William H. Hudson en la naturaleza patagónica (1870 y 1893): último viajero científico y primer turista posmoderno

 

 

 

Viedma.- (APP) Publicamos un ensayo destacado de Pedro Navarro Floria, historiador rionegrino fallecido en el 2014, con una destacada trayectoria en el CONICET, la UNC y la UNRN. Hizo un gran aporte a la historiografía regional con sus libros “Historia de la Patagonia”, “Patagonia: Ciencia y Conquista, La mirada de la primera comunidad científica argentina”, “Ciencia y Política en la región Norpatagónica: el ciclo fundador (1779-1806)”, “Paisajes del Progreso, La resignificación de la Patagonia Norte, 1880-1916” y “Memorias de los Gobernadores de Neuquén y Río Negro (1880-1904)”, entre otros.

Las biografías dicen que William Henry Hudson nació en Quilmes (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1841, en una familia de anglonorteamericanos llegados en 1833. Sus padres tuvieron seis hijos, que se criaron y vivieron en el campo “Los veinticinco ombúes” y en “Las acacias” (Chascomús), en el caso de William hasta después de la muerte de sus padres en 1874. En ese año, por motivos que no son claros, se fue a Inglaterra, donde vivió en Londres hasta su muerte en 1922. Desde joven se aficionó a la lectura y a la observación de la naturaleza, especialmente de las aves. Se vinculó a científicos tanto argentinos como ingleses y colaboró con ellos, aunque nunca se integró en la comunidad académica. Desde 1869 publicó numerosos informes ornitológicos en Proceedings de la Zoological Society de Londres, On the birds of the Río Negro of Patagonia (1872) y On the pipits of the Argentine Republic (1873). En Inglaterra se casó con su pensionista Emily Wingrave, que murió en 1921, y “sin abandonar su afición por la vida silvestre, emprendió una carrera literaria que lo colocó entre los mayores escritores de lengua inglesa de su tiempo” (www.educ.ar). Además de numerosos trabajos científicos como Argentine Ornithology, The naturalist in la Plata (El naturalista en el Plata, 1892), Lost british birds (1894), British birds (1895), Birds in London (1898), y Birds and man (1901), publicó poesías, relatos breves como The settler’s recompense (1883, luego incluido en Días de ocio en la Patagonia), las novelas The purple land that England lost (La tierra purpúrea que Inglaterra perdió, 1885, que Borges consideraba la mayor obra de la literatura gauchesca rioplatense), Fan, The story of a young girl’s life (Fan, historia de una niña, 1892) y Green mansions, A romance of the tropical forest (La selva maravillosa, 1904), los relatos A crystal age (Una era de cristal, 1887), Ralph Herne (1888), Idle days in Patagonia (Días de ocio en la Patagonia, 1893), El ombú and other southamerican stories (El ombú y otras historias sudamericanas, 1902) y numerosos relatos británicos, y su autobiografía Far away and long ago (Allá lejos y hace tiempo, 1918).

Cuando tenía veinticuatro años se contactó por carta -gracias a Hermann Burmeister, entonces director del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires- con los ornitólogos Spencer Fullerton Baird -estadounidense- y Philip Lutley Sclater -secretario de la Zoological Society de Londres- y al poco tiempo comenzó a remitir materiales al Smithsonian Institute de Washington: envió más de seiscientas pieles de ciento cuarenta y tres variedades de aves autóctonas, que desde allí fueron transferidas a la Zoological Society durante los años 1868 y 1869. Dos de aquellas especies fueron bautizadas con el nombre de su descubridor: Granioleuca hudsoni y Cnipolegus hudsoni. Años más tarde, Hudson conocería -también por intermedio de Burmeister- a Francisco Moreno, por entonces un joven explorador que comenzaba su carrera como paleontólogo estudiando restos humanos patagónicos. Más allá de estos vínculos, Hudson no tuvo una relación continua con el mundo académico. No fue un científico de formación erudita; su obra se basó, sobre todo, en lo que pudo observar directamente alrededor suyo para extraer luego notables conclusiones.

Considerado por algunos un precursor de la moderna ecología, Hudson ingresó en 1891 a la recién creada Sociedad Protectora de Pájaros, destinada a unificar los esfuerzos realizados anteriormente para combatir la matanza de garzas, aves del paraíso y otras especies, cuyos plumajes se utilizaban para adornar vestidos.

Un dato central consiste en advertir que sus trabajos autobiográficos sobre su vida en la Pampa y en la Patagonia, experiencias absolutamente decisivas para él, fueron escritos en Inglaterra y mucho después de la experiencia que les dio origen. En un ejercicio retrospectivo, parece haber plasmado sus recuerdos más lejanos, de su infancia y adolescencia, en los últimos años de su vida: Allá lejos y hace tiempo es de 1918. Sin embargo, uno de sus grandes méritos como escritor –como su contemporáneo Lucio V. Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles- consiste en el ocultamiento de esa mediatez. En especial en Días de ocio en la Patagonia (1893), elaborado dos décadas después de su estadía en el río Negro, Hudson logra producir una ilusión de inmediatez, un estilo como de diario de viaje, que ha engañado a más de uno de sus lectores (cfr. Nouzeilles 2002b:183, donde la autora considera “ya concluida” la guerra fronteriza del Estado argentino contra los pueblos indígenas para cuando Hudson viaja a la Patagonia, cuando en realidad el viaje fue en 1871 y la guerra no puede considerarse terminada hasta la década de 1880, años antes, sí, de que Hudson narrara su experiencia).

