Viedma.- (APP) Rodolfo Casamiquela murió hace poco más de 8 años, un 5 de diciembre de 2008. Había nacido en Ingeniero Jacobacci el 11 de noviembre de 1932. En su formación y trayectoria abarcó diversas ramas de la ciencia la biología, la antropología, la arqueología, la etnología y la palentología. Reproducimos parte de un ensayo que le publicó la revista Todo es historia en 2007, referido a “un mito europeo”, la ciudad de los Césares.
No había ciudades en la Patagonia del siglo XVI. Ni las hubo, claro, hasta fines del siglo XVIII. Por ende, no había «ciudad de los Césares»; y sin embargo, durante casi tres siglos, todo el XVII y el XVIII, diferentes visionarios -laicos y religiosos- soñaron con ella y la buscaron. Hasta la muerte, literalmente, como en el caso del misionero jesuita Mascardi, en la década de 1660. «Por espacio de trescientos años -dice el historiador Enrique de Gandía-, esta leyenda enloqueció a guerreros y frailes, arrastrándolos como fascinados de un extremo a otro de la Patagonia».
Los orígenes del mito son vaguísimos, y los elementos comunes a todas las versiones se remiten a un naufragio sobre la margen norte del estrecho de Magallanes. Los náufragos, al intentar llegar a tierras españolas, habrían tenido la fortuna de encontrar ciertos indígenas que vivían en una suerte de Edén, en que el oro era considerado un simple metal más.
De la unión habría surgido, entre otras, la «ciudad del César» nombre puesto, según algunos, por su fundador; según otros en homenaje a Carlos V. Sus habitantes -inmortales- serían, pues, «Los Césares». Ya hacia fines del siglo XVI se organizaron expediciones al sur para ubicar a este «El dorado». A comienzos del siguiente, XVII, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), y luego Gerónimo Luis de Cabrera, las tentaron desde Córdoba (para arribar al río Negro y al sur de la actual Neuquén).
En 1621 Diego Flores de León intentó el descubrimiento y cruzó los Andes desde Chile, en latitudes australes. En 1665 Mascardi se lanzó al sur -¡siempre al sur!- desde Nahuel Huapi y se internó en la Patagonia, sin encontrar nada. Tras un segundo intento, en 1672, también fallido, intentó uno más al año siguiente, que resultó el postrero: lo ultimaron los tehuelches, parece, en latitudes de la actual provincia de Santa Cruz.
Pese a su fracaso, y al de otros visionarios, todavía en 1764 Ignacio Pinuer, escribía que «de su existencia no resta duda. Por cuanto aseguro en nombre Dios, nuestro Señor, y esta señal de la Cruz, y mi palabra de honor. Por algo, la «Isla de los Césares» en San Blas, sur de Buenos Aires, lleva ese nombre.
Claro que Buenos Aires no es Patagonia en el sentido estricto (más bien estrictísimo, en que se usó antes, es decir el territorio -oriental- que se extiende al sur de los ríos Limay-Negro). Es cierto. Pero es que no expliqué todavía que, en realidad, si bien terminó por ubicarse en su territorio, y más aún, es sus confines australes, se originó en áreas mucho más septentrionales. Veamos.
Según de Gandía, fue una «entrada» hecha por el capitán Francisco César, quien en 1529, con permiso de Gaboto, salió desde el Fuerte Santi Spiritu (en la actual Santa Fe) y se encaminó al oeste, con algunos hombres. En un mes y medio regresó, con el relato -fantástico- «de que había tanta riqueza que era maravilla, de oro e plata o piedras preciosas e otras cosas». De Gandia, sensatamente piensa que todo lo que hizo fue tomar noticias de los incas…
A lo largo de ese siglo, no obstante, ante tanto fracaso, comenzaban a germinar las semillas de la duda, José de Moraleda y Montero, marino español notable al servicio de Chile, conocedor de gran parte del islario austral de ese territorio, por ejemplo, descreía de su veracidad. Escribió, en 1794:
«Ya que tratamos de Palena, no nos parece impropio decir aquí que su estero y río han sido y aún son, de algunos años a esta parte, famoso objeto de las conservaciones misteriosas de los más de los habitantes de la provincia de Chiloé y de la cuidadosa indagación de algunos de ellos, como lo prueban las varias expediciones que han hecho a uno y otro, con la vana solicitud de hallar la incógnita ciudad de los Césares y de otras gentes europeas que se supone existen con el nombre de Santa Mónica del Valle, Argüello, etc., en el continente patagónico, según unos, originadas de los españoles que poblaban las ciudades de Osorno, Infantes y demás que destruyeron los indios en la sublevación general de ellos, del mismo siglo XVI en que aquellas se fundaron; y según otros, por las gentes salvadas de naufragios ocurridos en las costas de dicho continente, o por los extranjeros establecidos en él con miras ambiciosas y hostiles.
