disparó la bala.

Allí se despertaba.

Y para volver a dormir debía prenderse un cigarrillo y leer “Los Siete Locos” de Arlt.

Llegar a esa página del libro en donde el Buscador de Oro le dice a Erdosain “…gentes que no hubieran caminado jamás para alcanzar nada, tipos deshechos por todas las desilusiones, resucitan en la virtud de sus mentiras…”.

Un párrafo que quizá le hacía descifrar su sueño.