Proponemos, entonces, como clave de lectura, desentrañar las razones y los modos por los que Hudson necesitó escribir sobre la Patagonia dos décadas después de haberla visto y recorrido, y de haberse despedido para siempre de la Argentina. La hipótesis que nos guía es que las poderosas marcas dejadas en su memoria por la vida en el campo y la experiencia de la naturaleza pampeano-patagónica –para el caso de Días de ocio en la Patagonia-, si bien fueron externalizadas en los términos de la literatura de viajes usual en su tiempo, prefiguran el discurso del turista del siglo XX que, heredero de la moda primitivista de la Ilustración y del “malestar en la cultura” freudiano, busca transferir a sus coetáneos europeos su vivencia directa de lo natural y exótico y su fascinación por ese mundo lejano que presentía que ya no volvería a ver (Hudson 1893:97). No sólo eso: la experiencia de Hudson anticipa la tensión que aún hoy vivimos quienes recorremos, visitamos o habitamos esa extraordinaria región del mundo que es la Patagonia: el conflicto silencioso entre las duras condiciones de vida que impone la naturaleza y el placer intransferible de su vivencia. En definitiva, distintos análisis posibles de la obra de Hudson lo definen como un mediador. Mediador entre dos mundos, el europeo y el americano, a los cuales perteneció en distintas formas; mediador entre la ciencia académica y la divulgación; mediador, finalmente, entre las distintas miradas que el siglo XIX proyectó sobre el paisaje sudamericano y patagónico en particular. Intentaremos una caracterización de este singular mediador cultural, e intentaremos reconocer esos rasgos en el extraordinario escrito que publicó sobre su experiencia de contacto con la naturaleza en la Patagonia.

Mediador entre América y Europa

Varios autores han dado cuenta de la dualidad argentino-inglesa de la cultura de Hudson (Pickenhayn 1994:13), considerado por Edward Thomas un “naturalista inglés nacido en América del Sur”, un escritor en inglés y para Inglaterra, pero añorando la Pampa; un nostálgico según Roberto Cunninghame Graham; alguien que prefirió afectivamente América pero eligió vivir en Europa, para Luis Horacio Velázquez; un hombre en tensión entre el deseo de Inglaterra y la añoranza de la Argentina, según Alicia Jurado; un escritor inspirado en la Argentina para darla a conocer en el exterior, desde el punto de vista de Haydée M. Jofre Barroso (Id.:21-24).

Torre caracteriza la biografía intelectual de Hudson como la de alguien criado con la atención puesta “en los ombúes de la provincia de Buenos Aires y en los tomos de la biblioteca que su madre cuáquera bostoniana había mudado a la Argentina”, ambigüedad que explicaría, finalmente, la doble filiación de su narrativa, entre “el corpus seriado de los viajeros ingleses que recorrieron la Argentina entre 1820 y 1850” y “los viajeros argentinos que recorrieron el territorio ‘tierra adentro’ con misiones específicas encomendadas por proyectos estatales”, entre 1860 y 1900 fundamentalmente. Sin embargo, Torre no deja de señalar lo problemática que resulta la inclusión del primer lector argentino del Origen de las especies (Montserrat 1994) en uno u otro corpus definido, desde que “su biografía cultural se presenta como un muestreo exótico y transculturado de múltiples identidades”. Fundamentalmente, Hudson relata el paisaje americano para sus lectores ingleses como un traductor de historias contadas por otros: “por los que habitan el territorio como un destino”, tomando la distinción que traza Jean Franco entre el hombre moderno, para quien la barbarie era una etapa –la infancia, en Hudson-, y el hombre del campo, para quien era un destino (Torre 1998:1-2).

El narrar la naturaleza y la cultura sudamericana en Inglaterra, en lengua inglesa, con tal pretensión de traducción y tal contenido de nostalgia y tensión afectiva, lo convierte a Hudson, sin duda, en un intérprete privilegiado de un mundo en otro, dada su experiencia en la vida rural y la ilusión de inmediatez que era capaz de crear con su escritura. Su literatura puede considerarse “literatura de frontera”, en el sentido de constituir “un discurso sobre una región en disputa que reenvía las preguntas al sujeto que las formula” (Fernández Bravo 1999:17), en este caso un anglosajón que se muestra capaz de formular las preguntas adecuadas a su entorno por su larga experiencia en aquellos bordes del mundo en donde nada, todavía, es evidente.

Mediador entre la ciencia académica y la divulgación

Hudson desarrolló habilidades científicas en forma autodidáctica, fundamentalmente en el campo de la ornitología. Se vinculó con la comunidad científica argentina e internacional siendo ya adulto y cerca de su partida a Inglaterra. Ya establecido allí, publicó, como hemos anotado, numerosos trabajos científicos. Sin embargo, su relación con los círculos académicos fue siempre problemática, y es claro que él prefirió ser considerado un divulgador, abriendo sus reflexiones a distintos terrenos del pensamiento, antes que un especialista. Basó sus trabajos en lo que observaba directamente más que en sus lecturas eruditas.

