Valcheta.- (APP) Presagiando de alguna forma su trágica muerte escribió Federico García Lorca en uno de sus poemas: “Y mi sangre sobre el campo/ sea rosado y dulce limo/ donde claven sus azadas/ los cansados campesinos”.
Sobre el gran poeta de Fuente Vaqueros se ha escrito mucho, pero hay dos textos poéticos que expresan todo el dolor por su fusilamiento: “El crimen fue en Granada”de Antonio Machado y la famosa “Oda a Federico García Lorca” de su amigo Pablo Neruda. También desde el otro bando, Luis Hurtado Álvarez escribe una sentida elegía en el periódico falangista de San Sebastián titulada: “A la España imperial le han asesinado a su mejor poeta”.
El poema de Antonio Machado, al cumplirse 80 años de la muerte del poeta, merece transcribirse completo:
“Se le vio, caminando entre fusiles, / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada. / Mataron a Federico/ cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara. / Todos cerraron los ojos; / rezaron: ¡Ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico/ -sangre en la frente y plomo en las entrañas- /…Que fue en Granada el crimen/ Sabed -¡Pobre Granada!-, en su Granada”.
“Se le vio caminar solo con Ella, / sin miedo a su guadaña. / -Ya el sol en torre y torre, los martillos/ en yunque- yunque y yunque de las fraguas. / Hablaba Federico, / requebrando a la muerte. Ella escuchaba, / “Porque ayer en mi verso, compañera, / sonaba el golpe de tus secas palmas, y diste el hielo a mi cantar, y el filo/ a mi tragedia de tu hoz de plata, / te cantaré la carne que no tienes, / los ojos que te faltan, / tus cabellos que el viento sacudía, / los rojos labios donde te besaban… / Hoy como ayer, gitana, muerte mía, / qué bien contigo a solas, / por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”
“Se le vio caminar… / labrad, amigos, / de piedra y sueño en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”.
Por su parte, la Oda del gran poeta chileno, expresa y contagia todo el dolor por la ausencia de Federico, impregnando el entorno y las cosas de una gran tristeza, con metáforas de una fuerza poética conmovedora.
Comienza diciendo que “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola, / si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, / lo haría por tu voz de naranjo enlutado/ y por tu poesía que sale dando gritos”.
“Porque por ti pin tan de azul los hospitales/ y crecen las escuelas y los barrios marítimos, / y se pueblan de plumas los ángeles heridos, / y se cubren de escamas los pescados nupciales, / y van volando al cielo los erizos: / por ti las sastrerías con sus negras membranas/ se llenan de cucharas y de sangre/ y tragan cintas rotas, y se matan a besos, / y se visten de blanco”.
Y en un fragmento enumera los amigos comunes: “Llego yo con Oliverio, Norah, / Vicente Aleixandre, Delia, / Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco, / la Rubia, Rafael Ugarte, / Cotapos, Rafael Alberti, / Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre, / Molinari, / Rosales, Concha Méndez, / y otros que se me olvidan”.
Y finaliza dialogando: “Así es la vida, Federico, aquí tienes/ las cosas que te puede ofrecer mi amistad/ de melancólico varón varonil”.
El mismo Neruda en una conferencia sobre el poeta pronunciada en París en el año 1937, agrega otra premonición que tuvo Federico sobre su trágica muerte: “Una noche en una aldea de Extremadura, sin poder dormirse, se levantó al aparecer el alba. Estaba todavía lleno de niebla el duro paisaje extremeño. Federico se sentó a mirar crecer el sol junto a algunas estatuas derribadas. Eran figuras de mármol del siglo XVIII y el lugar era la entrada de un señorío feudal, enteramente abandonado, como tantas posesiones de los grandes señores españoles. Miraba Fe3derico los torsos destrozados, encendidos en blancura por el sol naciente, cuando un corderito extraviado de su rebaño comenzó a pastar junto a él. De pronto cruzaron el camino cinco o siete cerdos negros que se tiraron sobre el cordero y en unos minutos, ante su espanto y su sorpresa, lo despedazaron y devoraron. Federico, presa de miedo indecible, inmovilizado de horror, miraba los cerdos negros matar y devorar al cordero entre las estatuas caídas, en aquel amanecer solitario”.
“Cuando me lo contó al regresar a Madrid su voz temblaba todavía porque la tragedia de la muerte obsesionaba hasta el delirio su sensibilidad de niño. Ahora su muerte, su terrible muerte que nada nos hará olvidar, me trae el recuerdo de aquel amanecer sangriento. Tal vez a aquel gran poeta, dulce y profético, la vida le ofreció por adelantado, y en símbolo terrible, la visión de su propia muerte”.
“Y –escribe Neruda- los poetas de América española y los poetas de España, no olvidaremos ni perdonaremos nunca el asesinato de quien consideramos el más grande entre nosotros, el ángel de este momento de nuestra lengua. Y perdonadme que de todos los dolores de España os recuerdo sólo la vida y la muerte de un poeta. Es que nosotros no podremos nunca olvidar este crimen, ni perdonarlo. No lo olvidaremos ni lo perdonaremos nunca. Nunca”.
