Lo revulsivo ante las mentiras con fachada de verdad/Por Claudio García

 

Viedma.- (APP) Recientemente he leído dos interesantes libros. Uno, “Crítica del neoliberalismo” de José Pablo Feinmann, que en realidad es una recopilación de artículos publicados en Página  12, con el plus de un prólogo de Guillermo Saccomanno, y, el otro, “Nietzsche” de Virginia Cano, doctora en filosofía e investigadora del  CONICET. Cuando se trata de libros de pensadores, sobre temas vinculados a la política, la historia o la filosofía, intento no limitarme a aquellos que sólo confirman mi pensamiento, sino otros que lo cuestionan y sirven como acicate para reflexionar de manera más profunda las cosas. Soy ecléctico como lector en este rubro de las ideas como con los distintos géneros literarios.  En estos dos casos, sin embargo, no buscaba “la duda”, ya que coincido bastante con Feinmann en sus disquisiciones filosóficas y político-históricas -cuando digo “bastante” es obvio que también puedo tener alguna que otra diferencia y pensamiento propio sobre algunos temas-, y respecto a Cano, si bien no la conocía, como soy medio fanático sobre Nietzsche, suelo leer cuanto libro se escriba sobre el alemán -al margen de su propia obra que por supuesto he leído-, para enriquecer si se quiere una visión ya consolidada que tengo del autor de “Así habló Zaratustra”.

No apunto con este artículo a hacer una especie de crónica o crítica sobre el contenido de esos dos libros, sino referirme a unos puntos en común de ambas obras, pocos –son libros de hecho de naturaleza distinta-, pero sí suficientes para reflexionar sobre lo que definiría como “lo revulsivo” o “la sospecha” en relación “a las verdades” que supuestamente priman en la realidad que vivimos. Por esto de mi atracción si se quiere por los pensadores, los dirigentes o los actores en general culturales, sociales y políticos que cuestionan el status quo y que saben que la realidad es como es en gran medida porque se imponen verdades que son mentiras.

Cano precisamente destaca de Nietzsche “lo revulsivo” en este mismo sentido (incluso ir más allá, abandonar la captura de “la” verdad) y al citar a Paul Ricoeur lo ubica en la misma línea que Marx y Freud como “maestros de la sospecha”: Todos ellos se han entregado al “método único de la desmistificación”, echando un hálito de duda no sólo sobre el primado del “objeto” sino también sobre la legitimidad de la conciencia. Y si bien “es fácil incluso reconocer que en cada caso se trata de un ejercicio diferente de la sospecha, la fórmula negativa bajo la cual se podría colocar a estos tres ejercicios de la sospecha sería de la verdad como mentira”.

Feinmann y Cano no tienen la misma lectura sobre Nietzsche aunque los dos sí reflexionan sobre esa cosa medular de la filosofía del alemán de que “no hay hechos, hay interpretaciones”, cuestión que sirvió de basamento a la obra de gran parte de los pensadores del último tramo del siglo XX, como los posestructuralistas y los posmodernos. Pero ese punto de “la verdad como mentira” que sobrevuela en las dos obras lo considero central para aquellos que no estamos conformes con la realidad que vivimos y que vemos que campea cada vez más un mundo injusto, cuestión que Feinmann describe y fundamenta en forma contundente en prácticamente cada uno de los artículos recopilados en su libro.

No es casual que por eso englobe más de 70 artículos –Feinmann, ya se sabe, es un bestia escribiendo, ninguneado por el establishment cultural, tiene una obra sumamente valiosa y prolífica en distintos rubros y géneros-  con el título “Crítica del neoliberalismo”, porque si hoy el mundo capitalista en que vivimos ha profundizado sus injusticias es, entre otras cosas, porque campea el neoliberalismo. “El neoliberalismo es la etapa superior del liberalismo. La etapa en que los monopolios y los oligopolios traban la libertad de mercado, arrojan de él a los pequeños competidores e imponen sus reglas en todos los órdenes: el económico, el cultural, el político y –muy especialmente- el comunicacional, el arma predilecta del capitalismo oligopólico durante los días que ocurren. El nuevo Sujeto Absoluto”, escribió el autor de “La filosofía y el barro de la historia”, “Últimos días de la víctima” –que se llevó maravillosamente al cine- y “Timote. Secuestro y muerte del general Aramburu”, entre otros.