Torre señala que “de niño cabalgaba, cazaba, armaba trampas para perdices, conocía las faenas del campo y a su vez, leía la Historia Natural de Selborn (1789) de Gilbert White y el Origen de las Especies de Darwin”, alternando la experiencia de la naturaleza con el estudio sobre ella, generando un doble registro de conocimientos que luego volcaría tanto en sus textos científicos como en sus escritos de ficción y autobiográficos (Torre 1998:1). Es claro, sin embargo, que junto a su fuerte vocación científica, Hudson gozaba intensamente la vivencia del entorno natural y supo reflejar ese goce en su escritura. La carga de subjetividad que esto suponía fue lo que desplazó sus escritos respecto del canon científico de la época y los convirtió en objetos de difícil clasificación.

Era lógico que un autor que intercalaba reflexiones científicas en sus escritos de ficción y viceversa, que atacaba “al cientificismo exagerado y pedante” y que se distanciaba de los ambientes académicos por su aversión al protocolo (Pickenhayn 1994:32) tuviera problemas con la comunidad científica. Hudson consideraba que la observación y experimentación científica carecía de objeto si no se la proyectaba a las grandes generalizaciones (Id.:14), provocando una tensión notable entre esa generalización y la visión de lo particular, que por definición era el propósito de las ciencias bajo el programa de la Historia Natural. Su propósito, más bien, paralelo al de constituirse en traductor del mundo fronterizo para el público imperial, habría sido el de divulgar una mirada científica sobre ese ámbito natural, revalorizándolo ante los ojos de su público pero generando también una empatía permeada de subjetividad –anticientífica, para la época- similar a la experimentada por él.

Como observador científico, sin embargo, Hudson también resultó funcional al programa de la Historia Natural iluminista: observar en el campo como field naturalist (Id.:29-30), inventariar, catalogar y proveer de materiales a colecciones, museos, catálogos y archivos de los centros de conocimiento y poder, adecuando el orden de la naturaleza al orden del discurso colonialista e imperialista. En este sentido fue, en la Argentina y el Uruguay, un “viajero inglés” como los de la “vanguardia capitalista” que codificaban la sociedad hispanoamericana posindependentista no como objeto de su descubrimiento sino “como un conjunto de obstáculos logísticos para el avance de los europeos”, en función de las “posibilidades” o los “recursos” que posibilitarían el trabajo del “hombre” blanco (Pratt 1992:258-263). Sin embargo –y otra vez su ambigüedad- si “el proyecto de la historia natural […] elaboró una comprensión racionalizante, extractiva, disociadora, que ocultaba las relaciones funcionales y experienciales entre personas, plantas y animales”, describiendo “el paisaje como deshabitado, desposeído, no historizado, desocupado aún por los viajeros mismos” (Id.:76 y 97), la escritura de Hudson presenta algo distinto: una comprensión empática de las personas y sus relaciones con el paisaje. Para su época, este sesgo afectaba el status de cientificidad de sus escritos, dando lugar a equívocos como el ocurrido con su novela La tierra purpúrea, reseñada en 1885 en la sección de “viajes y geografía” de varias revistas literarias, es decir en un contexto de publicación erróneo para un texto de ficción (Torre 1998:4-5). Hudson jugaba intencionalmente con la intertextualidad de sus escritos, y por eso en 1904 denunció ese error y el olvido que le había supuesto a su novela durante dos décadas, proponiendo a la vez otros mecanismos de validación alternativos.

Mediador entre la mirada imperial y la mirada cercana

La caracterización de Hudson como “viajero inglés”, como portador de una mirada imperial, responde tanto al significado de su obra científica –como ya señalamos, parcialmente funcional al programa colonialista de la Historia Natural europea-, como a algunos otros rasgos de su narrativa. Se señala, por ejemplo, la presencia de lo británico en su obra: los colonos ingleses del valle del río Negro en Días de ocio; los estancieros ingleses en Allá lejos y hace tiempo; la nacionalidad del protagonista y la referencia del título original en La tierra purpúrea que Inglaterra perdió (Pickenhayn 1994:25). Esta presencia tiene un significado constante: es la referencia a la civilización desde la cual se mira el mundo “salvaje” de la Pampa y la Patagonia. Sin embargo, como bien señala Pickenhayn (Id.:17), el joven inglés protagonista de La tierra purpúrea sube dos veces al cerro de Montevideo: al principio para denostar a los criollos y criticar a los británicos por no haber conquistado el Uruguay, y al final para desearle al país que siga siendo libre como los pájaros. Para Borges, la novela: “tiene dos argumentos. El primero, visible: las aventuras del muchacho inglés Richard Lamb en la Banda Oriental. El segundo, íntimo, invisible; el venturoso acriollamiento de Lamb, su conversión gradual a una moralidad cimarrona que recuerda un poco a Rousseau y prevé un poco a Nietzsche.” (Borges 1952:734)

