Viedma.- (APP) El Museo Municipal Mario Brososki de Puerto Deseado, Santa Cruz, está dedicado a la conservación y exhibición de las piezas y elementos que se han rescatado de la corbeta Swift hundida en la ría Deseado en el año 1770. Esta experiencia santacruceña es muy importante para que Viedma vea la importancia de recrear también su rica historia fluvial y marítima. Días atrás falleció precisamente en la capital rionegrina Isabel Garrido, una productora y gestora cultural Isabel Garrido que bregó por un museo de este tipo en El Cóndor. Sonia Renison en Página 12 hizo una nota destacada sobre el museo santacruceño que reproducimos junto a otros antecedentes de producción de APP.
DE NAVEGANTES Y PIRATAS
El Museo Brozoski de Puerto Deseado exhibe numerosas piezas arqueológicas rescatadas del naufragio de la corbeta Swift, hundida en 1770 frente a las costas de la ciudad. La institución ocupa el primer puesto en Sudamérica en su especialidad: hacer hablar al pasado a través de los objetos que sobrevivieron al mar.
El último verano, cuando el hombre entró a la oficina de Turismo de Puerto Deseado y preguntó por “la Swift”, el director del área, Mario Cambi, no lo dudó: lo acompañó hasta el Museo Municipal Mario Brozoski para guiarlo por la muestra histórica que abarca más de cien piezas rescatadas de los restos de la corbeta Swift, hundida frente a costas de la ciudad en 1770, cuando encalló en una roca al intentar guarecerse de una tormenta. “Aquí llega gente que quiere ver la corbeta”, dice Cambi a TurismoI12, y explica que el hombre –un contador jubilado del País Vasco llegado junto con su familia– no es el único en directamente atraído por este tema. Desde que están en exhibición las piezas del naufragio, la ciudad recibe todos los años personajes de diferentes latitudes que estudian museos o son apasionados de los naufragios y los barcos antiguos.
La corbeta Swift permanece desde hace tres siglos bajo el agua, pero un trabajo de veinte años permitió reconstruir parte de su trayectoria y las costumbres a bordo, además de una tarea científica que se puede leer en El Naufragio de la HMS Swift –1770–. Arqueología Marítima en la Patagonia (Vázquez Mazzini Editores), resultado del trabajo del equipo del Programa de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl) que dirige la doctora en Arqueología Dolores Elkin, investigadora del Conicet.
PIEZAS DE LA HISTORIA
Un plato, un bol de porcelana o un porrón de madera son apenas algunas de las piezas que pueblan las vitrinas del museo, donde otras historias y testimonios suman 14.000 objetos, aunque sólo se muestren 4200 de distintas colecciones. Entre ellos está la minerva original de 1920 en la que el diario El Orden imprimió los primeros hechos de las huelgas luego conocidas como “la Patagonia rebelde”.
Para la directora de General de Museos y Patrimonio del Norte de Santa, Cruz, Rosa Aravales, lo que más sorprende a los visitantes es el estado de conservación de las piezas. En el proceso de laboratorio está una de las tareas de mayor compromiso para los expertos, que desarrollaron una técnica que utiliza 40.000 litros de agua destilada por año y ahora cuentan con una bomba de ósmosis con la que pueden convertir, es decir “fabricar”, el agua con que trabajan. “Mesas y muebles enteros están sumergidos en este líquido con químicos, dentro de piletones que permiten que las maderas no se desintegren, como en ‘la mesa libro’ que pertenecía al comedor de los oficiales”, señala Rosa.
Además de los visitantes de distintos puntos del planeta, al museo lo visitan chicos de las escuelas y en su laboratorio se realiza un taller de conservación. “Es curioso –dice Rosa– que uno de los objetos mejor mantenidos sea la estufa de bronce del capitán, que está entera. También están enteros los vidrios de la ventana de su camarote y hasta se pudo advertir que un tripulante de una campaña anterior al naufragio rayó su nombre en uno de los vidrios”.
Son hermosas las teteras, cuencos y botellones; hubo hasta hallazgos de semillas de mostaza y granos de pimienta dentro de recipientes que permanecieron bajo el mar por casi tres siglos. Sogas, cabos, alguna hebilla , el especiero, platos de porcelana: cada elemento guarda su historia y al recorrer el museo, uno quisiera poder conocer los detalles de todos ellos.
