Patagonia, donde la soberanía no tiene costos/Por Omar Nelson Livigni  

 

Viedma.- (APP) Los patagónicos nos anoticiamos de  la postergación “sine die”  del traslado de la Capital Federal a Viedma, Patagones y Guardia Mitre sin resignarnos y no hace mucho tiempo del  frustrado anuncio del presidente Mauricio Macri  referido a un desconocido Plan Patagonia referido a obras de infraestructura.

Se trata de una historia recurrente, salvo en algunos paréntesis, siempre frustradas por quienes alegaron  la preservación de las finanzas públicas.

La presencia en fin en el escenario de los personeros del status quo, en el sentido de limitar o dificultar los esfuerzos  tendientes a lograr una mayor integración regional.

La reiteración de estos hechos es lo que vino ocurriendo en el país cada vez que existió la posibilidad de impulsar un verdadero cambio de estructuras.

Por tal razón es aconsejable recordar que el poder de una Nación se fundamenta en la suma de sus valores culturales y sus recursos materiales y mediante el desarrollo equilibrado de sus componentes humanos y geográficos.

La Patagonia, con sus más de 1 millón kilómetros cuadrados  configura la tercera parte  de la superficie territorial país, pero con una densidad muy baja de habitantes. Es notoria su escasa población y su deformada localización que acusan un vacio interior alarmante.

Toda un extensa área donde se encuentran prácticamente inexplorados sus variados recursos naturales y se carece de una adecuada infraestructura que hace imposible hasta ahora la transformación del espacio  geoeconómico  regional.

La Patagonia hoy es un espacio sensible y descubierto en un mundo superpoblado, donde los grandes espacios constituyen una tentación para potencias extranjeras como punto de descarga de excedentes demográficos y donde se ha agotado el tiempo histórico para tan prolongadas omisiones.

En la conciencia colectiva esta especie de desprejuicio o indolencias no se ha corregido a pesar de las periódicas tensiones que han sucedido en la fronteras sur y oeste con Chile por problemas limítrofes, algunos todavía no resueltos definitivamente, la derrota sufrida en la guerra de las Malvinas, la instalación en el archipiélago de una moderna base militar de la OTAN, y la zona de exclusión impuesta compulsivamente por Inglaterra sobre el mar Argentino. Sin olvidar el peligro y las acechanzas que significa esta última realidad con su negativa proyección sobre el sector antártico cuando llegue el  momento de definir derechos.

A pesar de todo, cuando de habla sobre el frustrado traslado de la Capital o el más reciente e ignoto plan Macri sobre la Patagonia que no alcanzó nacer, no se plantea el debate en sus justos términos. Hay quienes, generalmente desde el nivel oficial, se detienen únicamente en las cuestiones exclusivamente económicas o financieras, de rentabilidad o de oportunidad de las inversiones.

Ello pese a que afirmar la voluntad nacional en la Patagonia no se reduce a un esquema voluntarista sino que se requiere conocimientos, criterios y racionalidad.

Pero hay sin dudas una verdad superior e insoslayable: la soberanía no tiene costos.

Es imperativo determinar que los argentinos en su conjunto debemos pagar el desarrollo Patagónico para revertir una situación de verdadera indefensión. No es cuestión de preguntarse cuánto cuestan esos proyectos mencionados  ni cuántos recursos demandarán, que también deben ser merituados.

Lo realmente sustancial es tomar conciencia de qué precio le costará a la Nación no hacerlas en tiempo y forma. (APP)