Viedma.- (APP) «Seguramente esta historia no conduce a nada», sentenció ella.
Mientras me torturaba con sus uñas, sacando pequeñísimas acumulaciones de grasa de los poros de mi espalda, me dijo luego que estar conmigo era repetir lo que le pasó con un tal Luis, un compañero de secundaria que la puso borracha en un baile en la casa de una amiga para hacerle perder la virginidad en el auto que le había prestado su viejo. Y yo, quejándome por la saña con que apretaba con las uñas de los pulgares de sus manos, me preguntaba qué relación podía haber entre aquella primera experiencia a sus 16 años con lo que nosotros estábamos viviendo, de vuelta de muchas parejas, pasando los 30.
«Que se acabó el amor», dijo, contestando mis pensamientos.
Contó entonces que había sido romántica, como lo entienden pendejas de quince años, clase media, con sentimientos que laten apresurados en una piel maniatada por los primeros maquillajes, ropas bien lavadas y, en especial, bombachas y corpiños rosas o blancos, que esperan esa noche en donde descubrir la desnudez bajo arrullos y palabras hermosas, versos susurrados al oído, manos fuertes y seguras.
«Sin embargo, muy confusamente -dijo ella-, descubrí entre resaca, dolor y un sol que entraba con toda maldad por los vidrios de mi pieza que ya no era virgen, y que, quien lo hizo, era prácticamente un desconocido».
Se explicó que a partir de esa experiencia se baja la guardia, el amor es ante todo una traición y hay que andar con mucho cuidado. Comenzó a comportarse como si el amor fuera un juego en donde debía traicionar toda posible idea del otro de llegar a un sentimiento pleno, sincero y de mutua satisfacción.
«El amor se había acabado, pero pasaron un par de años más, una dejó la secundaria -contó todavía trepada a mi espalda-, y como se empieza a trabajar y a estudiar con una carga mayor de responsabilidades es como que se reconstruyen algunas metas que entre la pubertad y la adolescencia una presumía se debían perseguir en la vida, fundamentalmente, el amor. Entonces vuelve a ser algo posible y por conseguir».
Siguió monologando: «Uno adhiere a ciertos convencionalismos que pasan de una a otra generación: se conoce a alguien, se conoce a otro, por fin se encuentran ciertas compatibilidades, entonces se trata de disfrutar el sexo, se suspira un ‘te amo’ en medio del orgasmo, se empieza a repetir en circunstancias menos sublimes, se hacen planes, la cosa dura dos o tres años, hasta el día que entre reproches y lexotanil una dice ‘no va más’, terminante como el que gritan los tipos que tiran la bola en la ruleta, y la vida empieza a poner en evidencia que pretende de uno algo más que pagar los impuestos».
Se quedó quieta unos segundos en mi espalda, como anunciando que se venía el final de la reflexión, y agregó: «Así pasan diez años de la vida con la esperanza de un amor pleno, pero las experiencias terminan en el diagnóstico duro que algo falló. Se llega a los 30 y aparece un tipo como vos -dijo apretando con más fuerza en un milímetro de mi piel un poquito más abajo del cuello-, un amor calmo y previsible, donde en verdad uno se convence que ‘se acabó el amor’, como aquella vez en que ‘Luisnomeacuerdo’ traspasó la barrera del himen».
«Ahora me siento mucho mejor», dije no muy convencido que había entendido bien tanto palabrerío, pero con la sensación que en realidad sí había entendido y que en síntesis decía que podía estar conmigo como con cualquier otro, con la excepción por supuesto de alguien con la personalidad de un integrante del clan Mason o de la Jihad Islámica. Inmediatamente la imaginé de pareja con mi vecino, que es un tipo agradable e instruido, o un contador, un músico o con cualquiera que garantizara una relación ‘calma y previsible’.
No diría que me hizo doler como con sus uñas, porque hacía poco más de tres meses que estábamos juntos y todavía no estaba convencido si la amaba, pero no podía negar, digamos, cierta desazón, porque, como en toda relación, uno tiene expectativas, conscientes e inconscientes.
«No sabía que tenías una visión tan acotada del amor, o mejor dicho, una visión tan poco acotada de la vida», agregué sin saber todavía muy bien si había empezado con una buena introducción de lo que quería decir y que en forma no muy clara bullía en mi cabeza, pero confiando, como lo hacía siempre, que bastaba empezar a hablar para que los pensamientos tomaran su verdadero rumbo.
«Creo que es una verdad de Perogrullo decir que se piensa del amor, según se vive el amor», dije dándome vuelta por debajo de sus piernas, para mirarla a los ojos y agregar que «si lo viviste mal, te va a parecer que el amor es fantasía de telenovela, invención de poetas, pura ficción; si lo viviste bien el amor no sólo se siente sino también que se piensa, se respira, desborda, sale con nuestro aliento, nos envuelve como una niebla; si nos abandona, lo buscamos; si se debilita, tratamos de que vuelva a crecer; quien vivió el amor sólo puede querer la vida de esa manera, no por costumbre, y por eso te decía que si tenés una visión acotada del amor, necesariamente, tenés una visión acotada de la vida»:
En ese momento sonó el timbre de la puerta, así que luego de hacer un guiño indicándole que yo iría a atender, la aparté de mi cuerpo para agarrar el pantalón y la camisa e ir hacia la puerta.
El tipo que apareció parecía un vendedor, pero uno muy original. Llevaba una valija negra en su mano derecha, como la de un vendedor; estaba bien vestido, como un vendedor, y lo primero que me dijo fue: «le pido un minuto de atención», como todo vendedor, pero, algo contrastaba: llevaba puesto un ridículo sombrero en la cabeza, coronado con una antena redonda que daba vueltas cumpliendo, seguramente, alguna función que yo desconocía.