VERDADES SUMERGIDAS
Todo lo que concierne a la corbeta Swift tiene una historia atrapante. Dicen que un día de 1975, paradito mirando el mar en Puerto Deseado, estaba el australiano Patrick Gower, quien cruzó los mares hasta llegar aquí siguiendo el relato de su tatarabuelo, el oficial Erasmus Gower. Su antepasado le había dejado en un cofre una carta que llegó a sus manos como herencia. La abrió, la leyó y viajó a la Patagonia. La carta era un relato en primera persona de su tatarabuelo, que contaba cómo se hundió la nave en 1770, cuál era el sitio del siniestro y las vicisitudes que sufrió junto con la tripulación hasta que un pequeño grupo, en un bote a remo, llegó a las Islas Malvinas a pedir ayuda y así fueron rescatados.
Esta historia, y todo lo que vino después, está relatado en un video documental que a modo de bienvenida e introducción se muestra en el Museo antes de recorrer las instalaciones. Pero lo cierto es que Puerto Deseado está ligada desde un principio con historias de navegantes, corsarios, piratas y adelantados. Su nombre, incluso, es en referencia a la nave insignia Desire, comandada por Thomas Cavendish en 1585. Más tarde pasarían Hernando de Magallanes y Robert Fitz Roy con el buque Beagle, a bordo del cual se trasladaba el naturalista inglés Charles Darwin, quien acampó por aquí y cuenta detalles en su libro sobre la evolución de las especies.
Con este pasado a sus espaldas, alguien grabó lo que contó Gower en los 70 y años después lo relató a un grupo de alumnos en la escuela secundaria. Corría el verano de 1982 cuando los jóvenes, fascinados por el relato, bucearon y hallaron la corbeta Swift frente a las costas mismas de la ciudad. En una segunda etapa de intervenciones en los restos del naufragio, ya por los ‘90, uno de los integrantes del grupo buscó apoyo científico y contactó a Dolores Elkin, quien logró conformar el primer equipo interdisciplinario de la especialidad, única en el país y por cierto pionera en América del Sur: el Programa de Arqueología Subacuática del Inapl, que depende del Ministerio de Cultura. Lo que fue una aventura en la historia se convirtió así en el único museo con reliquias de arqueología subacuática en su tipo en Sudamérica. Desde 1998, el trabajo que realizó in situ el equipo de científicos, bajando en las aguas frías, con escasa visibilidad y gran marea, fue una experiencia única y una tarea titánica.
Elkin, quien también integra la comisión asesora de Patrimonio Subacuático de la Unesco, destacó en sus primeras entrevistas la sensación cuando, tras estudiar sobre la Swift, se sumergió en el océano para verla: “Debido a que el agua es turbia, la sensación es de penumbra total y uno está bajando en la ría Deseado y la Swift aparece de golpe, no es que se la ve a metros de distancia, sino que la chocás cuando llegás. Es una imagen fantasmagórica, si tuviera que hacer una analogía me recordó a un esqueleto de un dinosaurio. Pero lo más intenso y al mismo tiempo lo más mágico es cuando apareció de golpe esa imagen, la primera impresión de la Swift”, dijo Elkin a esta cronista.
La forma de trabajo del equipo es tal se ve en películas y documentales de arqueología terrestre, con cuadrícula, pinceles y tarea de hormiga, con mucha paciencia pero bajo el agua, lo cual también impone un ritmo diferente dado que el clima, la marea y la visibilidad solo permiten que las tareas se desarrollen en verano (y no siempre).