En realidad, este doble argumento no es sino el de la propia vida de Hudson: alguien que, a pesar de su cultura científica y de su pertenencia al campo de la “civilización” dominante, nunca pudo ni quiso sustraerse al encanto de la experiencia directa de la naturaleza “salvaje”. Resulta superficial rastrear fundamentos filosóficos sólidos en la actitud de un autodidacta, tan intrínsecamente subjetiva. Se le puede atribuir rebeldía antitecnicista frente a la Europa industrialista, vitalismo y animismo (Pickenhayn 1994:42-44); “un rechazo a la revolución científica y técnica y al desarrollo de las fuerzas productivas operadas por el capitalismo, una exaltación de la simplicidad y pobreza precapitalista” en virtud del mito del retorno a la vida primitiva; una idealización del campo atribuida –estimamos que equivocadamente- a “las clases terratenientes en las sociedades agrarias que se resisten a las transformaciones industriales y urbanas” (Sebreli 1991:104 y 121); pero lo relevante es el modo en que Hudson se muestra capaz de anteponer su sensibilidad ante la naturaleza, de suprimir simbólicamente la distancia temporal y cultural característica de la mirada imperial sobre los ámbitos de frontera.

 

A los veintinueve años de edad, en diciembre de 1870, Hudson, atraído por el interés ornitológico, llegó para visitar la Patagonia. Un accidente lo retuvo en el valle del río Negro durante doce meses. Sin duda que la estadía le permitió contar con tiempo para tomar abundantes notas sobre temas diversos, que fue publicando parcialmente, comenzando por un estudio ornitológico editado en Londres (1872), siguiendo con el relato “La recompensa del colono” (Londres, 1883) y probablemente otros más. Sin embargo, Idle days in Patagonia salió publicado recién en 1893, veintidós años después de su viaje. El libro contiene materiales de registros muy diversos. Como señala Torre (1998:2), “produce inevitablemente cruces entre el discurso científico de un naturalista, el discurso literario de un escritor y el discurso autobiográfico de los recuerdos que articulan permanentemente las tramas literarias y los trabajos científicos.” Días de ocio es, efectivamente, un texto de divulgación científica, es una narración de viaje y es un relato autobiográfico de tipo introspectivo(1). Mediante la hábil intercalación de textos Hudson salta permanentemente de la narración a la descripción científica y de ésta a la reflexión introspectiva, desembocando varias veces a lo largo de la obra en finales de capítulo que hacen referencia a la felicidad que experimenta en contacto con la naturaleza. Como texto científico contiene, en primer lugar, las descripciones ornitológicas que eran la especialidad del autor. Desde el momento mismo del irregular desembarco en la boca del río Negro (15-19), durante la excursión en que se accidenta (29), en la descripción del valle del Negro (35-37, 48, 51), en sus reflexiones acerca de la lucha con la naturaleza (72-73) y en el relato de sus “días ociosos” (107, 111-114, 116), Hudson intercala sus descripciones, que culminan en el capítulo X, “Música de pájaros en Sudamérica” (123-135), destinado a desmentir el preconcepto de “los viajeros y naturalistas europeos, cuyos trabajos conocía” acerca de la pobreza del canto de los pájaros sudamericanos. Concluye: “El lenguaje de los pájaros de un bosque de Inglaterra puede ser comparado a una banda compuesta enteramente por pequeños instrumentos de viento […]. Los bosques sudamericanos tienen más el carácter de una orquesta en la cual toma parte un enorme número de variados instrumentos, con muchas discordancias ruidosas, mientras que los delicados tonos, oídos a intervalos, parecen, por contraste, infinitamente dulces y bellos.” (135)

Los autores científicos que cita en relación con su estudio de las aves –Thrun, Azara, d’Orbigny, Simson, Bates, Wallace- y en otros contextos –Tylor, Darwin, Spencer, Broca, Cuvier, etc.- resultan demostrativos de la amplitud de sus lecturas y respaldan sus afirmaciones y reflexiones. Otras referencias a la fauna y a la flora (48-50, 110-112, 117, 121) son complementarias de sus determinaciones ornitológicas, y expresan la interrelación armónica entre los distintos habitantes de los ecosistemas descriptos.

Entre los seres vivos relacionados con la flora, la fauna y el paisaje no podría faltar el hombre, al que se refiere desde su primera mirada al valle. Su primer contacto con el poblamiento primitivo de la zona resultó del hallazgo de materiales líticos, óseos y cerámicos y derivó en una reflexión acerca de la desaparición inevitable de las razas antiguas al “contacto con una raza superior” (40-42).  Un concepto similar al motivado en él por la visión de la “guerra a muerte […] de los blancos con los indios”, interpretada como una lucha de la civilización “contra la Naturaleza” (71). En “uno de los seis cementerios” cercanos a su alojamiento, Hudson “pisaba cuidadosamente para no hollar las calaveras”, y si las levantaba para examinarlas “las volvía a colocar cuidadosamente en el suelo” (43). Lejos de la actitud depredadora común a los etnógrafos de la época, nuestro autor no se apropiaba, no museificaba ni catalogaba los restos humanos aislándolos de su entorno sino que los constituía en punto de partida para explicar la relevancia del río para la supervivencia humana. Este desplazamiento del punto de vista respecto de lo esperable en un viajero inglés recorriendo tierras indígenas es provocativamente expreso en Hudson. Fijémonos cómo inicia el capítulo IV en el que describe el hallazgo de restos humanos: “Volvamos otra vez a esos tristes lugares que visité frecuentemente en el valle, no como coleccionista ni arqueólogo, ni siquiera guiado por algún fin científico, sino sólo para entregarme a mis lúgubres pensamientos.” (45)