El vendedor o supuesto vendedor enseguida comenzó a explicarme por qué llevaba ‘eso’ en la cabeza: «Esto es algo como un radar que me ayuda a detectar aquellas personas que van a estar muy interesadas en que yo les preste mis servicios», expresó con énfasis. Sin esperar a que yo acotara algo, continuó diciendo: «Este aparato de última tecnología me permite escuchar las conversaciones o discusiones que están ocurriendo dentro de las casas, detectando de este modo a quienes presentan conflictos que sólo un profesional de mi tipo puede atender. Muchos se sienten molestos con que exista este tipo de tecnología -y aquí volvió a señalar su ‘radar’ con uno de sus dedos, como para que no quedara duda de qué estaba hablando-, y comparto que, en manos de la policía o alguno de esos organismos que tiene el Estado para vulnerar las libertades individuales, este instrumento no puede menos que calificarse de nefasto, pero no es este el caso. Yo soy psicólogo y psicoanalista, y, a diferencia de la mayoría de mis colegas que atienden en sus consultorios particulares, con tarifas costosas a las que sólo pueden acceder pacientes de clases altas o medias altas, estableciendo de este modo una injusta discriminación social al excluir de una posible cura a quienes no pueden pagar el acceso a una terapia de este tipo… como le decía, como profesional de la psicología, no creo que ésta deba ser costosa ni transformarse en una especie de gueto al que sólo unos pocos pueden acceder. Yo no me quedo en un consultorio sino que salgo a la calle, busco mi clientela con la seguridad de que hay miles y miles en esta ciudad que me necesitan. Como decía Freud, toda persona normal es sólo aproximadamente normal, y cada vez más, la complejidad de las ciudades y de la vida moderna facilitan que en algún punto el ‘yo’ de cualquier hijo de vecino se parezca al de un psicótico».
Apenas si salía de mi asombro, ya que nunca hubiera pensado que podría atender la puerta y encontrar algo así como un psicólogo o psicoanalista a domicilio, y no solamente por esto, sino ser ésta una persona que, sin que yo supiera y sin mi autorización, había estado enterándose, no sé desde hace cuánto tiempo, lo que yo estaba hablando con mi pareja. Como él mismo había dicho, sería nefasto que éste tipo de ‘radar’ fuera utilizado por la policía o cualquier organismo de seguridad o de lo que sea, pero también me parecía nefasto que un psicólogo, un vendedor de seguros o un inspector de la compañía de gas recorriera los edificios con un aparato similar. Era una descarada intromisión en la intimidad de las personas.
El tipo pareció leer en mi cara mis reparos y dijo con seguridad: «No se preocupe. Soy un profesional médico». Inmediatamente se agachó y sacó de su portafolio una carpeta negra con una serie de papeles que empezó a mostrarme. «Aquí tengo mi título y certificados de los distintos cursos de capacitación que he realizado -señaló, empinando las cejas en un gesto de orgullo-; como verá me he recibido de psicólogo, y me he especializado en numerosas ramas de la psicología, como psicología infantil, psicoanálisis, perturbaciones de la afectividad, esquizofrenia, medicina psicosomática, sadismo y masoquismo en la conducta humana, etcétera. etcétera… más de trece años de estudio, y llevo ya unos siete de práctica. He curado totalmente a numerosos pacientes, así que no tenga miedo porque ande caminando por la vereda o por los pasillos de los edificios con este aparatito que, en mis manos, es tan inofensivo como el estetoscopio de un médico generalista. Sirve para que yo ubique a quienes pueden necesitarme, para nada más… Después de todo, usted no será esos anticapitalistas románticos y nostálgicos de un pasado premoderno, que detesta la tecnología, un cultor de la new age y de los productos light o algo así…», tras lo cual se quedó mirando fijo, arqueando esta vez las cejas en forma interrogatoria.
«No, por favor…», contesté, y me sentí obligado a fundamentar que «soy un racionalista impenitente, y por ende hago un culto del hombre de ciencia y sus productos; aunque soy crítico de la sociedad moderna, de la cultura de masas, no debe confundirse eso con cierto romanticismo o ecologismo reaccionario, no, en especial no tengo nada contra ese aparatito que lleva en la cabeza, sino que dudo de la legitimidad de su uso…».
Bajó las cejas, y moviendo la cabeza de izquierda a derecha en un movimiento que quería expresar ausencia de malicia, insistió que nada de cuestionable tenía su ‘radar’ y que si lo dejaba entrar unos minutos podía explicar a mi compañera y a mí la importancia de que un profesional de su tipo pudiera ocuparse de los problemas que se estaban presentando en nuestra relación…
Dudando todavía de sus intenciones abrí la puerta y lo dejé entrar.
Lo invité a sentarse en una de las sillas del comedor al tiempo que pegué un grito a Carolina para que viniera, aclarando que se arreglara porque estaba con gente.
El tipo dijo que se llamaba Carlos Cóppola, acotó que su apellido, no sé por qué razón, iba bien con una profesión como la suya y se mantuvo, los primeros minutos, prácticamente en silencio, aguardando a que Caro llegara, con su mayor cara de asombro, al comedor.
Empezó a hablar, repitiendo en los primeros cinco minutos más o menos lo mismo que me había explicado, como para que mi pareja se pusiera al tanto también de qué se trataba todo. Ella puso también reparos sobre el ‘radar’, pero en cierta medida su cara delataba que encontraba agradable la situación, e incluso asintió cuanto el psicólogo despotricó contra sus colegas por eso de los consultorios y el nivel de las tarifas, acotando que ella siempre lo había pensado, que era una barbaridad que la mayoría de psicólogos o psicoanalistas actuaran como si la terapia incluyera como requisito el ser costosa, estar restringida socialmente y etcétera, etcétera.
-¿Me había quedado en Susana, no?- pregunté a Carlos que escuchaba acomodado en un sillón frente a mí, con un cuadernito en una de sus manos en donde iba anotando aquellas cosas que seguramente se encontraban en el rubro de las esenciales o importantes de mi vida y no de las triviales y de rol secundario para el objetivo de su terapia.
