Viedma.- (APP) Los capítulos del libro “La filosofía y el barro de la historia” de José Pablo Feinmann referidos a la obra de Nietzsche salen de la vulgata que etiqueta al alemán sin más ni más como un pensador proto-nazi, una línea totalmente irracional y antimodernista. Es verdad, como lo dice Feinmann, que Nietzche ofrece en sus textos numerosas interpretaciones y en su núcleo de ideas -aunque él hubiera detestado que se las calificara así- hay componentes que tranquilamente pueden servir de basamento al pensamiento y accionar de personas de lo más reaccionarias. Algo similar de lo que pasó con Hidegger, aunque éste sí, sin dudas, fue nazi. Lo que escribe Feinmann sobre Nietzsche se acerca bastante a mis propias reflexiones de este filósofo cuya obra viene marcando la contemporaneidad más que otros, así que me propongo abundar en este sentido, ampliando algunos conceptos en que coincidimos y mencionando otros de mi propio cuño.
Para mí, el alemán filosofa con un martillo, como él mismo se caracterizó, y es ante todo un inconmensurable acicate para pensar. Quizás no tenga un libro enteramente ‘genial’ –el que más se acerca es “Así hablaba Zaratustra”, pero, en general, su genialidad está dispersa en frases, párrafos y páginas enteras de sus distintos libros (guardando las reservas sobre “La voluntad de poder” que armó y manipuló su hermana –ella sí gran antisemita, a diferencia de lo que se ha dicho de Friedrich – después de su muerte). Más allá de la evolución de mis propias reflexiones sobre su obra, fue el español Fernando Savater quien me hizo leer con otros ojos a Nietzsche y a esta altura coincido con él que no hay una ruptura total con el modernismo, sino que en cierta medida el alemán es un «heredero y radicalizador crítico de la Ilustración”.
En primer lugar reivindico de Nietzsche su sentido de la tierra, lo que José Pablo Feinmann califica como “desdén” por todo lo suprasensible. Se para en el ámbito de la vida, no en el de la metafísica. Un ejemplo lo encontré en el “Ecce Homo”, donde explica en cierta medida los ejes de cada una de sus obras. En el capítulo que -oh, ironía- se llama «Por qué soy tan discreto» se carga en cuatro renglones nada menos que a Dios: «No considero el ateísmo como un resultado, y aun menos como un hecho; para mí, el ateísmo es cosa instintiva. Yo soy demasiado curioso, demasiado problemático, demasiado orgulloso, para contentarme con una respuesta burda. Dios es una respuesta burda, una indelicadeza para con nosotros los pensadores; en el fondo, una grosera prohibición que se nos hace; es como decirnos: ¡no debéis pensar!…», para luego filosofar sobre lo que le «interesa»; nada menos que… «la nutrición». ¿Qué otro filósofo pasaría de tema ‘tan elevado’ a algo tan, si se quiere, ‘mundano’? Unos pocos. Sin embargo éste es un aspecto que a mí siempre me ha interesado a la hora de mi afición por la filosofía. Aunque una de las más bellas y certeras definiciones de la filosofía sea aquella de Diderot “preguntarse las cosas como si uno fuera el primer hombre”, en general yo no vivo inquieto por grandes preguntas, las que se realizaría un Adán, sino de cosas que para la mayoría de pensadores podrían ser caracterizadas de triviales, porque son las que llenan la mayor parte de las horas de nuestras vidas. No por nada Freud –alguien que recoge mucho de Nietzsche, aunque ha ocultado intencionadamente su influencia- indicó que numerosas cosas ‘triviales’, comenzando por los instintos, al ser reprimidos se acumulan en el inconsciente y originan en su fermentación perturbaciones y enfermedades, es decir, consecuencias que después no son nada livianas porque dificultan la vida consciente y el modo en que nos comportamos socialmente. En síntesis, al momento de filosofar, me interesa especialmente el sesgo ‘tierrafirmista’ de Nietzsche.
