Patagonia: Aventura y Ficción/Por Fernando E Aráoz*

 

 

Viedma.- (APP) La Patagonia, al igual que otras tantas regiones remotas, ha excitado la imaginación de los europeos, convirtiéndola en teatro fácil para novelas de aventuras, y asimismo para alimentar un mito. Hasta en el caso muy curioso de la novela llamada científica, donde cabría suponer que la descripción de paisajes, ambientes, costumbres personajes, refleje con fidelidad la idiosincracia de las comarcas que la escenifican. Tal el caso de Jules Verne (1828 – 1905) -para nosotros Julio Verne- conocido como uno de los fundadores de la novela de ciencia ficción y del que cabría aguardar precisión cuasi científica en sus caracterizaciones, inspiradas obviamente en informantes autorizados o en bibliografía geográfica.

Verne centró en la Patagonia una de sus menos conocidas novelas, El faro del fin del Mundo, cuyo argumento, sobre el trasfondo de los aventureros de Tierra del Fuego -al estilo de Popper y sus seguidores- describe los esfuerzos del gobierno y la marina argentina para instalar un faro en la Isla de los Estados. Quizá Verne pudo documentarse a través de los diarios de época, pues la cruzada humanitaria del comandante Luis Piedra Buena, encontró eco en la gratitud de más de un gobierno europeo, trascendiendo a la opinión pública. En forma tangencial, otra novela de Verne bastante conocida, Dos años de Vacaciones, alude a la Patagonia, aunque en mayor medida a la porción chilena.

Otra de sus novelas, la que interesa pero que los adolescentes ya no leen, Los hijos del capitán Grant desarrolla parte de su acción con el relato de un viaje a través del Neuquén, La Pampa y parte de la provincia de Buenos Aires.

El interés de la obra, prescindiendo de su carácter de novela de aventura para adolescentes, radica en determinar a través de ella el estado de opinión sobre la remota Patagonia, allá en Europa, con las informaciones de que se disponía hacia 1867, año en que Verne la escribió. Luego puede resultar hasta divertido separar los datos producto de la información existente para el público europeo y los añadidos de cosecha propia. Errores y fantasías, no sirven para caracterizar la Patagonia, pero sí para saber cómo la imaginaban.

Las Fuentes Documentales

En algunos aspectos, Julio Verne se documentó notablemente sobre los conocimientos existentes respecto a la Patagonia, aunque no pudo leer la célebre Vida entre los patagones del singular viajero inglés George Chaworth Musters, pues ésta se publicó en 1871, cuatro años después que Los hijos del capitán Grant.

Pero asombra, por ejemplo, la correcta mención de una crónica poco conocida fuera del ámbito de la lengua castellana: “Y en 1806, un chileno, alcalde de la provincia de Concepción, don Luis de la Cruz, partiendo de Antuco, no siguió precisamente este grado 37, y, atravesando los Andes, no llegó a Buenos Aires después de un trayecto realizado en cuarenta días?”. Tan notable como la mención de que “en 1782, un tal Basilio Villarino, no fue de Carmen a la cordillera?” aunque sin tener idea clara de quién fue el piloto Villarino. También son mencionados Zamudio de Cruz, como primer reconocedor del paso de Antuco y el coronel Pedro Andrés García por su crónica de un viaje a las Salinas Grandes. Con mayor comodidad se mueve Jules Verne, cuando debe mencionar los antecedentes de viajeros y exploradores franceses, pues no se olvida a “Alcides d´Orbigny, y mi honorable colega el doctor Martín de Moussy” (en boca del pintoresco geógrafo de la expedición motivo de la novela). No podían faltar alusiones más remotas a Bougainville, la Giraudais y Carteret. Respecto a parte de la región pampeana puede llamar la atención que no se mencione a Charles Darwin, sino a la expedición (1835) del capitán Fitz Roy “que comandaba entonces la expedición del Beagle”.

Por la difusión que tuvo en esos años, mucho mayor relevancia se otorgan a los relatos de A.M. Guinnard, que en su obra Tres años de cautiverio entre los patagones ofrece un vívido testimonio de su odisea, entre 1856 y 1859. Como se sabe, Guinnard logró huir atravesando los Andes por el paso de Uspallata, regresó a Francia en 1861 y fue incorporado a la Sociedad de Geografía de París, alcanzando su relato difusión pública muy amplia.

Luis de la Cruz, Alcides d´Orbigny, A. M. Guinnard. A través de los ojos de estos tres viajeros -y mención de otros más- Verne configura el escenario para su novela y entreteje datos ciertos y precisos con la ficción literaria. Estos informes verídicos son muy numerosos y pueden comprobarse por la cantidad de citas de palabras españolas y criollas en su propio idioma, aunque no exentas de equivocaciones o malinterpretaciones como la nota de pie de página del autor, definiendo a los rastreadores como bandidos de la llanura o llamando bolas a nuestras conocidas boleadoras. Seguramente la proliferación de palabras hispanas -exceden de cincuenta- pueda ser fatigosa para el lector francés. Muchos son términos geográficos de difícil traducción como: quebradas, temporales, temblores, médanos, cañadas, esteros, barreros (barreales), lagunas, bañados, etc. También nombres de plantas y animales, o de elementos típicos: rancho, estancia, galera, fonda, aparecen en el texto, muy posiblemente tomados de los prolijos apuntes de d´Orbigny.