Era así nomás; por tercera vez recibía a ese psicólogo extraño que apareció así como así en la puerta de casa, con un radar coronando su cabeza, y convenció a Caro y a mí que esas discrepancias que teníamos sobre el amor y, en última instancia, sobre nuestras perspectivas como pareja, requerían del apoyo de un «psicólogo y psicoanalista», como él se designaba. Turnándonos, día por medio, en las sesiones, -porque Carlos nos sugirió que debíamos descartar un tratamiento ‘de pareja’; las terapias debían ser separadas, y él ya nos iba a indicar en qué punto del tratamiento correspondería que las sesiones se hicieran con los dos-, Carolina y yo nos encontramos contándole de manera caótica al tal Cóppola -que no podíamos negar, nos había caído bien-, las experiencias de cada uno con el sexo opuesto, desde los años en que, obviamente, el sexo opuesto empezó a sacudir nuestro libido.
Las sesiones se repitieron sin cambios significativos por casi un mes y medio. Durante ese tiempo Carlos se mostró como una persona simpática, agradable y con una actitud casi de pasividad. Escuchaba lo que yo le iba contando de mis viejas relaciones y, más allá de lo que anotaba en una libreta, a la que por supuesto negaba su acceso, no comentaba mucho. Algunas cosas nomás, como para orientarme en los aspectos del relato que aparentemente eran más importantes para su terapia, pero nada o muy poco de sus propias opiniones. Eso ya llegaría con el tiempo, decía.
Una tarde, sin embargo, Carlos empezó a hablar, pero en nada parecido a lo que yo esperaba. Interrumpía constantemente lo que yo le contaba, asumiendo un tono agresivo y sentenciando sobre mis acciones de otro tiempo con juicios casi de tipo moral. Por ejemplo, le hablaba sobre Susana, cuando todavía no había pasado los 20, de cómo la había envuelto presumiendo de intelectual, parafraseando autores que había leído, con el simple cometido de llevarla a la cama, dadas las ganas que tenía por esa época de tener las mayores experiencias sexuales posibles. Entonces él interrumpía como con fastidio, y me acusaba de asumir actitudes notoriamente machistas, egocéntricas, que buscaban lastimar a otros para reforzar mi propia personalidad mezquina y, otros juicios por el estilo que, progresivamente, aumentaron mis dudas sobre las buenas intenciones de su terapia, del perfil progresista y abierto del que se había ufanado en las primeras charlas. Paralelamente, empecé a notar también cambios significativos en Carolina. Se puso esquiva; repitiendo continuos justificativos para no hacer el amor y sus horarios dejaran de coincidir con los míos. Cuando charlábamos era notorio su fastidio, su poca atención en mis palabras y el desinterés en contarme sus cosas. Me llamó especialmente la atención que cuando hablábamos de Carlos y de nuestras respectivas terapias (cosa que en las primeras dos semanas de sesiones hacíamos con regularidad, bromeando, porque desconfiábamos de lo que estábamos haciendo, pero creíamos que de igual manera podía valer la pena, por lo menos como un juego atrayente, fuera de lo común, del que quizás algo aprenderíamos) enseguida desviaba la conversación hacia otros asuntos.
Las dudas finalmente se aclararon. Me di cuenta que las sesiones con Carlos no transitaban ya los caminos trazados por la teoría psicoanalítica o alguna de sus variantes. De lo que la mayoría de psicoanalistas llama el método de la ‘libre asociación’, por el cual Carlos debía estimularme para hablarle con confianza de todo lo que viniera a la mente: sueños, dudas, recuerdos, preocupaciones, lo que fuera, para ir encontrando de a poco las huellas firmes que condujeran a una mejor conciencia de mi situación como persona, de mis metas y, fundamentalmente, crecer con mi pareja, porque ese había sido el objetivo inicial, pasamos a lo que podía llamarse ‘la libre agresión’ del terapeuta al paciente. Sencillamente Carlos me interrumpía a cada minuto únicamente para utilizar calificativos hirientes hacia mi persona. El mensaje claro de todas sus acotaciones y consejos era más o menos que todo lo que había hecho y todo lo que hacía, todos mis sentimientos, todas mis pretensiones y esperanzas eran propias de un tipo detestable que, lo mejor que podía hacer para corregirse era abandonar la civilización para vivir como un ermitaño en una isla desierta.
Me di cuenta que no había ninguna estructura científica elaborada en su terapia, sino el simple odio que descansa en toda naturaleza humana contra alguien que afecta sus deseos más profundos. Carlos estaba enamorado de Carolina, y, obviamente, el sentimiento era recíproco.
«Te parece que el amor es sólo puro palabrerío y que en realidad sólo se trata de pasarla bien con quien sea?», dijo Estela con cara de pocos amigos, después que en medio del amor me confundiera y, en vez de llamarla por su nombre, susurrara en su oído el de Carolina y me disculpara diciendo, precisamente, que se trataba de pasarla bien y que no esperara nada de mí, que si me confundía era porque en última instancia me importaba muy poco si lo hacía con ella o con la vecina.
«El amor es que dos personas se gusten y compatibilicen algunas cosas, fundamentalmente, en la cama, y que no haya compromisos porque la fidelidad es pura hipocresía», le dije sin que se me parara alguno de los pelos transpirados de mi cabeza, y enseguida acerqué mi boca a uno de sus senos, indicándole claramente que quería continuar haciendo el amor y no charlando pelotudeces.
Me hizo a un lado con enojo y empezó un discurso que trajo reminiscencias de pensamientos que sostenía tiempo atrás. «No sabía que tenías una visión tan ‘chicata’ del amor, seguramente que viviste muy mal todas tus relaciones, porque si hubieras conocido el amor te darías cuenta que no sólo se siente sino también que se piensa, se respira; si nos abandona, tratamos de que vuelva… Quien conoció el amor, no concibe la vida sin amor…».
Cuando la cosa venía de cátedra, por suerte sonó el timbre. Sin darle chance de decir algo así como que «no le demos bolilla y continuemos hablando», me levanté de la cama, manoteé el pantalón del piso, y me dirigí rápidamente a abrir la puerta.