No se puede descartar, dado el enorme interés que despertaba en la época el estudio de los cráneos en el marco de la antropología física y de la frenología, que Hudson utilizara el tema deliberadamente como un señuelo lanzado a sus lectores para después guiarlos por otros caminos. A pesar de que reproduce lugares comunes del pensamiento antropológico y sociológico de su tiempo al identificar a los pueblos indígenas con la naturaleza a vencer para implantar el progreso, y al reproducir el relato del “gaucho ignorante” Ventura Sosa y su amigo el “renegado” Damián (86-95), Hudson, al expresar sus propias ideas científicas, se inclina claramente por el relativismo cultural. El capítulo XI, “El sentido de la vista en los salvajes”, por ejemplo, trabaja sobre el argumento de que no se puede afirmar que la vista sea mejor o peor en determinado estadio cultural, sino de que cada cultura ve lo que le interesa y lo que le produce placer o provecho: “cada persona habita un pequeño mundo suyo, y aquello que para los demás es sólo una parte de la oscuridad que ensombrece las cosas, él lo ve con una nitidez sorprendente que le ayuda a conocer sus misterios […]. “conozco por experiencia algo de los salvajes, y cuando ellos hacían uso de sus ojos a su manera y para sus fines, yo usaba los míos para mis propósitos, lo que era muy diferente […]. El secreto de la diferencia reside en que sus ojos están entrenados y acostumbrados a ver ciertas cosas que buscan y esperan encontrar.” (142 y 144)

Se ha afirmado que en Días de ocio Hudson se refiere a distintos objetos naturales pero no al hombre (Pérez Amat 2002). Esta lectura errónea proviene de que nuestro autor se refiere al hombre desde un punto de interés desplazado respecto del eje de la historia natural característico de las descripciones producidas por los viajeros de su época. En consecuencia no clasifica ni jerarquiza, no lee la realidad humana desde el registro de la Antropología sino desde un interés más general, situado fuera del marco de la mirada imperial, lo que le permite adoptar una postura de relativismo cultural y generar una reflexión final como la del capítulo XIII, que, como analizaremos más adelante, sobrepasa los límites usuales de su contexto cultural.

La dificultad para catalogar estos textos como producción científica proviene tanto de su intercalación en una narración de viaje como de su combinación con reflexiones de muy distinto orden. Por ejemplo, uno de los ejes que atraviesan la mirada de Hudson sobre el paisaje es, igual que en Allá lejos y hace tiempo, la construcción pictórica de sus imágenes. En ella, los colores juegan un rol decisivo. Observando uno de aquellos cráneos indígenas, “no como coleccionista ni arqueólogo, ni siquiera guiado por algún fin científico, sino sólo para entregarme a mis lúgubres pensamientos”, dice Hudson, trata de recrear la imagen del mundo que ese cráneo contuvo alguna vez, y ve:

“una banda de color […]; entre los bordes grises, la banda sería verde, y a lo largo de esta banda mediana, no siempre ocupando el centro, aparecería una línea sinuosa y brillante, semejando una serpiente de pellejo rutilante descansando sobre el pasto. Porque el río tiene que haber sido, para los aborígenes del valle, el eje principal de la naturaleza y de la vida del hombre […] y al salir del valle sólo encontraban un desierto gris –soledad donde la vida del hombre era imposible- tan extenso que se perdía en la bruma azul del horizonte.” (45-46)

Efectivamente, el hilo argumental de las observaciones que Hudson hace sobre el paisaje patagónico a lo largo de toda la obra, es el del contraste entre “el magnífico río Negro”, “hermoso: más ancho que el Támesis en Westminster”, de “corriente azul”, “siempre fresco, verde y hermoso”, “el río más encantador que existe sobre la Tierra”, referencia insoslayable para toda forma de vida en la región, y “los monótonos tonos de gris, verde y marrón que la Naturaleza ha fijado en sus orillas”, el “follaje gris” de las plantas del desierto, “el gris universal de la tierra y del cielo, en aquel invierno gris y en esa región donde el panorama es tan pobre en matices” (21, 27, 45-49, 52, 78, 175). Tal es la belleza del río Negro que, según Hudson, es el único lugar del mundo donde pudo ver “el agua convertirse en sangre y fuego, después de la puesta del sol, y prolongarse esta visión maravillosa hasta el anochecer, haciendo que la tierra y los árboles, por contraste, parecieran negros”, fenómeno que si se diera con frecuencia ameritaría que llegaran “continuamente turistas de tierras lejanas, como sucede con el Chimborazo y las cataratas del Niágara” (53). De este modo, Hudson se constituye discursivamente no sólo en descriptor de la Patagonia para la ciencia sino también en guía turístico, como explorador de itinerarios que otros deberán repetir tras sus palabras.