«La primera expedición de los habitantes de Chiloé -prosigue- al citado Palena la hicieron el año 1762 los mismos regulares extinguidos padres José García y Juan Vicuña que cité (…)». La segunda fue el año de 1778, dispuesta por los misioneros franciscanos de la provincia en dicha solicitud y la de hallar indios infieles en que ejercer más extensamente su ministerio, la cual pusieron a cargo de sus hermanos fray Norberto Fernández y fray Felipe Sánchez, dirigidos por Nahuelguin, indio de la capilla de Tehí, el que aseguraba haber visto una ciudad anteriormente (…). D. Miguel Barrientos con sus tres hijos, José Diego y Dionisio, desde el año de 1775 han hecho varias expediciones registrando dichos esteros y otros con el mismo objeto y movidos por las relaciones de memoria de sus compatriotas, y en los años 83 y 86 han sido directores del R.P.Fr. Francisco Menéndez en las dos entradas que ha hecho por el estero de Comau o Leteu (…)».
Después de narrar todavía otros intentos, por supuesto fallidos, desde Chile, transcribe la carta al Rey de relación de la expedición (mítica en mayor medida) de Silvestre Antonio Diaz de Rojas, desde Buenos Aires, según un documento que «anda en manos de varios de la provincia», y que no vale la pena copiar por -aparte de muy conocido- estar hoy al alcance del lector en las obras completas de De Angelis, el archivero de Rosas.
Luego procede a su crítica, destructiva, y la generaliza a toda la fantasía en torno a la ciudad encantada. Remata: «Y también diré que presumo tienen que saltar los terribles barrancos que presenta la historia de estos últimos siglos los que opinan por establecimientos con tales circunstancias, y mucho más los que aseveran y creen, pues ciertamente en cuanto yo he leído sobre el asunto (…) nada me ha parecido hallar que pudiera mover asenso alguno a tales noticias, mucho menos a formar expediciones al intento; además que los míseros indios que sueltan semejantes especies con el aire misterioso que les es genial o artificioso común, y en países pobres, cuales son Valdivia y Chiloé, y los españoles que se las creen y las promueven en los tribunales superiores, todos lucran en dichas expediciones y se utilizan a proporción de su estado y miras particulares que cada uno lleva en promover aquéllas. Dedúzcase».
VIGENCIA DEL MITO
Pero el siglo XVIII no habría de terminar sin la intención de búsqueda de otro creyente; a juzgar por las empresas que tentó[33], un verdadero fanático el franciscano Francisco Menéndez. Véanse simplemente las motivaciones que expuso en la primera de sus tremendas expediciones, que involucraron el reiterado cruce de la Cordillera Andina: «Diario de la expedición que yo, Frai Francisco Menéndez, misionero (…) hizo desde Chiloé en busca de la laguna llamada Nahuelhuapi, con el objeto de descubrir los césares y osoneses que se supone existente al S.E de dicho archipiélago…».
Pero la fantasía no se agotó con el siglo, sin embargo. Porque todavía una centuria después, en 1880, y esta vez un hombre de ciencia, geógrafo de prestigio y culto, Estanislao Zeballos, al aludir a un misterioso montecillo de durazneros ubicado en el enclave centro-pampeano de Ligué Calel, se preguntaba si no habría allí una población española, perdida, inspiradora, de algún modo, del mito inasible.