El tipo que encontré con la mano levantada, a mitad de camino de un nuevo timbrazo, parecía un vendedor. Estaba bien vestido y llevaba una valija como todo vendedor, pero tenía algo raro en su frente. Me hizo acordar enseguida a aquel hijo de puta de psicólogo que un día apareció con una especie de radar en la cabeza y se terminó llevando a Carolina a quien, descubrí después, sin ninguna terapia, y a pesar de lo poco que estuvimos juntos, en realidad amaba profundamente. Este tipo no tenía un radar, sino una especie de sopapa pegada en la frente, coronada con dos antenitas que emitían pequeños chispazos, como dos cables en cortocircuito. Luego de decir un «buenas tardes» ceremonioso, mostrando con una sonrisa casi todos sus dientes, agregó un «no se preocupe por esto», señalando el aparatito en su frente con uno de los dedos de su mano derecha. Sin darme tiempo a decir algo, explicó, palabras más o menos, lo que en su momento dijo el hijo de puta de Cóppola sobre su radar: «Mientras recorro los pasillos de los edificios de departamentos o camino por las veredas, este moderno invento -volvió a señalar su frente con uno de sus dedos-, creado en los Estados Unidos y ya muy difundido en Europa, permite detectar en los distintos hogares las voces altas, gritos, golpes, el estruendo de objetos que se rompen o estrellan en el piso, es decir, identifica el conflicto en una pareja o entre los distintos integrantes de una familia, y así sé donde puedo ofrecer mis servicios».
Sin darle tiempo a continuar, le pegué una tremenda piña en medio de la reluciente y cuidada dentadura que le permitía poner su mejor sonrisa para engatusar a la gente. El tipo cayó para atrás y, ya en el piso, le pegué una patada en las costillas gritándole, medio descontrolado, «andá a psicoanalizar a tu abuela, hijo de puta».
Me detuve.
Me di cuenta que había actuado impulsivamente y que este psicólogo -suponía que era psicólogo- no tenía que pagar las culpas de aquel otro reverendo hijo de puta que me quitó a Carolina y, a la vez, transformó mis convicciones sobre la necesidad del amor en otras más prácticas y utilitarias de la mujer como simple dama de compañía y objeto para la satisfacción sexual.
«Usted está loco», dijo el tipo, aprovechando que me había calmado y se levantó del piso disgustado, acomodándose nerviosamente las ropas con las dos manos.
«Le pido mil disculpas», dije, y levantando la valija que había quedado tirada en el piso, expliqué cuáles habían sido las motivaciones para agredirlo de esa manera. «Es verdad, me puse loco -expliqué-, porque al verlo me vino la imagen de ese hijo de puta de psicólogo que un buen día se presentó a mi puerta con la misma amabilidad que usted y terminó sacándome a mi mujer».
El tipo puso su mejor cara de asombro y exclamó, también para mi sorpresa: «Pero, yo no soy un psicólogo, ni psiquiatra, ni psicoanalista ni nada parecido; yo no tengo nada que ver con alguna profesión médica…». Sostuvo su valija en forma horizontal sobre uno de sus brazos y, al abrirla, hizo ver que guardaba, en forma desprolija, muchos folletos de promoción turística. Me explicó que era dueño de una agencia de viajes y que desde hacía un año había descubierto que el mejor sistema de ventas era ese aparatito que tenía en su frente, porque un gran porcentaje de aquellos que se decidían a viajar a algún centro turístico del país o del extranjero lo hacía para ver si superaban problemas de pareja, conflictos entre distintos miembros de una familia.
«Donde detecto quilombo, tengo ya un cincuenta por ciento de posibilidades de vender alguno de los planes de turismo de mi agencia», agregó.
Sin salir de mi sorpresa, turbado por el error que había cometido, me volví a disculpar y le prometí que uno de estos días me daba una vuelta por su agencia para adquirir algún plan que pudiera interesarme, y así compensar los golpes que le había dado.
El tipo puso cara de comprensivo y, antes de estrecharme la mano para marcharse, dejó su tarjeta.
«Qué pelotudo», me dije en voz alta luego de cerrar la puerta. Mientras volvía para el cuarto pensé que podía invitarla a Estela a acompañarme en ese viajecito que pensaba comprarle al tipo que había golpeado.
«Esto la hará olvidar de la larga perorata que me estaba dando, y así podremos seguir haciendo el amor tranquilamente», pensé, convencido que la idea era acertada.
NO SE VEIA ELEGANTE
Se paró frente al espejo para acomodarse el nudo de la corbata. No se veía mal, pero no estaba conforme. Se apretó un poco más el nudo y tampoco lo satisfizo. Siguió y siguió. La respiración se le cortaba, pero la imagen que le devolvía el espejo todavía no le conformaba. Busco una silla, se paró encima y ató la punta de su corbata al duro gancho que en lo alto de la pared sostenía el espejo. Volcó con sus pies el asiento y quedó colgando de la corbata que siguió anudándose del cuello hasta cortarle la respiración y llevarlo a esa inconsciencia que antecede a la muerte. En los últimos segundos de visión, con su cara apretada contra el espejo, recién se sintió conforme de la prestancia que tenía su imagen.
EL ENOJO DEL ACTOR
En un teatro de Buenos Aires se representaba una obra seria, un drama, pero dos espectadores, amigos, se habían tentado de risa y no podían contenerse. El público, molesto por esa falta de respeto al trabajo de los actores, de a poco comenzó a hacer evidente su enojo, largando improperios a la pareja desubicada. Así, empeoraban lo que trataban de remediar. Los actores, ante el desorden, perdían la concentración. Sin embargo, los dos amigos no cejaban con su risa, y el resto del público incrementaba los insultos, chistidos y gritos con la intención de hacer regresar a la cordura a la pareja insolente. La obra de teatro contaba la historia de un hombre y una mujer jóvenes, enamorados y un poco intelectuales, que con una actitud romántica, anticapitalista, habían decidido irse a vivir al campo; creían que allí, cerca de la tierra y de la gente simple, recuperarían una existencia más plena, en equilibrio con la naturaleza y con el espíritu del hombre, lejos de esas ciudades donde triunfaba lo material, el vacío entre muchos. Los personajes estaban convencidos que la supuesta racionalidad científica y técnica, simbolizada por la gran ciudad, acunaba en sus brazos al hombre irracional y con amnesia sobre los valores más importantes. Pero a medida que se desarrollaban las escenas, descubrirían que esa huída al interior rural les deparaba en realidad otra cosa: pobladores hoscos, con prejuicios ancestrales, el aburrimiento y otro tipo de vacío, peor que el de los centros urbanos donde, al menos, se es más libre de intentar cosas sin que las personas lo anden señalando a uno con el dedo.