En continuidad con este aspecto de la obra, un segundo registro en el que se inscribe Días de ocio en la Patagonia es el de la literatura de viajes. El esteticismo de su mirada sobre el paisaje, viendo pasar ociosamente las horas del día y las estaciones del año, se complementa con un utilitarismo propio del “viajero inglés” que emerge esporádicamente en su texto. La presencia del hombre moderno en ese extremo del mundo sólo se justifica por su voluntad de lucha y de dominación sobre la naturaleza, lucha que para Hudson incluye, como hemos visto –si bien él no se compromete personalmente en ninguno de estos aspectos-, el choque cultural contra la población autóctona. La cabaña del inglés Ernesto Buckland, una jornada río arriba del Carmen, donde se guardaba una verdadera colección de armas y herramientas, era para él un puesto para la lucha contra el desierto (26). Precisamente allí Hudson se hirió con un revólver su rodilla izquierda, quedando inválido como aventurero para internarse en el desierto (Nouzeilles 2002b:181) y convertido en viajero imaginario. La lucha con la naturaleza, en consecuencia, desde ese mismo momento, se convirtió para Hudson en una lucha ajena, constituyéndose él, como en La tierra purpúrea, en intérprete de los relatos de otros (Torre 1998:2). Ni siquiera se sentía muy comprometido personalmente con un programa científico que pudiera interpretarse como un aspecto de esa lucha por la dominación de la naturaleza:  “Llegó el anochecer, que puso fin a mi inútil investigación, y digo inútil con verdadero placer, porque si hay algo que uno se siente inclinado a detestar en esta plácida comarca es la doctrina de que todas nuestras investigaciones dentro de la Naturaleza deben hacerse con algún provecho, presente o futuro, para la raza humana.” (114)

Desde el principio mismo del viaje hasta la reflexión culminante –el capítulo XIII “Las llanuras de la Patagonia” (171-192)- Hudson se encarga de aclarar que el propósito de su viaje, además de las observaciones ornitológicas, venía condicionado por la imagen imperial generada por Charles Darwin y otros viajeros a la Patagonia de la primera mitad del siglo, que la consideraban un ambiente radicalmente inútil para la vida civilizada:

“¡La Patagonia estaba allí, por fin! ¡Cuán a menudo la había visto en mi imaginación! ¡Cuántas veces había deseado ardientemente visitar este desierto solitario, no hollado por el hombre, para descansar allá lejos en su paz primitiva y desolada, apartado de la civilización! ¡Allí estaba, completamente abierto ante mis ojos, el desierto intacto que despierta tan extraños sentimientos en nosotros […]

“Hasta que no hube gustado su sabor, no supe lo que significaba para mí su tranquilidad y su soledad, ni imaginé las cosas extrañas que me enseñaría y con qué fuerza habría de quedar su recuerdo grabado en mi espíritu.” (11-12)

Sin embargo, a renglón seguido declara que el motivo de su viaje era la pasión por la ornitología. Durante su estadía en el río Negro, salir del valle para ver el desierto se convirtió para él en una obsesión absolutamente antiutilitaria: “Visitaba ese lugar como si asistiera a una fiesta […]. En realidad, no tenía ningún motivo para ir, ninguna razón explicable; no había allí nada que cazar” (174). Pero también el tema de la lucha con la naturaleza, del avance de la frontera de la civilización sobre aquel territorio –el del valle- tan generoso, se impone con peso propio. En uno de los capítulos centrales, el VI, titulado “La guerra con la Naturaleza”, expresa: “Para el hombre sano o para el hombre cuyos instintos viriles no se han atrofiado por la clase de vida artificial que hacemos, la lucha física o mental es esencial para la felicidad”. De allí el enorme placer que produce en el varón pionero el sometimiento –la violación y fecundación- de una naturaleza imaginariamente feminizada, “inconstante y caprichosa, difícil de gobernar; una hermosa y cruel ondina2 […] cuyo descubrimiento nos llena de satisfacción” y de “una maravillosa fascinación”, a veces “presa del furor que le causan las indiginidades a que la sujeta el hombre […] como una mujer hermosa que en su furia no tiene en cuenta su belleza” mientras el hombre civilizado “esparce las semillas” en ella. El pionero, en fin, aunque muera en una rodada de su caballo o ahogado en un arroyo desbordado, habrá tenido una vida feliz porque “no se ha cansado del mundo y […] nunca se le habrá oído quejarse ni lamentarse de la vanidad de todas las cosas” (74-82).

En el crucial capítulo XIII, sin embargo, la conclusión final es pesimista acerca de la posibilidad de “civilizar” la región: “En la Patagonia no asalta a la mente ningún pensamiento o sueño acerca de la posibilidad de cambios cercanos hechos por el hombre. No hay agua allí, […] nada crece” (187).

El dilema central

¿Cómo resolver esta tensión “entre la visión de una Arcadia incontaminada y el enunciado raso de variables de la mirada imperial” (Torre 1998:2)? Ni siquiera el mismo Hudson pudo resolver esta dualidad de su escritura, reflejada en él como una ambigüedad de sentimientos, entre el afán de descansar desligándose de su conciencia de hombre civilizado –como un turista posmoderno “en busca de experiencias no mediadas de lo natural” (Nouzeilles 2002b:185)- y el impulso de dominar la naturaleza y producir algo útil. Si seguimos el texto como la huella de un itinerario interior, podemos interpretar que esa tensión se resuelve en el último capítulo introspectivo del libro, el XIII. El XIV y último (“El perfume de las ‘buenas noches’”) sólo constituye una digresión complementaria de sus reflexiones sobre el sentido de la vista, esta vez relacionando el sentido del olfato con la memoria y la inteligencia. El tema de la memoria olfativa (195) opera como la coda de una partitura, que devuelve al lector a la promesa inicial de reflexionar sobre el “bello problema” de una fragancia presente “tanto en los jardines como en los desiertos incultos”, en el Nuevo como en el Viejo Mundo, que sirve “como una especie de segunda memoria” (13).

