Viedma.- (APP) San Juan de los Remedios es una de las primeras ciudades o villas fundadas por los españoles en Cuba. Entre los años 1514 y 1524. Allí parece que el tiempo se hubiera detenido. Edificios coloniales pintados de azul, de blanco, de amarillo.
Da la impresión de estar en la década del 40, del 50. Los negocios, las casas, el mobiliario, son de esa época. Todo muy deteriorado y precario. En una esquina un cartel anunciando una casa de “Moda y belleza” parece salido de una película de Fellini. Se ven taxis a caballo y a tracción a sangre.
Fue en la plaza que me encontré con Ramón. Un viejito maravilloso que vestía una guayabera blanca y ofrecía maníes envueltos en unos conitos de papel blanco. Estaba casi ciego. Al enterarse que era argentino me contó que había formado parte de una columna en la Sierra Maestra al mando del Che. –No era mi Jefe, era mi hermano. – Pienso en él y me emociono. En mi casa les rezo a Jesusito y a mi Comandante, dijo y estalló en llanto. Hice un largo silencio por respeto a sus lágrimas. – Nunca decía una mala palabra, si tenía que reprender a alguien le decía: “Rectifíquese soldado”. Siguió contándome las atrocidades que le hicieron a él, a su madre y a toda su familia, los hombres de Batista. Que había empezado a estudiar medicina y tuvo que dejar todo para “ganarse el monte”. Ese anciano casi ciego me preguntó por la Argentina, me habló de la “compañera” (en sus palabras) Cristina y de Macri, que lo primero que hizo fue echar a 300 médicos cubanos, dijo con vehemencia. Habló de la voracidad de las derechas, que siempre quieren más. Revelaba una precisa información de Argentina. Al menos de las cosas importantes.
– Mi nombre es Ramón, me dijo. Mi nombre de guerra no te lo puedo dar porque sigo trabajando para la Revolución y no me lo permiten. – Luché por mis negritos y mis blanquitos, dijo orgulloso. Me presentó a su nieta, que también vendía maníes envueltos en conitos de papel blanco. Ella dijo que era su hija porque él la había criado. Le pedí que nos tomara unas fotos.
– Chico, ¿Has visto alguna vez una Revolución más heroica y más bonita que la nuestra?, me preguntó mirándome con unos ojos que ya casi no veían y que lo habían visto todo.
Le dije que tenía que irme. Me tendió la mano y me pidió que si alguna vez volvía a Remedios lo buscara. Volvió a tenderme la mano. Nos abrazamos. Nos dimos la mano varias veces. La última apreté fuerte esos dedos huesudos. Los mismos que en su juventud empuñaron un arma para liberar a su pueblo de los dictadores, a sus negritos y a sus blanquitos, a las órdenes de su amado Comandante. Me despidió con un “Hasta la victoria siempre”. Se me nublaron los ojos. Y allí siguió Ramón en la Plaza, con su nieta, ofreciendo sus “manisicos” envueltos en conitos de papel blanco.