Cuando el público comenzó a alterarse por las risas de dos espectadores, la obra se encontraba en el tercer acto, en una escena donde los personajes comienzan a tener conflicto entre ellos. Esos entredichos reflejaban en cierta medida la incapacidad de sincerarse y reconocer que la opción de vida elegida, había sido equivocada. A pesar de la fuerza dramática de la obra, los actores no podían evitar mirar de soslayo al público irrespetuoso, y el nerviosismo de la situación les hacía equivocar el texto. El primer actor no sólo estaba confundido, sino además furioso por la actitud del público que, indudablemente, con el enojo creciente y los insultos hacia la pareja reidora, perdía el hilo de la historia, la riqueza conceptual de la obra y sus dotes actorales. La actitud del público hacía identificar al actor con la postura inicial de la obra, crítica a la vida de ciudad y a su gente. Pensaba con enojo: «Gente de ciudad como la de este público… insensible a las cosas realmente importantes, que sólo atiende las cosas superfluas, y en última instancia, sus escalas de valores giran alrededor del dinero, el ascenso social…». Sin tiempo de razonar con profundidad, porque a pesar del escándalo en las butacas trataba de continuar con la actuación, lo fue embargando un sentimiento de repulsa contra los espectadores. No soportaba esa actitud de enfrascarse en gritos contra dos personas que si bien se reían de forma desubicada en mitad de una obra teatral seria, lo más sensato era ignorarlos por respeto a los actores, que de todas formas no iban a distraerse del todo por esa risas. ¿Cómo podían ser tan tarados? pensaba el actor. ¿Cómo no se dan cuenta que están empeorando todo, y que de esta manera nuestra actuación se hace insostenible?
De pronto, no aguantó más, le hizo una seña a su compañera de actuación, y encaró al público gritando: «¡Basta! ¡Basta!. ¡Ustedes! -dijo señalando con el índice de su mano derecha a los dos risibles amigos-, ¡Paren de reír, estúpidos! ¡No ven que son la causa de todo este desorden!». Y agregó: ¡Ustedes! -con un movimiento de mano indicó que se dirigía al resto del público- ¡No se dan cuenta que en lugar de ayudar, empeoran todo! ¡Que están todos chillando y gritando como animales, y así no podemos concentrarnos!». El enojo del actor dio resultado, y todos callaron de pronto, tomando conciencia de la verdad de la reprimenda. Pero el actor se encontraba tan enfurecido como para no detenerse. Estaba, en cierta medida, sacado de las casillas, perturbado. Se le embrollaron en su cabeza las ideas iniciales del personaje de la obra, con las suyas, de actor ofendido por la falta de respeto del público. Y así, con una expresión de orador de barricada, echó en cara de un público azorado un discurso en que describía los peores aspectos de los centros urbanos, y como éstos generaban un tipo de persona en cierta medida detestable. Exclamó: «El consumo, y todas esas cosas supuestamente útiles por las que un gran número de gente corre todo el día, deslomándose en oficinas y otros lugares grises y rutinarios, viajando en subtes y colectivos atestados como sardinas en lata, no puede más que generar hombres inútiles. Como ustedes, que creen cumplir con su pose de clase media culturosa, viniendo cada tanto a un teatro como éste, pero luego no tienen el más mínimo respeto por los actores…» Al llegar a ese punto, la mayoría de los espectadores no pudo menos que sentirse ofendido, y con insultos al actor se empezó a levantar de las butacas y a marcharse ofuscado del teatro que, en pocos segundos, quedó prácticamente vacío. El actor se dio cuenta de pronto de lo que había hecho; que se había trastornado, acusando al público de cargos de los que ni siquiera estaba seguro de su fundamento, gratuitamente, influenciado en parte por el contenido de la obra. Su compañera de actuación, al lado, le recriminaba: «¡Qué hiciste! ¡Qué hiciste!.. Y de la platea llegaban nuevamente las risas de esos dos amigos, los únicos espectadores que todavía permanecían en el teatro, que quizás ahora sí se reían en forma justificada.
Y LA GUERRA SIGUIÓ
Como la batalla entre los dos reinos llevaba ya varios meses sin que ningún bando alcanzara la victoria, los dos reyes decidieron jugar el destino del combate a las cartas. Puestos a elegir un juego que además del azar contemplara las virtudes de los adversarios, optaron por el truco. Llegaron a buenas empatados en 13 y en la última mano uno de los reyes recibió una flor. El otro rey no quiso resignar el partido, señalando que en ningún momento habían aclarado si jugaban con o sin flor. Discutieron por un rato sin ponerse de acuerdo y para no llegar a las manos decidieron que continuara la batalla en el campo para que ésta defina si era válida o no la jardinera.
POSTRE
La familia terminó el almuerzo en el patio, debajo de la parra, y esperó ansiosa el postre. A todos se les iluminaron los ojos cuando la madre trajo de la cocina una gran sandía.
No se apresuren que alcanza para todos– les reprendió anticipadamente.
La madre alzó la sandía a la vista de todos, como si fuera a iniciar una ceremonia secreta, y con fuerza golpeó la fruta contra la mesa, partiéndola en muchos pedazos.
-¡Ahí vienen…!- gritó con alborozo uno de los chicos.