En el mentado capítulo XIII, Hudson se pone a la par de Darwin y su mirada radicalmente pesimista sobre la Patagonia, cuando, sobre el final de su viaje en el Beagle –y ésta es también para Hudson una reflexión de final de viaje- el naturalista inglés se pregunta “por qué […] estos áridos desiertos se han posesionado de tal modo de mi mente?”. Nuestro viajero, liberado del corset intelectual del científico, se propone completar lo que Darwin no supo decir: describir y explicar sus sensaciones (171). La sensación básica a explicar consiste en que: “después de las incomodidades y sufrimientos soportados en un desierto condenado a una esterilidad eterna, el viajero descubre que a través de los años lo recuerda con intensidad, que brilla con más luz en su memoria, siendo más agradable para él ese recuerdo que el de cualquier otra región que pudiera haber conocido” (172).

Ese desierto “infinito, nunca cruzado por el hombre, […] tan primitivo, solitario y lejano”, de una “universal monotonía gris”, producía en él un accionar inconsciente, animal, consistente en una absoluta y grata quietud que Hudson disfrutaba “mientras escuchaba el silencio”, imposibilitado de pensar y “acompañado por un poderoso sentimiento de júbilo”. En ese estado de conciencia, Hudson creía que se le revelaba “una naturaleza desconocida e insospechada”, como en “una reversión instantánea, al estado primitivo y completamente salvaje de nuestra mente” (174-178). La alegría generada por ese retorno de la mente a un estado primitivo es comparada por Hudson con la que experimentan los niños en contacto directo con la naturaleza y con la despreocupación por el futuro característica del salvaje, contrapuestas a la “continua represión” que nos supone la “vida civilizada” (181-189):

“Era alegría de esta clase la que yo tuve en el desierto patagónico, el sentimiento experimentado al volver a un estado mental que hemos sobrepasado; porque, indudablemente, yo había retrocedido [… a] la condición mental del verdadero salvaje […] en armonía perfecta con la Naturaleza […] es como retornar a un hogar, que es en realidad más hogar para nosotros que cualquier vivienda […].

“Y nosotros mismos somos los sepulcros vivientes de un pasado muerto […]; el chisporroteo de las llamas, el rugir de la catarata, el estruendo de las olas al romper sobre la costa, el ruido de la lluvia y el murmullo del viento entre las hojas traen un recuerdo de los viejos tiempos; y entonces los huesos se regocijan y danzan en su sepulcro.” (182-183)

Citando al escritor estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), discípulo del filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson (1803-1882) y autor de Walden o la vida en los bosques y de Un yankee en el Canadá, reivindica el instinto primitivo que produce placer al encontrar y consumir alimentos silvestres o al oír el canto de pájaros que resultan familiares aunque no se los haya escuchado nunca antes, en virtud de una cierta memoria de la especie (181-183). Este autor se le revela a Hudson como un arquetipo del hombre capaz de conmoverse profundamente en contacto con la naturaleza, por su sensibilidad a flor de piel, su “simpatía” y su “amistad infinita por todo lo que lo rodeaba” (187-188).

Esta exaltación de lo inconsciente o irracional resulta llamativa en el marco de la educación puritana de Hudson, dado que, precisamente, la resonancia que tuvo en el campo de la psicología el concepto freudiano de inconsciente se debió en buena medida al rechazo que estos temas provocaban en el racionalismo protestante. Es otro aspecto, sin duda, en el que Hudson cumple el rol de traductor o mediador, esta vez de las novedades de la psicología naciente. Si bien el tema del lado inconsciente u oculto de la mente humana estuvo presente en las reflexiones de muchos pensadores y poetas antiguos, medievales y modernos de diversas corrientes -como los místicos budistas, Avicena (980-1037) en su estudio de las enfermedades mentales, Dante Alighieri (1265-1321) en su descripción del camino al Paraíso como una serie de estados de conciencia, los místicos católicos españoles del siglo XVI, William Shakespeare (1564-1616), Blaise Pascal (1623-1662) o Gottfried W. Leibniz (1646-1716), quien imaginaba a los conceptos claros y distintos como islas en un océano oscuro-, en el siglo XIX hubo una reacción cultural frente al racionalismo ilustrado, por ejemplo, a través del romanticismo y su énfasis en los aspectos irracionales, oscuros o demoníacos de la naturaleza humana. Antes de que Sigmund Freud (1856-1939) sistematizara y estudiara profundamente por primera vez el inconsciente, otros como el médico, filósofo y físico romántico alemán Gustav Fechner (1801-1887) o el médico francés Jean Martin Charcot (1825-1893), para el momento en que escribió Hudson ya habían recorrido un largo camino experimental en el campo del hipnotismo. Incluso las sensaciones de sopor y de retorno a estados de conciencia primitivos que describe nuestro autor parecen muy similares a los estados de conciencia opacada por diversos factores, estudiados por el médico austríaco Franz Anton Mesmer (1733-1815) y sus discípulos, y caracterizados detalladamente ya por Charcot.3