Alguna vez yo mismo escribí sobre el neoliberalismo que: Hay que recordar que para el liberalismo y el neoliberalismo –que como todo neo es peor que el anterior- una de las reglas de oro es la distinción entre lo social y lo político. Está en su base la concepción que la sociedad es una suma de individuos aislados y cada uno debe preocuparse por sus propios intereses y no por otros colectivos o solidarios. Allí está el eco de Hobbes: “el hombre es lobo del hombre”. No hay comunidad, hay individuos. No obstante el liberalismo económico clásico tenía algunos componentes igualitarios, por lo menos declamativos. Se decía que al perseguir cada individuo su propio interés personal, se contribuía al interés común. ¿De qué manera? A través del mercado. El mercado era la mano invisible que armonizaba el interés individual con el beneficio del conjunto social. El liberalismo clásico también tenía componentes humanistas y defendía la libertad de la persona. Pero lo formal se imponía sobre lo real y en general los beneficios se terminaban concentrando en unos pocos y nunca llegaban al conjunto social. El neoliberalismo después vino a arrasar con todo. Ya no hubo eufemismos. El individuo como simple valor de cambio y se excluye totalmente la meta de beneficios para toda la sociedad. La propiedad privada y el mercado se constituyen en el único dios verdadero, un Moloch insaciable que sacrifica pueblos enteros. Ya no interesa la sociedad, no interesan las redes comunitarias y sociales, sólo interesa el individuo, pero no todos los individuos, sino los más poderosos. Por eso el neoliberalismo, además, rechaza de plano cualquier rol activo del Estado.

Todo esto que moldea al mundo y que retornó a la Argentina con el macrismo/Cambiemos, a pesar de la previa fuerte experiencia kirchnerista y de  otros procesos políticos en Venezuela, Brasil, Bolivia y Ecuador que reaccionaron ante los propagadores del Estado mínimo, rechazaron las “recetas” que nos quieren vender los imperios y los organismos internacionales de crédito, y expresaron las demandas sociales de sus pueblos.

¿Por qué entonces, a pesar de “la década ganada”, de una mejora indudable en la calidad de vida, de la significativa ampliación de derechos, en Argentina como en otros pueblos, se vuelve a imponer “la regla” mundial del neoliberalismo? Por esto del dominio cultural, del peso del “nuevo Sujeto Absoluto” de Feinmann, de la imposición “de la verdad como mentira”.

De manera más simple, lo dijo hace unos días atrás el “Pepe” Mujica en la sede del PJ, aludiendo al por qué de las derrotas electorales de las experiencias progresistas o populistas: “…no alcanza con el crecimiento de la economía y la distribución de la riqueza” (…) hay que prepararse para una batalla cultural contra el sistema”.

Feinmann precisamente se refiere mucho en sus artículos que allí está la principal batalla, que la praxis contra el status quo, contra el neoliberalismo, debe tener como basamento “lo revulsivo” , debe “sospechar” de la verdad que nos venden, de “las interpretaciones” que impone el poder como verdades (Nietzsche/Foucault).

El kirchnerismo era conciente de esto y allí apuntaron muchas acciones y programas, especialmente la Ley de Medios, pero evidentemente no alcanzó. Hay que reconocer que salvo en la Biblia y en una que otra experiencia histórica se hace muy difícil “que David gane a Goliat”. Más en la etapa actual donde “el capitalismo se ha desbocado”, como sentencia Feinmann. Pero esto no debe paralizar ni hacer caer en pesimismo. Nunca más que antes “hay que volver” y como se suele decir desde el campo popular, “la única lucha que se pierde es la que se abandona”. Una lucha “con orientación”, con la conciencia que aunque el neoliberalismo por definición compensa para su dominio el achique del Estado social con el aumento del Estado represivo (el informe del Observatorio de Derechos Humanos sobre el año de Cambiemos es muy gráfico en esto), la clave de su peso está en el dominio cultural, en esto de alienar y sojuzgar las mentes, de que crezca “el desierto” del hombre-rebaño, el hombre “lector de periódicos”, como escribió Nietzche.

Por supuesto que no es fácil, qué duda cabe, Feinmann lo dice: “Un movilero sagaz, que sabe qué tiene que decir para que le aumenten el sueldo, puede influir más sobre la desprotegida  conciencia de los ciudadanos que una nota escrita por un intelectual voluntarioso pero relativamente eficaz ante adversarios tan desbordantes de poderío”. Pero agrega, con optimismo: “De todos modos tenemos algo que ellos no tienen: tenemos razón”, que es como decir que tenemos una serie de verdades reales, no las mentiras con fachada de verdad que nos imponen. (APP)