“La voluntad de la voluntad”
Los lectores de Nietzche saben que un planteo clave del filósofo es la voluntad de poder. José Pablo Feinmann escribe algo interesante en “El barro de la historia”: “La ‘voluntad de la voluntad’ está en Nietzsche. La voluntad de poder sabe que la esencia de su poder es quererse”. La reflexión en este sentido es muy interesante y me permite complementar lo que yo interpreto de la voluntad de poder. Hay un verso nietzcheano que dice “…todo gozo quiere eternidad» -de uno de los pocos poemas que escribió el alemán, aunque hay mucha poesía en sus libros filosóficos-. Creo que tiene razón, porque como escribió en el mismo poema: «profundo es el dolor». Considero que el hombre tiene como meta desplegar todas sus posibilidades. Que tal como lo creía Spinoza, todo hombre es esencialmente diferente de lo que podría ser si sus potencialidades estuviesen realizadas. Los hombres se reconocen negativamente, nos convertimos en sujetos y nos esforzamos a adaptar el mundo exterior, la realidad exterior, a nuestras potencialidades. Si bien el ‘yo racional’ es el camino, el camino a la libertad, al «reino de la libertad», como escribió Kant, no se trata de un valor interno como consideraba don Emmanuel, no se puede alcanzar oponiendo el sujeto al mundo objetivo, sino confrontando con éste. Como señaló Hegel y luego Marx no puede haber un aislamiento entre el sujeto libre y el mundo objetivo, sino que el antagonismo debe ser resuelto. Creo que Nietzche era consciente de esto, aunque de una manera torturada y exaltada. Lo que en cierta medida Feinmann en su libro designa “nihilismo completo”. Su ‘voluntad de poder’ es eso, ese perseverar en el ser (que como dije expresó Spinoza y que se traduce en Hegel en “…el hombre no es lo que es y es lo que no es”) para desplegar todas las potencialidades. Todo «gozo», todo avance en este sentido de realización, de conquistar el reino de la libertad, de ser más sujeto y menos cosa, menos objeto, es «eternidad», es esa búsqueda que quizás nunca termina (y no termina también porque la naturaleza del hombre radica en la universalidad y por eso el hombre será enteramente libre cuando todos los hombres sean libres, es decir, la mayor de las utopías). Invirtiendo esto, el «dolor», el retroceso en este camino es «profundo» o, mejor dicho, la conciencia del retroceso en este camino es profunda, se hunde en nosotros y choca con el fondo de nuestra partida, el dolor es un volver a empezar o retomar un parte del camino que ya creímos haber recorrido.
Ya que mencionamos a Hegel, resulta curioso comparar el verso «…todo gozo quiere eternidad» con la concepción de «infinitud» de Hegel, tal como lo explicó Marcuse en «Razón y revolución». Para Hegel la infinitud «es el modo de existencia en el que todas las potencialidades están realizadas y en el que todos los entes alcanzan su forma suprema». A partir de esto podríamos parafrasear a Nietzche y escribir «…todo gozo quiere infinitud», y estaríamos hablando de lo mismo.
El paralelismo que pensé entre Hegel y Nietzsche –en pos de ratificar que Frederich no es enteramente un antiHegel o anti-iluminista como muchos interpretan-, en cierta medida tiene que ver con la ‘voluntad de la voluntad’ de Feinmann, porque esto lo relaciona con algo muy importante de Hegel: el hombre “desea deseos”. Escribió Feinmann en este sentido en uno de los capítulos de “El barro de la historia” referidos a Hegel: “…el hombre es, ante todo, deseo. Hay dos tipos de deseo. Primero, deseo de cosas naturales. Aquí, el deseo no pasa de ser un deseo animal. Como vemos, el deseo del hombre no habrá de ser deseo de cosas naturales; el hombre habrá de desear otra cosa para ser humano. Porque el deseo de las cosas naturales lo comparte con quienes no son hombres: con los animales, cuya inmediatez con la cosa deseada los lleva a consumirla. El hombre, lejos de desear cosas naturales, desea deseos. Desea los deseos de los otros hombres. Lo que hace que un hombre sea tal es su deseo de deseos. Su deseo de otros deseos. Si tenemos, de este modo, una comunidad de deseos que se desean observamos que el deseo humano tiene una dimensión social. Solo en una sociedad humana puede surgir, establecerse una sociedad de deseos deseantes”.
Feinmann cuando aborda a Nietzsche reivindica la concepción de Heidegger sobre la voluntad de poder en el sentido que: “Voluntad de poder, devenir, vida y ser en su sentido más amplio, significan en lenguaje de Nietzsche lo mismo”. Si la vida es devenir, lo que deviene es la voluntad de poder. “Esta voluntad al necesitar crecer para mantenerse, al no poder conservarse sino al precio de crecer, introduce el devenir en la vida. Pero lo primero que la voluntad tiene que querer es su querer”, escribe Feinmann. El autor allí hace la relación de esto con aquello del hombre que “desea deseos” de Hegel. Dice: “…el deseo humano es humano pues es deseo de su deseo. Lo mismo con la voluntad nietzscheana”. Cita a Heidegger: “La voluntad no aspira en primer lugar a lo que quiere como algo que no tenga todavía. Lo que quiere la voluntad, ya lo tiene. Porque la voluntad quiere su querer. Su voluntad es eso querido por ella. La voluntad se quiere a sí misma”. Lo que ya señalé de Feinmann: “La ‘voluntad de la voluntad’ está en Nietzsche. La voluntad de poder sabe que la esencia de su poder es quererse”. Creo que eso está en línea con el “perseverar en el ser” de Spinoza/Hegel y, aunque en forma más torturada, insisto, en Nietzsche. Aquella frase de Hegel : “…el hombre no es lo que es y es lo que no es”, que para mí sintetiza aquello que dije que todo hombre es esencialmente diferente de lo que podría ser si sus potencialidades estuviesen realizadas, también podría expresarse con eso de que el hombre “desea deseos”. La ‘”voluntad de la voluntad” nietzscheana es prácticamente lo mismo, es no ser rebaño, no ser –como escribió Feinmann- el hombre gregario, “esta figura gris, burguesa, que destila mediocridad…”. Es desplegar toda la potencialidad.