Aunque entre los numerosos autores citados en Días de ocio no se nos revelan las posibles lecturas de Hudson al respecto, lo cierto es que en su experiencia y en su relato se muestra dispuesto a explorar temas y zonas de su propia conciencia que lo ponían en contacto con sus aspectos inconscientes e irracionales. Por ejemplo, dedica un capítulo entero –el VIII, “La nieve y la cualidad de la blancura”- a analizar el impacto emocional e intelectual que le produce ver por primera vez la tierra cubierta de nieve, pero no acude al hipnotismo mesmeriano para explicar ese impacto sino al contenido místico del Moby Dick de Melville y al animismo definido por Tylor en Primitive Culture. En este sentido, en su regresión imaginaria Hudson se nos muestra como un precursor de la actitud posmoderna del turista alternativo para quien “los espacios abiertos del desierto sirven de vehículo a las fantasías escapistas con las que una modernidad escindida hacía frente al ‘malestar en la cultura’” (Nouzeilles 2002b:182-184). Esta apertura a la exploración introspectiva fue lo que permitió a Hudson ir más allá que Darwin en la explicación de la persistencia del paisaje patagónico en la memoria.

La peculiaridad de la Patagonia en comparación con otros paisajes naturales consistiría, según Hudson, en que su desnudez y monotonía gris, donde ningún cambio hecho por el hombre sería posible, “dejan la mente libre y abierta para recibir una impresión de conjunto de la Naturaleza” (186). En conclusión, “en nuestros más profundos sentimientos, no somos sino salvajes” (190):

“Y hasta que no tengamos una civilización mejor, más llevadera y más igual en sus progresos, sobre todas las clases, si es que debe haber clases, es tal vez una suerte que hayamos fracasado tanto queriendo eliminar al ‘salvaje’ que hay en nosotros, al ‘hombre primitivo’, como algunos prefieren llamarlo. No un hombre primitivo respetable, pero sí bastante útil en ciertas ocasiones, pues acude en nuestra ayuda cuando necesitamos sus servicios por alguna circunstancia dolorosa” (192)

Esta conclusión centrada en la posibilidad de escaparse del dolor y las constricciones de la vida civilizada mediante la experiencia directa de la naturaleza o su recuerdo, anticipa notablemente las observaciones de la psicología del siglo XX sobre el malestar en la cultura (Freud 1930: 3031-3032) y se asemeja mucho al cierre de su autobiografía, cuando afirma que: “el placer experimentado en mis comuniones con la Naturaleza no se ha esfumado nunca […]. La felicidad no la perdí jamás […]. Así fue que en mis peores días, en Londres, cuando estaba obligado a vivir alejado de la Naturaleza por largos períodos, enfermo, pobre y sin amigos, yo podía sentir que era infinitamente mejor ‘ser, que no ser’.” (Hudson 1918:388).

A través de este ejercicio introspectivo y retrospectivo, Hudson elabora su conclusión acerca de su experiencia patagónica, y la resume en una tensión que resultaría un tema permanente y una clave de interpretación para quienes, a partir de fines del siglo XIX y hasta la actualidad, poblarían, visitarían o recorrerían la Patagonia. Se trata de la ambivalencia de esa naturaleza, como fuente al mismo tiempo de contrariedad y de placer, como obstáculo y como recurso. A partir de esa interpretación, nuestro autor logra responder la pregunta de Darwin por la posibilidad de que esta “tierra maldita” persista con tanta fuerza en la memoria de un hombre utilitario. Esa respuesta, lograda en un nuevo contexto cultural del imaginario occidental, surge de revisitar la naturaleza de la Patagonia concibiéndola no sólo como objeto de utilidad sino también de deseo y placer.

Conclusión

En Días de ocio en la Patagonia William H. Hudson revela todas sus ambigüedades, rasgos que lo convierten en un autor de múltiples transiciones y fronteras: es a la vez un autor americano por sus temas y europeo por su lengua, escritor de una frontera cultural que traduce temas periféricos para lectores centrales; un científico por su objeto y su modo de abordaje y un divulgador por su interés público y por la escritura en la que elige traducir sus observaciones; un naturalista viajero al servicio de la Historia Natural europea pero que no puede sustraerse a la experiencia y a la narración del contacto directo con la naturaleza que estudia. Su experiencia patagónica, elaborada –como todos sus escritos autobiográficos- en su madurez, resulta expresiva de una tensión agregada a todas estas: la que vive aún hoy el hombre, turista o habitante de la Patagonia, entre los límites y las posibilidades que al mismo tiempo le propone la extraordinaria naturaleza de la región. Este singular desafío provocó en Hudson la necesidad de escribir en 1893 un relato sintético y, por momentos, profundamente introspectivo de su estadía patagónica, reflexión anticipatoria de muchos de los motivos que asaltan el pensamiento de quienes experimentaron la naturaleza patagónica en el siglo XX y la experimentan hoy.

 

Notas

  1. A partir de aquí, los números entre paréntesis, salvo indicación de otro autor, indicarán la paginación de Días de ocio en la Patagonia según la edición citada en la Bibliografía.
  2. Ninfa de las aguas, en la mitología anglosajona y escandinava.
  3. Agradezco la información proporcionada por el Dr. Gastón Poirier en relación con el aspecto psicológico de la indagación de Hudson.

 

Referencias

 

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