{"id":2105,"date":"2016-12-18T12:39:00","date_gmt":"2016-12-18T12:39:00","guid":{"rendered":"https:\/\/appnoticias.com.ar\/app\/?p=2105"},"modified":"2016-12-18T12:39:17","modified_gmt":"2016-12-18T12:39:17","slug":"la-ciudad-de-los-cesares","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/appnoticias.com.ar\/app\/la-ciudad-de-los-cesares\/","title":{"rendered":"La ciudad de los C\u00e9sares"},"content":{"rendered":"<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Viedma.- (APP) Rodolfo Casamiquela muri\u00f3 hace poco m\u00e1s de 8 a\u00f1os, un 5 de diciembre de 2008. Hab\u00eda nacido en Ingeniero Jacobacci el 11 de noviembre de 1932. \u00a0En su formaci\u00f3n y trayectoria abarc\u00f3 diversas ramas de la ciencia la biolog\u00eda, la antropolog\u00eda, la arqueolog\u00eda, la etnolog\u00eda y la palentolog\u00eda. Reproducimos parte de un ensayo que le public\u00f3 la revista Todo es historia en 2007, referido a \u201cun mito europeo\u201d, la ciudad de los C\u00e9sares.<\/p>\n<p>No hab\u00eda ciudades en la Patagonia del siglo XVI. Ni las hubo, claro, hasta fines del siglo XVIII. Por ende, no hab\u00eda \u00abciudad de los C\u00e9sares\u00bb; y sin embargo, durante casi tres siglos, todo el XVII y el XVIII, diferentes visionarios -laicos y religiosos- so\u00f1aron con ella y la buscaron. Hasta la muerte, literalmente, como en el caso del misionero jesuita Mascardi, en la d\u00e9cada de 1660. \u00abPor espacio de trescientos a\u00f1os -dice el historiador Enrique de Gand\u00eda-, esta leyenda enloqueci\u00f3 a guerreros y frailes, arrastr\u00e1ndolos como fascinados de un extremo a otro de la Patagonia\u00bb.<\/p>\n<p>Los or\u00edgenes del mito son vagu\u00edsimos, y los elementos comunes a todas las versiones se remiten a un naufragio sobre la margen norte del estrecho de Magallanes. Los n\u00e1ufragos, al intentar llegar a tierras espa\u00f1olas, habr\u00edan tenido la fortuna de encontrar ciertos ind\u00edgenas que viv\u00edan en una suerte de Ed\u00e9n, en que el oro era considerado un simple metal m\u00e1s.<\/p>\n<p>De la uni\u00f3n habr\u00eda surgido, entre otras, la \u00abciudad del C\u00e9sar\u00bb nombre puesto, seg\u00fan algunos, por su fundador; seg\u00fan otros en homenaje a Carlos V. Sus habitantes -inmortales- ser\u00edan, pues, \u00abLos C\u00e9sares\u00bb. Ya hacia fines del siglo XVI se organizaron expediciones al sur para ubicar a este \u00abEl dorado\u00bb. A comienzos del siguiente, XVII, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), y luego Ger\u00f3nimo Luis de Cabrera, las tentaron desde C\u00f3rdoba (para arribar al r\u00edo Negro y al sur de la actual Neuqu\u00e9n).<\/p>\n<p>En 1621 Diego Flores de Le\u00f3n intent\u00f3 el descubrimiento y cruz\u00f3 los Andes desde Chile, en latitudes australes. En 1665 Mascardi se lanz\u00f3 al sur -\u00a1siempre al sur!- desde Nahuel Huapi y se intern\u00f3 en la Patagonia, sin encontrar nada. Tras un segundo intento, en 1672, tambi\u00e9n fallido, intent\u00f3 uno m\u00e1s al a\u00f1o siguiente, que result\u00f3 el postrero: lo ultimaron los tehuelches, parece, en latitudes de la actual provincia de Santa Cruz.<\/p>\n<p>Pese a su fracaso, y al de otros visionarios, todav\u00eda en 1764 Ignacio Pinuer, escrib\u00eda que \u00abde su existencia no resta duda. Por cuanto aseguro en nombre Dios, nuestro Se\u00f1or, y esta se\u00f1al de la Cruz, y mi palabra de honor. Por algo, la \u00abIsla de los C\u00e9sares\u00bb en San Blas, sur de Buenos Aires, lleva ese nombre.<\/p>\n<p>Claro que Buenos Aires no es Patagonia en el sentido estricto (m\u00e1s bien estrict\u00edsimo, en que se us\u00f3 antes, es decir el territorio -oriental- que se extiende al sur de los r\u00edos Limay-Negro). Es cierto. Pero es que no expliqu\u00e9 todav\u00eda que, en realidad, si bien termin\u00f3 por ubicarse en su territorio, y m\u00e1s a\u00fan, es sus confines australes, se origin\u00f3 en \u00e1reas mucho m\u00e1s septentrionales. Veamos.