Como corresponde, si de fantasía se trata, el asunto, a su vez dio pábulo a la inspiración del poeta: «¡Emblemas! Hay emblemas, signos/ de hechicería, pinturas/ que no entendimos: conjuros o quizá/ códices de los infieles. ¡Vimos/ la marca, el rastro hendido de la pezuña/ del Malo, entre las peñas/ de aquella sierra,/ de aquel famoso monte que se alza( solo, perdido como ínsula en medio de los llanos,/ tras un río salobre!… / / Así habló/ el añoso guerrero desvario, relato/ de alucinado sus palabras, roídas/ sus ropas de otra edad, polvosa/ la barba como crin y manchada/ de vino. Así gritaba, en las tabernas de/ Santiago del Nuevo Extremo,/ ese Villegas que venía -según/ pretende-, de tras la Cordillera/ Nevada, de los desiertos/ donde ni él ni nadie estuvieron/ nunca. / / Y siguiendo el río desde los ventisqueros/ en que nace, más de cien leguas bajamos/ entre bosques de espina, por arenales/ sin fin, y junto a un lago/ brumoso, en la sierra que ellos llaman/ la Casa del Cherrufe, levantamos/ nuestro real. No es tierra/ de semetera, y sus alturas color de sangre seca. Después/ poblamos en un valle/ oculto, junto a un arroyo/ de acuchillada luna, a un manantial de pétalos/ azules. Y sojuzgué a las gentes del país… / / ¡Calla de una vez, guerrero,/ que el vino te hace delirar, o acaso/ la bruma eterna de ese lago/ que mientes, de ese lago/ que suelas, o que mientes para soñar,/ toda esa niebla la has traído/ en tu cabeza, y brillazón es tu memoria, humo/ de lejanía tus palabras! / / Y ya no porfiamos en demanda/ de la mar. Yo buscaba/ el oro. Pregunté, exigí,/ y el potro y el cepo y el látigo no descansaron/ sobre los cuerpos, sobre las espaldas/ cobrizas. El oro. Los caciques/ callaban, y ni el tormento ni la amenaza ni la dádiva/ los hicieron hablar; y murieron. El oro. Yo sabía/ que en algún recodo de esa áspera comarca/ se ocultaba el venero, y subí/ solo, por los peñascos donde encontré las pinturas/ del Diablo. Y la bruma/ crecía desde el gran lago: los infieles/ se revelaron; hubo batalla/ tras batalla. El oro. Mi tropa murmuraba/ de ánimos y sombras, de no sé qué silbo/ embrujado, por las quebradas del alba. El miedo/ los empujó a la sinrazón. ¡Locos! Muchos/ de los nuestros cayeron; y otros, en sigilo, una noche/ emprendieron la marcha sin destino hacia el Norte,/ costeando los esteros, en busca/ de poblaciones cristianas o de la muerte… ¡Locos! / / La algarabía/ de la taberna, canciones y juramentos, el resollar/ de las cabalgaduras bajo el alero, ahogaron/ su voz. Pero aunque nadie -ni uno solo-/ ya lo escuchaba, él continuó entre blasfemias, entre hipos,/ su discurso sin seso:/ ‘Quedé el último. La estrella/ fugaz, centella o astro/ maligno, que entre los cerros tiene/ morada, me seguía/ Noche tras noche, en esas cumbres/ de Ligué Calel la vi brillar; cegadora, me llamaba, me/ maldecía; y yo, abandonado,/ me alimenté de raíces y bayas y alimañas/ del campo. ¡El oro/ se reía, las vetas, los ramos enterrados del oro/ se reían, en silencio del desierto, en el espantoso/ silencio, con una interminable carcajada,/ y en los riscos que fui dejando atrás ardía/ la centella del Diablo que ellos llaman Cherrufel Y albeaba apenas. El oro…».
Pero la ilusión no desaparece nunca, y de este modo, no faltó quien propusiera todavía -¡en pleno siglo XX!- que el nombre de la ciudad fantasma pudiera haberse perpetuado a través de los aborígenes patagónicos. Para el caso, César Kaike, topónimo de Puerto Deseado… Pero que, lamentablemente, no alude a una ciudad, ni siquiera apreciable petrificada en alguna formación rocosa particular, sino a una modesta planta comestible, de la formación botánica de la estepa, Sséssarr en lengua de los tehuelches meridionales. «Alcance de nombre», diría un criollo patagónico, o «nombre alcanzado», expresión traducible libremente por «mera coincidencia».
Llegamos al final de estas historias, lector curioso, y convendrá usted conmigo en que desencantarlo todo resulta desconsoladoramente desencantante.
¿Es que no queda ninguna pista a seguir, siquiera la esperanza de una pista posible? ¡Porqué no! Nos faltó explorar bajo la superficie de la tierra…
Y allí -por ejemplo- están esperando de su espíritu inquieto -el suyo, lector- el «sistema cavernario» de Cuchillo Curá, en las cercanías de Las Lajas, Neuquén, calificado como el único ecosistema subterráneo conocido hasta el presente en la Argentina», conformado hasta aquí por cuatro cavernas. O la cueva mítica misteriosa de los tehuelches meridionales en el cerro Asspess, en Santa Cruz, al norte del Río Pinturas, de donde según tradiciones provenían los animales actuales.
O, ¡en fin!, la «cueva de Landa», en las cercanías de Ingeniero Jacobacci, Río Negro, de la que sólo se ha (léase «he») explorado el tramo inicial, de 80 metros,…
