Viedma.- (APP) El subte venía lleno, le pareció extraño porque era un día feriado. Bajaron todos en la misma estación. Notó que algunos llevaban carteles y banderas enrolladas. Ya en la calle era un incesante ir y venir de gente.
Caminó unas cuadras hasta Avenida de Mayo. En la esquina, un muchacho, con un cartón proveniente de una caja desarmada, hacía viento para avivar brasas que se encontraban dentro de una carretilla lo que provocaba humo y olor en el ambiente. Al costado, una parrilla improvisada sobre la que se encontraban varios chorizos anunciaba la preparación de “choripanes” -todo un símbolo, valorado y vilipendiado a la vez- listos para ser vendidos (no regalados). Le quedaba absolutamente claro: se aproximaba a un suceso típicamente nacional y popular.
En las diferentes esquinas y lugares previamente establecidos, se concentraban las diferentes organizaciones, grupos y columnas que adherían a la marcha. Eran muchas, muchas. En el centro de la calle se había dispuesto un interminable lienzo de color azul con las fotos grabadas de los desaparecidos, de varias cuadras de extensión, -que sería luego empuñado, tal vez mejor sería decir: escoltado- por miles de apretadas manos.
A dos o tres cuadras de la Plaza, en el centro de la calle, mucha gente formaba un círculo humano en cuyo centro estaban las Abuelas de Plaza de Mayo, que encabezarían la marcha. Estiró el pescuezo para verlas. Primera emoción. Mujeres grandes, aspecto de amas de casa, viejitas se diría, cubriendo con orgullo sus cabezas blancas con el emblemático pañuelo, también blanco. Lucían chiquitas en estatura física. Enormes en dignidad, gigantes en dolor, formidables en solidaridad, paradigmas en lucha incansable. No lloraban. Tanto, tanto dolor insondable, tanta ausencia, tantas noches vacías, tanta monstruosidad, tanta sin respuesta, agotaron sus lágrimas, secaron sus ojos. No sus miradas.
De las paredes, de los frondosos árboles de la Avenida de Mayo colgaban carteles, letreros, algunos de ellos, verdaderas síntesis de discursos, de pensamientos, frutos de la innegable e inagotable creatividad popular criolla. Otros, inscritos en las banderas llevadas por la gente. Leyó: “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. “Cuando la quieren enterrar, la memoria se planta”.
Le impresionó vivamente: “30.000 no pudieron venir. La columna de Cambiemos tampoco”.
Más puestos vendiendo choripanes, pastelitos, tortas fritas, pañuelos, pulseritas, gaseosas, objetos alegóricos, libros, en fin, gente rebuscándosela para hacerse de una moneda. Los pañuelos tenían leyendas: “Son 30.000”, “Todos los desaparecidos son nuestros hijos. Azucena Villaflor Madre de Plaza de Mayo desaparecida en 1977”. La destacada: el tantas veces coreado hit del verano: “MMLPQTP”.
Todo en absoluto orden. En los abundantes cafés, restaurantes, bares, que existen sobre la Avenida de Mayo -el internacionalmente conocido Café Tortoni, entre otros-, mucha gente comiendo o tomando algo, ajena a la marcha, sin que sufrieran agresión alguna o fueran molestadas.
En una esquina el arte presente, una “instalación” confeccionada con pañuelos blancos. Más carteles: “Adentro Genocidas. Cárcel común”. “Fuera Bullrich”. “La única casa para un genocida es la cárcel”. En el piso pintadas de pañuelos.
Como abriendo el camino, al frente de las Abuelas que fungían como Honorables abanderadas, marchaba “La Chilinga”, escuela popular de percusión integrada por hombres y mujeres de todas las edades. Llevaban una remera roja con la inscripción en sus espaldas: “Tambores en lucha”. Avanzaban a puro golpe de tambor con ese estremecimiento que provoca el retumbo, el ritmo, la danza. Poético, conmovedor.
No menos conmovedor fue ver un grupo de personas en medio de la marcha que sostenían un cartel con la inscripción: “Historias Desobedientes. 30.000 motivos. Hijas e hijos de genocidas. Por la Memoria, la Verdad y la Justicia”. Un colectivo que reúne a familiares de represores que también portaban un cartel: “Hijos de represores. Del dolor a la acción”. Presentaron un proyecto de ley para que se modifique el Código Penal y les permita declarar contra sus progenitores en los juicios de lesa humanidad. ¿Hay algún castigo mayor -además de la cárcel, claro- para esos monstruos, que ser repudiados por su propios hijos, por su descendencia?
Las calles colmadas de una variopinta concurrencia. Gente de todas las edades, naturaleza, género y procedencia. Adolescentes sonrientes sentados en círculo en el piso, padres de familia llevando a sus niños en carritos, otros en los hombros, gente grande, gente en silla de ruedas, gente envuelta en la bandera argentina. Sin intentar un ensayo sociológico, mucha clase media.
El palco se instaló delante de la Pirámide porque el resto de la Plaza está en remodelación “anti concentraciones”.
Reflexionó que pisaba la misma plaza que ocuparon Domingo French y Antonio Beruti -mucho más que meros repartidores de cintas- el 21 de mayo de 1810 al frente de los 600 “Chisperos” armados exigiendo la destitución del Virrey Cisneros y la convocatoria a un Cabildo abierto que se realizaría al día siguiente y que ellos se ocuparán de organizar adecuada y patrióticamente. La que supo de la ignominia del golpe de estado que derrocara a Hipólito Irigoyen -ante la apatía de los radicales, con excepción de muy pocos como la del joven de 28 años Arturo Jauretche en Mendoza o la de los hermanos Kennedy en La Paz, Entre Ríos- e impusiera la primera dictadura de una larga serie, causantes medulares -a su criterio- de la tragedia argentina. La misma plaza que dio asilo a la primera manifestación popular que arrancara de la cárcel a su líder para luego hacerlo Presidente. La que fue infaustamente bombardeada por aviones de la armada argentina matando e hiriendo a centenares de argentinos civiles desprevenidos en el delirio de asesinar al Presidente Perón, democráticamente elegido. Hecho único en la historia planetaria en el que las fuerzas armadas bombardean y matan a civiles de su propio país, en situación de paz. La que fue testigo ilusionado del retorno de la Democracia con el Presidente Alfonsín, obligado a renunciar por un golpe mediático/económico.
En medio de esa multitud no podía dejar de pensar que el 24 de marzo de 1976 hacía días que salía en libertad de la cárcel de Resistencia, Chaco. Había sido detenido en Sierra Grande, Río Negro como preso político y alojado en la cárcel de máxima seguridad de Rawson, Chubut, de donde fuera trasladado al norte. También piensa que esa multitud acudía una vez más a la plaza y a todas las plazas del país para repudiar el último golpe que interrumpiera la vida democrática de los argentinos e instaurara el terror como método, al punto inimaginable por la civilización, de acuñar el término “desaparecido”. “No están, no existen, no tienen entidad”, mascullaba con cinismo el dictador genocida Videla. ¿Cuál es el límite de la crueldad humana, se preguntaba?
Entretanto, desde el palco se anunciaba a la multitud, que en el acto no iba a haber “atractividades”.