<\/p>\n<p>Seg\u00fan de Gand\u00eda, fue una \u00abentrada\u00bb hecha por el capit\u00e1n Francisco C\u00e9sar, quien en 1529, con permiso de Gaboto, sali\u00f3 desde el Fuerte Santi Spiritu (en la actual Santa Fe) y se encamin\u00f3 al oeste, con algunos hombres. En un mes y medio regres\u00f3, con el relato -fant\u00e1stico- \u00abde que hab\u00eda tanta riqueza que era maravilla, de oro e plata o piedras preciosas e otras cosas\u00bb. De Gandia, sensatamente piensa que todo lo que hizo fue tomar noticias de los incas&#8230;<\/p>\n<p>A lo largo de ese siglo, no obstante, ante tanto fracaso, comenzaban a germinar las semillas de la duda, Jos\u00e9 de Moraleda y Montero, marino espa\u00f1ol notable al servicio de Chile, conocedor de gran parte del islario austral de ese territorio, por ejemplo, descre\u00eda de su veracidad. Escribi\u00f3, en 1794:<\/p>\n<p>\u00abYa que tratamos de Palena, no nos parece impropio decir aqu\u00ed que su estero y r\u00edo han sido y a\u00fan son, de algunos a\u00f1os a esta parte, famoso objeto de las conservaciones misteriosas de los m\u00e1s de los habitantes de la provincia de Chilo\u00e9 y de la cuidadosa indagaci\u00f3n de algunos de ellos, como lo prueban las varias expediciones que han hecho a uno y otro, con la vana solicitud de hallar la inc\u00f3gnita ciudad de los C\u00e9sares y de otras gentes europeas que se supone existen con el nombre de Santa M\u00f3nica del Valle, Arg\u00fcello, etc., en el continente patag\u00f3nico, seg\u00fan unos, originadas de los espa\u00f1oles que poblaban las ciudades de Osorno, Infantes y dem\u00e1s que destruyeron los indios en la sublevaci\u00f3n general de ellos, del mismo siglo XVI en que aquellas se fundaron; y seg\u00fan otros, por las gentes salvadas de naufragios ocurridos en las costas de dicho continente, o por los extranjeros establecidos en \u00e9l con miras ambiciosas y hostiles.<\/p>\n<p>\u00abLa primera expedici\u00f3n de los habitantes de Chilo\u00e9 -prosigue- al citado Palena la hicieron el a\u00f1o 1762 los mismos regulares extinguidos padres Jos\u00e9 Garc\u00eda y Juan Vicu\u00f1a que cit\u00e9 (&#8230;)\u00bb. La segunda fue el a\u00f1o de 1778, dispuesta por los misioneros franciscanos de la provincia en dicha solicitud y la de hallar indios infieles en que ejercer m\u00e1s extensamente su ministerio, la cual pusieron a cargo de sus hermanos fray Norberto Fern\u00e1ndez y fray Felipe S\u00e1nchez, dirigidos por Nahuelguin, indio de la capilla de Teh\u00ed, el que aseguraba haber visto una ciudad anteriormente (&#8230;). D. Miguel Barrientos con sus tres hijos, Jos\u00e9 Diego y Dionisio, desde el a\u00f1o de 1775 han hecho varias expediciones registrando dichos esteros y otros con el mismo objeto y movidos por las relaciones de memoria de sus compatriotas, y en los a\u00f1os 83 y 86 han sido directores del R.P.Fr. Francisco Men\u00e9ndez en las dos entradas que ha hecho por el estero de Comau o Leteu (&#8230;)\u00bb.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de narrar todav\u00eda otros intentos, por supuesto fallidos, desde Chile, transcribe la carta al Rey de relaci\u00f3n de la expedici\u00f3n (m\u00edtica en mayor medida) de Silvestre Antonio Diaz de Rojas, desde Buenos Aires, seg\u00fan un documento que \u00abanda en manos de varios de la provincia\u00bb, y que no vale la pena copiar por -aparte de muy conocido- estar hoy al alcance del lector en las obras completas de De Angelis, el archivero de Rosas.