En unos pocos minutos, atraídos por el aroma, cientos de moscas cubrieron la sandía, y casi inmediatamente todos los integrantes de la familia manotearon los insectos para llevárselos a la boca.
-¡Qué rico el postre!- exclamó el padre.
Y todos asintieron, sin dejar de comer.
METAMORFOSIS
Ella se transformó en una mosca, con la salvedad que por ser mi mujer no podía echarle flit o agarrar un matamoscas y perseguirla hasta aplastarla contra la pared o un vidrio. Pensar que al conocerla parecía una mariposa. Bastante callada, tímida, pero a la vez dulce, sugerente. Se expresaba con el cuerpo. Me enamoré perdidamente de ella y por eso nos casamos. Lentamente comenzó a cambiar. Una metamorfosis que fue tornando su forma de ser a otra cosa. Antes, como mariposa, era sutil para expresar amor, para dar cariño. Era liviana para mantener una charla, para compartir cosas. No sé qué click la transformó en una mosca. Porqué le surgió esa necesidad de hablar sin parar, de estar atrás de mis cosas. Debía producir litros de saliva para darle a la lengua en forma tan ininterrumpiada como lo hacía. Debía tener su sistema nervioso tan al límite para no poder parar un poco y estar siempre dando vueltas alrededor. Una mosca. Sí, una mosca. Verla era escuchar en mis oíos el «zumm, zumm…» de una mosca atacando. Para calmarla se me ocurrió algo muy loco, comprarle dulces. Me tenía tan intranquilo que al asociarla con una mosca, me pregunté «¿qué les gusta más a las moscas?”. Ergo: los dulces. Bueno, cada vez que regresaba del trabajo le traía una bolsa llena de dulces: caramelos, chocolatines, alfajores… Y algo funcionó. Se le iluminaba la cara y consumía los dulces unos tras otros. Por lo menos me dejaba tranquilo mientras manducaba. Pero terminado su festín volvía a la carga. Bla, bla, bla… bla, bla, bla… Que esto, que lo otro. Me daban ganar de gritarle: «¡Quiero vivir!!!! ¡Dejame de joder!!! No la soportaba más. Todos los días traía bolsas más grandes de dulces, pero me terminé dando cuenta que los respiros que lograba no podían ser la solución. No podía gastar todos los días plata y plata en dulces para aliviarme un poco de su carga. Y cada vez era una carga más grande. No metafóricamete, sino en forma literal. Tantos dulces la hicieron engordar. No sólo era una mosca. Era una gran mosca. Una mosca robusta, gorda, dando vueltas y zumbando alrededor. Con más energía para hablar sin parar. Un día no guanté más y le pedí el divorcio. Fue un shock para ella. Ya se sabe que las moscas pueden tener muchos ojos, pero no mucho cerebro. Y ella no podía entender que no le aguantara que me hablara tanto y que no me dejara tranquilo. Para ella, su manera de actuar se correspondía con su amor, era una cuestión lógica en una pareja que se amaba. Yo le explicaba: «te parece bien que hasta cuando hacemos el amor seas una máquina de hablar, y un torbellino de movimientos».
-Añoro la calma, el silencio… Si no fuera por el trabajo, que por lo menos me libera ocho horas de vos, ya estaría completamente loco. Y eso que laburo manejando un retroexcavadora. Esa máquina es menos molesta que vos-, le explicaba.
Pero no entendió. Como toda mosca, ella no venía nada anormal en ser mosca. Por eso, fue a la cocina y agarró un cuchillo, y se me vino encima en forma decididamente asesina. Yo la veía venir, una mosca gorda y amenazante, con un cuchillo en una de sus tantas patas, y escuchaba un «zummm, zummm…» cada vez más fuerte y estruendoso a medida que se acercaba para terminar con mi vida. Cuando faltaban dos pasos para ensartarme, ví a mi costado un caramelo, en el piso. Seguramente se le había caído de alguna de las bolsas con dulces que le traía a la vuelta del trabajo. Lo agarré rápidamente y se lo ofrecí, como pasaba en las películas de vampiros, cuando la víctima aferraba una cruz salvadora que detenía a Drácula de una segura mordida. Y ella, también como Drácula, detuvo su empuje asesino, quedó con el cuchillo en el aire, y de la boca le empezó a caer una espesa gota de saliva, que reflejaba su deseo de hacerse del dulce. Finalmente, tiró el cuchillo, me arrebató el dulce, y se sentó en el piso a saborear el caramelo, como una niña. Le tuve lástima. En lugar de una mosca, ví en ella un ser inocente, básico. No ya la mariposa que había conocido, pero tampoco la mosca en que se había convertido. Un insecto intermedio, quizás. Algo así como una abeja, que une teme la picadura, pero que no deja de ser un bicho agradable. Le dije que me perdonara, que no me quería divorciar. Me propuse a mí mismo: «buscaré otro laburo, eso me dará algunas horas más de alivio y reforzaré así mis ingresos como para comprarle los dulces que sean necesarios». Hay quien convive con personas de las más siniestras. ¿Porqué no podría yo llegar a convivir con una mosca?
EL LOBO
Me despierto sobresaltado a las 3 de la madrugada. Me queda como único rastro de la pesadilla la imagen de un lobo resoplando cerca de uno de mis oídos. Me asquea pensar –aunque sea en un lugar alejado de la vigilia- que puedo ser alimento para el estómago de una bestia salvaje.
Cierro los ojos y trato de tranquilizarme. Vuelvo a dormir, esperando que esta vez abrace un sueño agradable. A las 5 sin embargo me vuelvo a despertar sobresaltado. En la conciencia atrapo como única imagen otra vez el mismo lobo de la pesadilla anterior, esta vez con sus colmillos hundidos en mi cuello. Tienen razón los que dicen que la paciencia del lobo es infinita.
EL DEMONIO
“Si esto han hecho mis enemigos, ¿de qué tengo que arrepentirme?”, dijo el demonio.