En una ocasión, durante una travesía para avistar los pingüinos de penacho amarillo que recalan en el Parque Nacional Isla Pingüino, al iniciar la excursión vimos un pontón sobre el cual el grupo de expertos se ataviaba para descender los 18 metros y continuar con su tarea. Dicen que otra vez, cuando llegó un experimentado fotógrafo submarino norteamericano, buscaba el barco sobre el cual –suponía– trabajaban los arqueólogos, y al ver que se trataba de una plataforma flotante se sorprendió. Pero la tarea de todo el “equipo Swift” fue impecable y dio cuidados resultados. Sin embargo, de todas las experiencias que vivió este equipo la más fuerte fue cuando aparecieron los restos humanos. “Yo no lo esperaba, si bien había una probabilidad, pensaba que se los había llevado el mar. Sabemos que es una de dos personas posibles. Lo descubrieron Amaru Argüeso y Damián Vainstub, integrantes del equipo de arqueólogos subacuáticos que ese día estaban en el turno de sumergirse. Encontraron un zapato y advirtieron que dentro había restos del pie. Fue shockeante para todos”, dijo Elkin en una ocasión. Y ahí se decidió atrasar el trabajo de transmitir la información a las diferentes autoridades y tomar una decisión sobre el cuerpo que fue, finalmente, trasladado al cementerio británico en el barrio porteño de Chacarita.
Al fin y al cabo, concluye la experta, esta es también una búsqueda de tesoros. No los de las películas, ni los cofres de piratas: el tesoro del conocimiento que permite, gracias al trabajo científico, contar a la humanidad toda una historia que revela los secretos de tres siglos bajo el mar. (Página 12)
UN EJEMPLO PARA VIEDMA
Desde APP hemos señalado en varias oportunidades que ejemplos como el museo santacruceño deberían incentivar a Viedma a tener un museo donde recree su rica historia fluvial y marítima. Este tema se pone en debate periódicamente, cuando aparecen restos de naufragios en la zona. No hace mucho tiempo atrás se anunció el “hallazgo” de los restos de la corbeta Itaparica que formó parte de la escuadrilla imperial que invadió nuestras márgenes en 1827 (las comillas aluden a que ya se sabía el lugar donde se encontraban, con innumerables registros y testimonios en este sentido que fueron difundidos incluso por APP y su antecesora, la revista patagónica Rumbo Sur) y un poco antes el descubrimiento también de restos de un naufragio en la zona del Faro.
MÁS SOBRE EL MARIO BROSOSKI
La directora del Museo Municipal Mario Brososki, Claudia Ojeda, señaló tiempo atrás a la agencia APP que “la conservación de este tipo de restos es muy cara, exige mucho, pero por suerte tenemos nuestro conservador de Buenos Aires y dos personas preparadas que trabajan todos los días en el laboratorio”. Ojeda recordó que “en 1975 llegó a Puerto Deseado Patrick Rodneym Gower, un descendiente del teniente Erasmus Gower, que fue lugarteniente y uno de los sobrevivientes del naufragio de la corbeta Swift que había escrito un diario sobre el viaje. Acá conocíamos la existencia de la Swift pero no dónde habían quedado sus restos, pero con el relato de Gower descubrimos que estaba acá, en las costas, en la ría”.
Explicó que de acuerdo a aquel diario naufragó sobre una roca en la ría, “pero el tema es que nuestra ría es muy rocosa y profunda, así que era muy complicado buscarla. Él estuvo mucho tiempo acá, dejó unas cintas grabadas en inglés, luego se fue, y después un profesor le cuenta esta historia a sus alumnos y Marcelo Rosas, que en ese momento tenía 16 años, se interesa, investiga durante un año y luego se suman otros jóvenes (entre ellos Mario Brozoski) y se crea la Subcomisión de Búsqueda y Recate de la Corbeta Swift”.
Informó que Brozoski era buzo profesional, otra gente que se sumó tenía conocimiento en prácticas náuticas, y así “empezó esta búsqueda, lográndose descubrir los restos de la Swift en 1982 Agregó que “Brozoski tuvo un accidente de buceo en el puerto y fallece en 1987, de allí que en su honor se le puso su nombre al museo”.
Los restos fueron localizados en la bahía Magallanes sobre la costa norte de la ría, a aproximadamente 3 kilómetros de la desembocadura y a unos 100 metros al oeste del puerto y unos 50 metros de la costa –no a 30 como decía el relato original- constituida por restingas y playas de grava.
Los restos se encontraban asentados sobre un fondo de rocas cubiertas por sedimentos de arena fina y fango, donde la temperatura del agua oscila entre 5 °C y 12 °C entre inviernos y verano.