“El desierto crece”
Cuando Feinmann habla del hombre gregario que Nietzsche detesta, el hombre rebaño, el hombre adormecido de la verdadera vida, el hombre ‘lector de periódicos’ -ironizaba el alemán-, y que hoy sería el hombre estupidizado ante la televisión o ante Internet, menciona la frase del Zaratustra “el desierto crece”. Y cita además los versos de uno de sus poemas: “Crece el desierto: ¡ay de quien desiertos alberga!/La piedra rechina junto a la piedra, el desierto serpentea y extermina”. Como tengo el libro “Ditirambos Dionisíacos” que es el único libro de poemas que dejó publicado Nietzsche (hay poemas del alemán que se agregaron a “La gaya ciencia”) y no recordaba esas líneas me puse a buscarlas. Y sí. El poema se llama “Crece el desierto: ¡ay de quien desiertos alberga!” y al final están los versos mencionados por Feinmann con una pequeña variante de traducción, en lugar de decir “rechina junto a la piedra” dice “cruje junto a la piedra”. Como escribe Feinmann el desierto es la nada, la nada de la abulia y la indiferencia. Menciona además una nada activa, una voluntad de poder “incapaz de crear nuevos valores”, citando a Rubén Ríos (“Nietzsche y la vigencia del nihilismo”). Acotaría que la voluntad de poder es “ser más”, con lo cual una voluntad de poder “incapaz de crear nuevos valores” no es voluntad de poder. A lo sumo es la ‘voluntad de existir’ de Schopenhauer, puramente conservadora. La voluntad de poder es fundamentalmente creadora, alejada de “la ambición de gobierno o posesiones” (Savater). El hombre gregario, el hombre obsesionado por el consumo, el hombre uniformado por la moral y la cultura dominante –una cultura que a esta altura de la mass media es una anti-cultura, como me dijo en una entrevista el antropólogo Adolfo Colombres una vez, ni siquiera una cultura chata, vulgarizada- , conforma ese desierto “que crece”. Por eso el superhombre es la realización de la voluntad de poder, el hombre que crea nuevos valores, distintos a los del hombre gregario, al del hombre pasivo “cuya vida es mascar” como dice Nietzsche en el mismo poema citado por Feinmann.
La carga pesada del eterno retorno
Feinmann relaciona estode que la voluntad se hace voluntad de poder al quererse a sí misma, esto de que la voluntad de poder tiene que crecer para conservarse, tiene que querer incesantemente, con otro de los planteos claves de Nietzsche: el eterno retorno de lo mismo. Para Feinmann el eterno retorno es el eterno retorno de la voluntad de poder sobre sí misma. Allí tengo mis dudas. Es verdad que la interpretación tiene lógica pero considero que el concepto de ‘eterno retorno de lo mismo’ es mucho más rico, cosa que he abordado en mi cuento “La cruxificción de Nietzsche” (Del libro “El guardiacárcel guevarista y otros cuentos” editado por El Camarote). Sin explicar el argumento de ese relato, secundario en el contexto de este artículo, lo importante está en repetir lo que le hago decir allí al propio Nietzsche sobre el eterno retorno de lo mismo: “Sabía que la idea era una carga muy pesada, porque le mostraba a los hombres que descansaba sobre sus actos una responsabilidad insospechada: un error que retorna no es lo mismo que un error que no tiene atributo de eternidad. Exaltaba al hombre, fortalecido de sacarse el peso de la dicotomía de la vida y la muerte. Yo pretendía la destrucción del tiempo, no su repetición”. Cuestión que tampoco es totalmente mía porque algo de esto dijo Milan Kundera en unos párrafos de su novela “La insoportable levedad del ser”. Perseverar en el ser para alcanzar la máxima potencialidad no significa sólo salir del rebaño, salir del ‘sentido común’ y la ‘moral’ promedio, que impone el sistema. Es como dice Feinmann la voluntad de crear los valores, de crear moral. Pero hablamos de valores superiores, de una moral superior, al del hombre ‘medio’. Por algo Nietzsche escribió (también lo cita Feinmann): “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre: una cuerda tendida sobre el abismo”. El superhombre entonces no puede significar, por ejemplo, causar males irremediables a otros hombres. Una muerte que se provoca regresará siempre. Una y otra vez se volverá a matar. Si actuáramos con la conciencia del ‘peso’ que tienen nuestras acciones, un peso con atributo de eternidad, estaríamos en camino del superhombre. (APP)