LA LENGUA DE KAFKA
Kafka era retraído, tan retraído que quizás una manera de entender el tono de su literatura está dada por ese comportamiento. Él laburaba solo en una oficina y luego se recluía en su casa. Prácticamente no hablaba. En cierta medida su lengua estaba en sus escritos. No se comunicaba prácticamente de otra manera. La única vez que dicen que habló fue en su lecho de muerte. Pidió que quemaran toda su obra. Por suerte no le hicieron caso. Porque no había sido él. Había sido su lengua, que se quería vengar de su largo ostracismo.
TREN FANTASMA
Por alguna razón que ignoro, en las noches se escucha el pitido del tren pasando por el pueblo. Lo raro es que hace 10 años que las vías están abandonadas.
Mi pueblo, como tantos otros, quedó sin ferrocarril por decisión de unos burócratas estúpidos del gobierno que esgrimieron como excusa el déficit financiero del servicio.
A los pocos días de haberse cerrado el ramal que nos comunicaba con algunas grandes ciudades, se escuchó claramente el sonido del tren. Todo el pueblo salió a ver, esperanzado que quizás se había retrocedido en la medida de la clausura del servicio, y el ferrocarril seguiría funcionando. Pero no. Todos claramente escucharon los pitidos y el ruido de las ruedas sobre los rieles, acercándose, pasando por la estación y alejándose del pueblo. Pero las vías seguían vacías.
Se dieron mil explicaciones, se hicieron miles de especulaciones. El hecho se fue repitiendo sin que nadie encontrara una respuesta razonable. Lo maravilloso se fue convirtiendo en algo rutinario y, al final, después de tantos años, todos nos acostumbramos a escuchar en las noches el paso de un tren en un pueblo sin tren.
Una vez no pude resistir la tentación y al escuchar el sonido del tren acercándose al pueblo, corrí a la estación y me tiré sobre las vías. Cerré los ojos y escuché nítidamente que un tren se acercaba. Mi cuerpo incluso temió el impacto cuando los sonidos indicaron claramente un tren acercándose. Por unos segundos sentí como que el sonido del tren y una ráfaga fuerte de viento atravesaban mi cuerpo, y fugazmente en mi cabeza se mezclaron imágenes del interior de un tren de pasajeros, pero con el maquinista, los pasajeros y los guardas llorando a moco tendido.
Cuando conté de esta experiencia a otras personas del pueblo, se vieron tentados a hacer lo mismo. Y cada uno de ellos tuvo la misma sensación y las mismas tristes imágenes en su cabeza.
Una noche resultó que más de cien personas nos encontrábamos en la estación esperando el sonido del tren y deseosos de atravesarnos en la vía para sentir su paso y las difusas imágenes de las caras llorosas que viajaban en él. A alguien se le ocurrió una infantilada. Parado en la vía, se agarró de la espalda de su vecino como haciendo un trencito. Naturalmente todos lo copiamos. Y cuando claramente el sonido entraba en la estación comenzamos a correr en fila por las vías, acompañando al tren fantasmal e imaginario con nuestro trencito humano e infantil.
En un momento todos repetimos la misma sensación del sonido y el viento atravesándonos, pero las imágenes de los pasajeros eran distintas.
Ya no lloraban. Sonreían.
HISTORIA CON ELEFANTE (Y UN CAMELLO)
El elefante vagaba por el pueblo y nadie sabía qué hacer. Nadie tampoco conocía de dónde vino. Lo raro es que no había pasado ningún circo por el pueblo. ¡¿Y de dónde podía aparecer un elefante en este lugar en las antípodas de Asia o África?!
El animal se arreglaba solo. Comía los pastos y yuyos de veredas y terrenos baldíos. Tomaba agua de charcos o la que circulaba por el cordón cuneta de las calles. Obraba con tranquilidad, con un andar cansino, y en realidad no había provocado destrozos ni asustado a nadie. Pero un elefante es un elefante, así que todos temían acercársele. Como ninguna autoridad tampoco quiso hacerse cargo del problema, los días pasaron, y el elefante se terminó convirtiendo en parte visible del pueblo.
En realidad, en un sentido tuvo un efecto favorable. Como todos los que tenían auto o camioneta sabían que en cualquier momento podían toparse en la calle con el animal, se fueron acostumbrando a circular en baja velocidad, eliminando así cualquier posibilidad de un choque o que alguien fuera atropellado.
El pueblo se encontraba en una zona rural, muy alejado de algún centro urbano importante. La principal actividad económica de la que dependía el pueblo era el cultivo de la cebolla. Sucedió la rareza que en esta zona caracterizada como semiseca, con un bajo nivel de lluvias anuales, sufrió el embate de un fuerte temporal que hizo caer en tres días prácticamente la misma cantidad de agua que en un año. Faltaba muy poco para cosechar la cebolla y prácticamente las pérdidas fueron totales. Los campos cultivados se anegaron y más de un noventa por ciento de la cebolla se pudrió. Muchos pobladores empezaron a tener dificultades económicas y un porcentaje importante comenzó a pasar hambre.
No se sabe de quién fue la idea, pero alguien empezó a azuzar con la posibilidad de matar al elefante y distribuir la carne. Un grupo de gente decidió pasar a la acción y comenzó un delirante operativo de cacería del paquidermo. Por estar integrado el grupo por los pobladores más pobres, nadie pudo hacerse de un arma de fuego. Los que más o menos podían ir paleando la crisis y contaban con algún que otro rifle o pistola, no se animaron a prestarlos. Algunos porque consideraban inhumano matar a tan noble animal y otros por la simple precaución que terminaran siendo acusados de participar del crimen.
El grupo cazador se hizo entonces de cuchillas y alguno se animó a fabricar una especie de lanza. Pero el elefante no era estúpido y se alejaba rápidamente ante el avance amenazante de la turba. Si no fuera por lo dramático del contexto que llevó a un grupo de gente a tratar de matar un elefante, resultaba gracioso ver al animal asustado corriendo por las calles y a un puñado de personas persiguiéndolo atrás, con los cuchillos y lanzas en alto, cual epopeya revolucionaria.