Explicó Ojeda a la agencia APP que las primeros piezas de la corbeta que encontraron las resguardaron en sus casas, ya que “por aquellos años en Deseado no había un museo, no había nada”.
Agregó que “las piezas estaban en buen estado, fueron bien resguardadas, y actualmente en el laboratorio del museo hay tratamientos para mantener este buen estado”.
Informó que Marcelo Rosas “sólo bajó una vez (a las aguas), cuando lo encontraron, nunca quiso volver a bajar porque está a 18 metros de profundidad y no se ve absolutamente nada”.
Indicó que hay un documental y un video del 2008 de 15 minutos, que por condiciones excepcionales, “fue el mejor año, de mayor visibilidad, para el trabajo de los buzos”.
Explicó que primero trabajaron “con personal de Prefectura, del Ejército y algunas personas que eran buzos” y después, hasta la actualidad, con el Instituto Nacional de Antropología (INA) de la Ciudad de Buenos Aires, ya que tienen arqueólogos-buzos, “que fueron sacando lo que se podía y lo que se veía”.
Informó además que “el barco no está roto, pero sí desarmado, y hay que abrir mucho campo como para acceder, es decir, se mantiene gran parte del casco, la arboladura, pero uno de los problemas que tenemos es el puerto que está ahí a 50 metros “, cuyo movimiento dificulta este tipo de tareas.
Indicó que en el 2008 fue cuando se sacaron más piezas, unas 300, “de la cabina del capitán, que es donde más se puso sacar; las últimas inmersiones se hicieron en el sector de la vela”.
Señaló que en general las piezas, de cerámica y de vidrio, están muy bien conservadas, hay un proceso de unos seis meses con químicos en el laboratorio y luego se pueden exhibir. Explicitó que “en general no hubo que hacer restauraciones, si hicimos diez es mucho”.
Indicó que lo más difícil de conservar es la madera, por ejemplo los muebles, donde hay que utilizar otros métodos alternativos.
Mencionó además que en el 2005 se encontraron también los restos óseos, el esqueleto completo, de un tripulante de la Swift. Se sabe que murieron tres personas en ese naufragio. “Tuvimos que pedir permiso a Inglaterra para sacar esos restos”, consignó.
Informó que ya no hay rescates de la Swift desde hace tres años, porque no había lugar en el laboratorio, ahora sí hay una ampliación, con lo cual se van a reactivar.
Dijo también que en Deseado hay restos de otro naufragio más antiguo, el de la Hoorn de 1615, “ahora como se cumplieron 400 años del hundimiento vinieron holandeses a hacer un documental”. Explicitó que “este barco se quemó, así que lo que hay son fragmentos, no piezas completas, pero es de muchísima historia y todo está acá, hay muchísima loza, pero todo fragmentado, hay una pieza con escudo, lo que se rescató ha sido más en la costa no en la ría”.
HISTORIA DE LA CORBETA SWIFT
La nave de guerra británica HMS Swift fue construida en 1762 en el astillero de John Greave en Limehouse, a orillas del río Támesis, y botada en 1763. Era una sloop of war (categoría equivalente a la de corbeta en la nomenclatura española), que contaba con 28 metros de eslora y estaba armada con 14 cañones de 6 libras y 12 pedreros de 1/2 libra.
Apostada en la base británica Puerto Egmont, en las Islas Malvinas, la corbeta emprendió un viaje exploratorio por las costas patagónicas antes de que cayera el invierno de 1770. Una tormenta los obligó a recalar en Puerto Deseado. Entrando a la ría Deseado encallaron en una roca sumergida y, a pesar de que tras deshacerse de mucha de la carga lograron liberar la nave, minutos después se toparon con un segundo escollo no cartografiado. A las seis de la tarde del martes 13 de marzo de 1770, el barco se hundió. Murieron tres de los noventa y un tripulantes (el cocinero y dos soldados). El cuerpo del cocinero apareció días más tarde y lo enterraron tras un improvisado funeral.
Los náufragos permanecieron a la intemperie durante un mes, hasta que fueron rescatados por la única otra nave británica en Malvinas en ese momento: la Favourite. El rescate fue posible gracias a que los sobrevivientes de la Swift acondicionaron una chalupa y enviaron siete hombres a buscar ayuda a Malvinas. (APP)
