Viedma.- (APP) Una noticia periodística reciente sobre la inminencia del cambio de nombre por vía legislativa del puente conocido como Paso Córdoba, para ser reemplazado por el de Carlos Gustavo Peralta (exvicegobernador), nos sacudió la memoria a todos los que hemos vivido e interiorizado ese nombre por uso y costumbre. Los interrogantes inmediatos que surgen serían: ¿por qué el nombre de un objeto puede resultar significativo para los habitantes de una localidad? ¿Qué ocurre cuando algo que tiene una denominación es sustituido por otra?
Apelando simplemente a la historia oral regional, vemos que sustantivos asociados como desierto, aguada, laguna, ciénaga, salitral, meseta, río, bote, balsa, paso, fonda, ramos generales, indios, milicos, curas e inmigrantes evocan un lugar o asentamiento humano que remite a una época o momento de la historia, como a necesidades e intereses de sus protagonistas. Con el puente en cuestión pasa lo mismo, su nombre no sólo hace referencia a la persona de don Antonio Córdoba, inmigrante español y próspero comerciante residente del pueblo viejo de General Roca desde 1894, sino que nos transporta a un período de la historia del Alto Valle con una vida cotidiana totalmente diferente a la actual. Donde condiciones dadas y heredadas del pasado no siempre elegidas por ellos mismos, de enormes sacrificios, penurias y relativos momentos de bienestar han tenido que ver con la construcción de este mundo social presente, conformando un patrimonio material e inmaterial tácito, que hace a nuestra identidad social. Es importante recordar que luego de la inundación del Pueblo Viejo en 1899, el mismo año que se frustra la inauguración del tramo de ferrocarril que uniría Bahía Blanca con Neuquén, que motivó el desplazamiento de la población más hacia el oeste en la ubicación actual, siguió atrayendo a sus orillas a pobladores que insistían en construir futuro a sus expensas. Córdoba fue uno de ellos, y junto con su socio comercial de Ramos Generales Antonio Algán se instalaron en la orilla sur más alta del río, con el negocio “Córdoba y Cía.”, en 1907. Lo hicieron a la altura del entonces Paso Violich (anterior comerciante) a 1000 metros del actual puente. Hacía sólo cuatro años que habían dejado de prestar servicio fluvial los “vapores” Río Negro, Río Neuquén, Río Limay y Triunfo (Maida. E.2001), experiencias perdidas en la memoria remota de sus viajeros, que vuelven a nosotros como si hubieran sido producto de la imaginación. Una pequeña muestra de las condiciones en la que se desenvolvían las tareas de transporte de mercaderías con tropas de carros antes de la construcción de la balsa, relata Maida, era el desarmado de carros en una orilla para ser cruzados en botes y rearmados nuevamente en la otra. En ese contexto la construcción de la balsa en 1908, a pesar de los riesgos que implicaba, significó otro jalón en el desarrollo de las comunicaciones territorianas. Pero cruzado el río, la travesía en la meseta requería de caminos, de la construcción de una bajada al Paso y de agua para la tropa. El descubrimiento de una aguada en esa empresa, de construir camino en ese suelo casi desértico, resultó vital para el transporte, y será referenciada por la gente como Aguada Córdoba. De esa manera se irá hilando una secuencia en el imaginario popular con la Aguada Córdoba, la Balsa Córdoba, el Paso Córdoba y finalmente el Puente Paso Córdoba, sintetizando una trama histórica de construcción colectiva en la historia de las comunicaciones internas, vencedora de un obstáculo natural que impidió por decenas de años el traslado de personas, animales, mercaderías y objetos de norte a sur y viceversa. A la Línea Sur, si bien no le garantizó un desarrollo sostenido, sino más bien irregular y desigual por una correlación de fuerzas también desigual de intercambio y poder, le permitió al menos romper el aislamiento físico al que se vio sometido por tanto tiempo. La invocación del apellido Córdoba en el puente deja de ser una cuestión menor para convertirse en razón histórica suficiente, que le otorga sentido al proceso histórico inicial de organización social, económica y cultural de la Patagonia Norte. Su sustitución u omisión dejaría en un cono de sombra una parte significativa de la memoria colectiva, afectando el sentimiento y la identidad de la comunidad en su conjunto.
Los nombres, palabras con las que se designan y distinguen los objetos, como las personas al formar parte del capital simbólico, esa especie de capital que deriva del capital económico como lo definiera el sociólogo P. Bourdieu y que reúne ciertas propiedades que parecen inherentes al sujeto, como la autoridad, el prestigio, la reputación, el crédito, la fama, la notoriedad y la honorabilidad, necesitan de conocimiento y reconocimiento para subsistir. El Puente Paso Córdoba, queda demostrado, posee ambas propiedades. Insistir en lo contrario puede afectar la voluntad y sentir de muchos rionegrinos, convirtiéndose en un error político con consecuencias negativas en el tiempo.
Fuente: Diario Rio Negro