El elefante sobrevivió. No sólo porque lentamente el grupo de exaltados se fue desperdigando, por cansancio algunos y otros porque tomaron conciencia que la empresa superaba las posibilidades de éxito. Sino porque la persecución, con los pocos que quedaban en el asunto, fue interrumpida de pronto por Don Maquiavelo, un viejo poblador de un campo alejado del pueblo, que se interpuso entre el animal y la gente, con una vieja Lupara en sus manos que, seguramente, atesoraba de su Italia natal, amenazando con impedir de cualquier manera que mataran al paquidermo. Creyeron que el viejo lo hacía únicamente por motivos humanistas. Pero no. Don Maquiavelo, aunque nadie lo supiera, era el dueño desconocido del elefante.
Totalmente resignados, los frustrados perseguidores se sentaron en el cordón de la vereda y escucharon la historia del viejo. En realidad nadie sabía lo del elefante porque Don Maquiavelo siempre vivió como un ermitaño. No se conocía a quien había entrado a su campo y cuando venía al pueblo por algunas provisiones o para vender los animales de granja que criaba o las verduras que cultivaba, prácticamente no hablaba. Nadie sabía de sus cosas. Y nadie recordaba que alguna vez alguien comentara que Don Maquiavelo tenía un elefante. Pero en esta oportunidad el viejo fue locuaz. Conmovido quizá porque la gente, a pesar de su hambre, desistió rápidamente de la cacería, se explayó sobre el origen y los motivos de tener un elefante en su campo.
Contó que estaba acostumbrado a leer libros sobre animales, porque siempre le había interesado ese tipo de lectura. Y una vez se maravilló con los relatos y las características de un animal propio de las estepas mongólicas y los desiertos siberianos: el camello bactriano. Un animal incansable, capaz de de conducir grandes pesos por las tierras más severas. Que podía recorrer el doble de la distancia en un día que un caballo y estar sin beber dos o tres días. Un animal que durante siglos fue el principal medio de transporte y bestia de carga entre la China, el Sur de Siberia y el Turkestán.
-Quedé tan impresionado que decidí hacerme de uno –contó Don Maquiavelo. Mandé cartas a uno y otro lado y al final contacté a un importador de animales que me aseguró podía conseguirlo. Si bien esta zona no tiene características desérticas ni montañosas, tampoco es la Pampa Húmeda, así que estaba seguro que el animal iba a poder adaptarse y a la vez sería una ayuda inmejorable para los trabajos del campo y la granja. Me exigieron un precio razonable, mandé plata de adelanto y a los dos meses llegó un camión con la carga. El camión llegó de noche y al verlo me extrañó que necesitaran una jaula tan grande para traer un camello. Sacando unos pequeños respiraderos, la jaula estaba toda cerrada. Pero resultó que cuando el chofer y el acompañante del camión abrieron las compuertas de la jaula en lugar de un camello había un elefante. No lo podía creer. Enseguida protesté. Les expliqué que se habían equivocado. Que yo había encargado un camello bactriano, como esos de las películas, con dos jorobas, y no un elefante. ¿Para qué quería un elefante? Pero esas dos personas eran tozudas. A ellos los habían contratado y no sabían nada del camello. Les habían encomendado llevar ese elefante y cumplirían con su encargue. Insistí que no quería ni necesitaba ese animal, y que además no les iba a pagar el resto de dinero acordado con el importador. Todo era raro, porque esas dos personas no tenían tampoco ningún encargue de cobrar nada. Sólo de dejar el elefante. El recibo que tenían por el alquiler del camión mencionaba claramente mi apellido y la dirección del campo. En síntesis, no entendieron razones, y me dejaron el elefante. Al día siguiente me traté de comunicar con el importador sin suerte. Por semanas mandé una y otra carta, pero me las terminaron devolviendo como remitente desconocido. No sé por qué razón esa casa importadora de animales había desaparecido misteriosamente del país. Yo tenía un elefante y, probablemente, alguna otra persona o propietario de circo, en lugar de recibir ese tipo de animal, recibió un camello bactriano. Esa es la historia, concluyó el viejo. Lo demás lo saben. Como nadie viene a mi campo y yo soy, lo reconozco, muy huraño, nadie del pueblo se enteró que tenía esta pequeña mascota, dijo con ironía.
-Cometí un error- dijo el viejo. Un día descubrí que el elefante había desaparecido. Que a pesar de haberse comportado siempre dócil y que nunca se había alejado de los alrededores de la casa y del galpón que le construí para albergarlo, una noche se escapó. Mi error fue no buscarlo. Lo que pasa que en un primer momento no me desagradó la idea de perderlo. No me servía para trabajar, consumía mucho forraje y, en cierta medida, lo acusaba de que no me había podido hacerme del animal que admiraba: el camello bactriano. Me enteré que estaba deambulando por el pueblo, pero como nadie se quejaba decidí dejar las cosas como están.
-Y porqué entonces nos detuvo- le preguntaron.
-Me hubiera quedado un cargo de conciencia- dijo. Y además, a medida que fueron pasando los días de su ausencia, debo reconocer que empecé a extrañarlo… Comprendí que para mí, que he sido siempre muy ermitaño, tener un elefante era como contar con una gran compañía. Muchos animales en uno solo. Por eso, rumiaba en los últimos días la decisión de venir a buscarlo al pueblo…
Todos callaron y se sintieron conmovidos por la historia.
Y eso fue todo. Como muchos cuentos éste tuvo final feliz. El elefante volvió a lo de Don Maquiavelo. Y en verdad esa compañía le cambió el carácter. Se volvió más sociable. De entrada nomás, tuvo el gesto de donar a los que lo necesitaban las verduras y productos de granja con que contaba para que aguantaran hasta la próxima cosecha de cebolla. Y como el pueblo se había acostumbrado a ver pasear el elefante por sus calles, regularmente el viejo venía de paseo al pueblo con el paquidermo.
Sólo quedó una incógnita. ¿Qué será del camello bactriano? (APP)