De los resultados puede juzgarse por estos dos párrafos dedicados al río Colorado, bastante reveladores de la perplejidad de los geógrafos en esa época: “Usted lo reemplazara por el río Colorado! Ahí tiene un río poco conocido, que corre en los mapas según la fantasía de los geógrafos”. O esta otra: “…arribaron al hermoso río de las regiones pampeanas, cuyo nombre indio es Cobu-Leubu, lo que significa gran río. Después de un largo recorrido va a echar sus aguas al Atlántico, pero en su desembocadura se produce una curiosa particularidad: la masa de agua disminuye al aproximarse al mar, ya sea  por imbibición, ya por evaporación; lo cierto es que la causa de este fenómeno no está perfectamente determinada”.

Errores y Fantasías

Pese a la apoyatura de crónicas y documentación geográfica, la fantasía y la exageración se filtran en esta novela científica en forma a veces risible por la magnitud de los errores a los que da lugar. Por extensión, después de caracterizar el ambiente geográfico, por ejemplo la rigurosa referencia del río Colorado, se agregan ornamentaciones, tomadas quizás de las mismas crónicas o diarios de viaje pero fuera de contexto. En este sentido, el desconocimiento propicia el agregado de detalles exóticos o truculentos. Verne no escapó a está tentación y dentro de la aparente seriedad de las menciones de viajeros y cronistas, desliza algunas pifiadas asombrosas, de las que es divertido para el estudioso de la geografía tomar nota. Van algunas a manera de ejemplo:

“Un patagón que casi podía rivalizar con el emperador Maximino y con aquel negro del Congo que había visto el sabio Van del Brock, ambos de ocho pies de altura”, (2,438 m). “Acamparon como de costumbre, y la noche hubiera sido buena sin la presencia de monos titíes y perros salvajes”: Monos en las inmediaciones de la laguna Urrelauquen de La Pampa. “ – ¡Cómo! ¡El rayo ha producido tal desastre! – dijo Tomás Austin – ¡Un rebaño de 500 animales totalmente destruído!”: Quinientos bueyes fulminados por un rayo en el SE. La Pampa. “…aparecieron secas bardanas y cardos gigantescos, de 9 pies de altura, que hubieran hacho la alegría de todos los asnos de la tierra”: Paisaje atribuido al SE. de La Pampa. “…se ven allá algarrobos, cuyo fruto, seco y reducido a polvo, sirve para amasar un pan muy apreciado por los indios; el quebracho blanco, cuyas largas y flexibles ramas lloran a la manera de los sauces europeos; el quebracho rojo, de una manera indestructible, el ñandubay, que prende fuego con extremada facilidad, y causa frecuentemente inmensos incendios; el viraró, cuyas flores violetas se disponen en forma de pirámide, y por último el timbó, que eleva su inmenso quitasol a 80 pies de altura, bajo el cual rebaños enteros pueden resguardarse del sol”: Como se ve, una curiosa descripción botánica… de la sierra de la Ventana!. Otra: “…un enorme aluvión venía hacia la campaña, que se convertía en océano. Las altas hierbas desaparecían como segadas. Las matas de mimosa arrancadas por la corriente, iban a la deriva y constituían islotes flotantes. La masa líquida formaba enormes oleadas de irresistible poder. Evidentemente, se habrían roto las barrancas de los grandes ríos de la pampa (sic), y quizá las aguas del Colorado al norte y las del río Negro al sur, se reunían y se confundían en un lecho común”, entre Balcarce y la actual Mar del Plata!.

En aras de la brevedad, los viajeros se salvan providencialmente al trepar a un inmenso ombú y permanecen allí aguardando que las aguas de la inundación bajen. Consumidos por la impaciencia deciden echarse al agua y entonces: “…-Los caimanes! Los caimanes!– respondió Wilson. Y el pie del árbol apareció rodeado por los más temibles animales del orden de los saurios”. Ahorremos el resto: aunque tenga cuidado el turista que quiera darse un baño en la laguna de Mar Chiquita!.

No cabe la ironía y tampoco la crítica. A través de una novela, en su tiempo muy difundida, se quiere dar idea del grado de desconocimiento existente en la Europa de 1867, respecto a la Patagonia, y la Argentina  en general, a nivel de un público no científico pero informado, grupo al que, por otra parte, pertenecía Jules Verne.

 

 

*Historiador pampeano, fallecido en diciembre de 1987.