Viedma.- (APP) -Por Omar N. Livigni- La significación esencial del combate del 7 de marzo de 1827 contra el imperio de Brasil -en cuanto punto clave de la defensa de la soberanía en la Patagonia- no es considerada en toda su dimensión, todavía.
Aquel ya lejano acontecimiento que se recuerda todos los años con especial unción, pareciera que conmueve únicamente a Carmen de Patagones y por reflejo a su hermana rionegrina, Viedma, y la región circundante.
Es como si le costara trascender, desde el pago chico donde tuvieron lugar aquellos heroicos combates, a la jerarquía de gran efémeride argentina, una prueba más de como la historiografía nacional otorga o niega méritos a los sucesos ocurridos en el interior profundo.
Y llama la atención que esto ocurre en un país como el nuestro, que ha perdido o cedido territorios, como ocurrió con la Banda Oriental, en su momento, cuando un diplomático argentino pretendió justificar esa claudicación, diciendo que la “victoria no da derechos”.
Se trata de una dolorosa realidad pese a los meritorios esfuerzos por difundir la gesta que culminó en el Cerro de la Caballada, que vinieron realizando durante años estudiosos e investigadores como la recordada Emma Nozzi y que continúan sus discípulos, y autores como el general García Enciso, por ejemplo. Y últimamente por el eco cada vez más sonoro que va obteniendo la Fiesta de la Soberanía, un espectáculo musical y cultural de envergadura que congrega año tras año a miles de visitantes.
También deben destacarse los vínculos de hermanamiento establecido por la municipalidad de Patagones con su similar de San Pedro en la provincia de Buenos Aires, escenario ubicado en la ribera del Paraná, donde se cumplió la batalla de la Vuelta de Obligado contra la flota anglo-francesa el 20 de Noviembre de 1845, Día de la Soberanía Nacional.
De todas manera resulta excepcional que la fecha del 7 de marzo de 1827 sea difundida con una finalidad didáctica y para su adecuado conocimiento por los medios de difusión metropolitanos, mal llamados nacionales, para quienes estas jornadas constituyen un hecho menor o anecdótico.
Al parecer para ellos, la “gran prensa”, esta efeméride pasa totalmente desapercibida y algo similar acontece con las módicas menciones que hicieron y hacen conocidos historiadores, que reducen el Combate de Patagones a unas pocas líneas perdidas en el marco de la guerra con Brasil.
Pero más allá de esta circunstancia habrá que preguntarse qué razones existen para ignorar o minimizar tan brillante hazaña contra un invasor extranjero que fue rechazado por los defensores del fuerte de “El Carmen”, en inferioridad de condiciones.
Fue un triunfo categórico de un pueblo abandonado por Buenos Aires, que unido con los vecinos, milicianos y corsarios obtuvo una gran victoria contra una importante expedición naval enemiga, como reconoció el historiador Félix Luna.
En aquellos días de marzo, los incursores perdieron sus cuatro naves y los tripulantes que quedaron con vida fueron tomados prisioneros, entre ellos el vizconde de Tamandaré, posteriormente comandante de las fuerzas navales aliadas en la guerra contra el Paraguay.
Entonces, ¿cuáles son los parámetros que se utilizan para otorgarle condiciones de heroicidad a un hecho bélico y cuál la vara para mensurar su magnitud? ¿Fueron más valientes o arrojados frente a los enemigos, los defensores de Buenos Aires en 1806 y 1807?
¿Cuál fue la diferencia? ¿Quiénes hicieron más patria, los que lucharon contra la flota que finalmente forzó las cadenas de Obligado en noviembre de 1845 o los bravos milicianos de El Carmen en aquella semana de marzo de 1827 contra los infantes brasileños?
¿Cuál sangre fue más doliente y generosa, la derramada aquí en las baterías de la desembocadura del Río Negro y en los ribazos del Cerro de La Caballada o la vertida por las tropas nacionales en Ituzaingo y Juncal?
¿Es que hay glorias y laureles de primera y segunda categoría? ¿O lo que es peor, hay muertos para venerar y muertos para olvidar?
¿O de todas las patrias chicas y regiones cuya intangibilidad debemos asegurar para las futuras generaciones, la soberanía de la Patagonia -que es el mayor legado del 7 de marzo de 1827- es la que menor valor tiene para algunos historiadores y voceros ideológicos del centralismo político, económico y cultural que todavía nos agobia?
¿Quiénes y por qué quitan jerarquía épica al combate de Patagones y al 7 de marzo de 1827?
¿Los que cuestionaron la presencia de los corsarios extranjeros como Fourmantín, Soulens o Doutant, que lucharon a favor de nuestras armas, pero al mismo tiempo nunca levantaron su voz contra la corona británica que transformó a piratas como Morgan o Drake en perfumados caballeros?
¿O los mismos que alguna vez sin ningún pudor sostuvieron que “el mal de la Argentina” era su extensión territorial, pero fruncieron la nariz por los antecedentes” “poco recomendables” de un gaucho valiente como Molina, uno de los héroes de la defensa de Patagones?
En fin no hay argumentos valederos para tanta discriminación. En este aspecto, como en otros, nos queda como consuelo, no como resignación, que este tipo de ostracismo, que se ha impuesto a los fastos de marzo y a sus protagonistas es imputable a quienes solamente escribieron la historia de la pampa húmeda. Esa no es la historia nacional, o por lo menos està mutilada, es una historia parcial.
Sería muy oportuno que los que aún menoscaban aquel triunfo, se preguntaran que hubiera sucedido con los territorios australes si la victoria de las armas hubiera pertenecido al emperador Pedro I de Brasil. Seguramente la Patagonia hasta el extremo austral no sería hoy Argentina.
No se trata de promover una actitud chauvinista, sino de rescatar aquella formidable victoria y trabajar para que alcance el reconocimiento nacional que merece y en todas las escuelas los niños argentinos conozcan lo que sucedió en este lugar de la patria.
Después de las dolorosas experiencias vividas, y entre ellas una guerra perdida en Malvinas, necesitamos nuevos rumbos. Es propicio entonces volver la mirada a la epopeya lugareña de marzo y tomar ese proyecto colectivo como un ejemplo y un símbolo para que el mismo coraje de ayer sirva hoy para construir un presente y un futuro mejor.
En definitiva como decía Thomas Carlyle, girar la mirada hacia los ejemplos señeros “para vivir de acuerdo a estímulos superiores”. (APP)