<\/p>\n<p>Luego procede a su cr\u00edtica, destructiva, y la generaliza a toda la fantas\u00eda en torno a la ciudad encantada. Remata: \u00abY tambi\u00e9n dir\u00e9 que presumo tienen que saltar los terribles barrancos que presenta la historia de estos \u00faltimos siglos los que opinan por establecimientos con tales circunstancias, y mucho m\u00e1s los que aseveran y creen, pues ciertamente en cuanto yo he le\u00eddo sobre el asunto (&#8230;) nada me ha parecido hallar que pudiera mover asenso alguno a tales noticias, mucho menos a formar expediciones al intento; adem\u00e1s que los m\u00edseros indios que sueltan semejantes especies con el aire misterioso que les es genial o artificioso com\u00fan, y en pa\u00edses pobres, cuales son Valdivia y Chilo\u00e9, y los espa\u00f1oles que se las creen y las promueven en los tribunales superiores, todos lucran en dichas expediciones y se utilizan a proporci\u00f3n de su estado y miras particulares que cada uno lleva en promover aqu\u00e9llas. Ded\u00fazcase\u00bb.<\/p>\n<p>VIGENCIA DEL MITO<\/p>\n<p>Pero el siglo XVIII no habr\u00eda de terminar sin la intenci\u00f3n de b\u00fasqueda de otro creyente; a juzgar por las empresas que tent\u00f3[33], un verdadero fan\u00e1tico el franciscano Francisco Men\u00e9ndez. V\u00e9anse simplemente las motivaciones que expuso en la primera de sus tremendas expediciones, que involucraron el reiterado cruce de la Cordillera Andina: \u00abDiario de la expedici\u00f3n que yo, Frai Francisco Men\u00e9ndez, misionero (&#8230;) hizo desde Chilo\u00e9 en busca de la laguna llamada Nahuelhuapi, con el objeto de descubrir los c\u00e9sares y osoneses que se supone existente al S.E de dicho archipi\u00e9lago&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Pero la fantas\u00eda no se agot\u00f3 con el siglo, sin embargo. Porque todav\u00eda una centuria despu\u00e9s, en 1880, y esta vez un hombre de ciencia, ge\u00f3grafo de prestigio y culto, Estanislao Zeballos, al aludir a un misterioso montecillo de durazneros ubicado en el enclave centro-pampeano de Ligu\u00e9 Calel, se preguntaba si no habr\u00eda all\u00ed una poblaci\u00f3n espa\u00f1ola, perdida, inspiradora, de alg\u00fan modo, del mito inasible.<\/p>\n<p>Como corresponde, si de fantas\u00eda se trata, el asunto, a su vez dio p\u00e1bulo a la inspiraci\u00f3n del poeta: \u00ab\u00a1Emblemas! Hay emblemas, signos\/ de hechicer\u00eda, pinturas\/ que no entendimos: conjuros o quiz\u00e1\/ c\u00f3dices de los infieles. \u00a1Vimos\/ la marca, el rastro hendido de la pezu\u00f1a\/ del Malo, entre las pe\u00f1as\/ de aquella sierra,\/ de aquel famoso monte que se alza( solo, perdido como \u00ednsula en medio de los llanos,\/ tras un r\u00edo salobre!&#8230; \/ \/ As\u00ed habl\u00f3\/ el a\u00f1oso guerrero desvario, relato\/ de alucinado sus palabras, ro\u00eddas\/ sus ropas de otra edad, polvosa\/ la barba como crin y manchada\/ de vino. As\u00ed gritaba, en las tabernas de\/ Santiago del Nuevo Extremo,\/ ese Villegas que ven\u00eda -seg\u00fan\/ pretende-, de tras la Cordillera\/ Nevada, de los desiertos\/ donde ni \u00e9l ni nadie estuvieron\/ nunca. \/ \/ Y siguiendo el r\u00edo desde los ventisqueros\/ en que nace, m\u00e1s de cien leguas bajamos\/ entre bosques de espina, por arenales\/ sin fin, y junto a un lago\/ brumoso, en la sierra que ellos llaman\/ la Casa del Cherrufe, levantamos\/ nuestro real. No es tierra\/ de semetera, y sus alturas color de sangre seca. Despu\u00e9s\/ poblamos en un valle\/ oculto, junto a un arroyo\/ de acuchillada luna, a un manantial de p\u00e9talos\/ azules. Y sojuzgu\u00e9 a las gentes del pa\u00eds&#8230; \/ \/ \u00a1Calla de una vez, guerrero,\/ que el vino te hace delirar, o acaso\/ la bruma eterna de ese lago\/ que mientes, de ese lago\/ que suelas, o que mientes para so\u00f1ar,\/ toda esa niebla la has tra\u00eddo\/ en tu cabeza, y brillaz\u00f3n es tu memoria, humo\/ de lejan\u00eda tus palabras! \/ \/ Y ya no porfiamos en demanda\/ de la mar. Yo buscaba\/ el oro. Pregunt\u00e9, exig\u00ed,\/ y el potro y el cepo y el l\u00e1tigo no descansaron\/ sobre los cuerpos, sobre las espaldas\/ cobrizas. El oro. Los caciques\/ callaban, y ni el tormento ni la amenaza ni la d\u00e1diva\/ los hicieron hablar; y murieron. El oro. Yo sab\u00eda\/ que en alg\u00fan recodo de esa \u00e1spera comarca\/ se ocultaba el venero, y sub\u00ed\/ solo, por los pe\u00f1ascos donde encontr\u00e9 las pinturas\/ del Diablo. Y la bruma\/ crec\u00eda desde el gran lago: los infieles\/ se revelaron; hubo batalla\/ tras batalla. El oro. Mi tropa murmuraba\/ de \u00e1nimos y sombras, de no s\u00e9 qu\u00e9 silbo\/ embrujado, por las quebradas del alba. El miedo\/ los empuj\u00f3 a la sinraz\u00f3n. \u00a1Locos! Muchos\/ de los nuestros cayeron; y otros, en sigilo, una noche\/ emprendieron la marcha sin destino hacia el Norte,\/ costeando los esteros, en busca\/ de poblaciones cristianas o de la muerte&#8230; \u00a1Locos! \/ \/ La algarab\u00eda\/ de la taberna, canciones y juramentos, el resollar\/ de las cabalgaduras bajo el alero, ahogaron\/ su voz. Pero aunque nadie -ni uno solo-\/ ya lo escuchaba, \u00e9l continu\u00f3 entre blasfemias, entre hipos,\/ su discurso sin seso:\/ \u2018Qued\u00e9 el \u00faltimo. La estrella\/ fugaz, centella o astro\/ maligno, que entre los cerros tiene\/ morada, me segu\u00eda\/ Noche tras noche, en esas cumbres\/ de Ligu\u00e9 Calel la vi brillar; cegadora, me llamaba, me\/ maldec\u00eda; y yo, abandonado,\/ me aliment\u00e9 de ra\u00edces y bayas y alima\u00f1as\/ del campo. \u00a1El oro\/ se re\u00eda, las vetas, los ramos enterrados del oro\/ se re\u00edan, en silencio del desierto, en el espantoso\/ silencio, con una interminable carcajada,\/ y en los riscos que fui dejando atr\u00e1s ard\u00eda\/ la centella del Diablo que ellos llaman Cherrufel Y albeaba apenas. El oro&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p>Pero la ilusi\u00f3n no desaparece nunca, y de este modo, no falt\u00f3 quien propusiera todav\u00eda -\u00a1en pleno siglo XX!- que el nombre de la ciudad fantasma pudiera haberse perpetuado a trav\u00e9s de los abor\u00edgenes patag\u00f3nicos. Para el caso, C\u00e9sar Kaike, top\u00f3nimo de Puerto Deseado&#8230; Pero que, lamentablemente, no alude a una ciudad, ni siquiera apreciable petrificada en alguna formaci\u00f3n rocosa particular, sino a una modesta planta comestible, de la formaci\u00f3n bot\u00e1nica de la estepa, Ss\u00e9ssarr en lengua de los tehuelches meridionales. \u00abAlcance de nombre\u00bb, dir\u00eda un criollo patag\u00f3nico, o \u00abnombre alcanzado\u00bb, expresi\u00f3n traducible libremente por \u00abmera coincidencia\u00bb.<\/p>\n<p>Llegamos al final de estas historias, lector curioso, y convendr\u00e1 usted conmigo en que desencantarlo todo resulta desconsoladoramente desencantante.<\/p>\n<p>\u00bfEs que no queda ninguna pista a seguir, siquiera la esperanza de una pista posible? \u00a1Porqu\u00e9 no! Nos falt\u00f3 explorar bajo la superficie de la tierra&#8230;<\/p>\n<p>Y all\u00ed -por ejemplo- est\u00e1n esperando de su esp\u00edritu inquieto -el suyo, lector- el \u00absistema cavernario\u00bb de Cuchillo Cur\u00e1, en las cercan\u00edas de Las Lajas, Neuqu\u00e9n, calificado como el \u00fanico ecosistema subterr\u00e1neo conocido hasta el presente en la Argentina\u00bb, conformado hasta aqu\u00ed por cuatro cavernas. O la cueva m\u00edtica misteriosa de los tehuelches meridionales en el cerro Asspess, en Santa Cruz, al norte del R\u00edo Pinturas, de donde seg\u00fan tradiciones proven\u00edan los animales actuales.<\/p>\n<p>O, \u00a1en fin!, la \u00abcueva de Landa\u00bb, en las cercan\u00edas de Ingeniero Jacobacci, R\u00edo Negro, de la que s\u00f3lo se ha (l\u00e9ase \u00abhe\u00bb) explorado el tramo inicial, de 80 metros,&#8230;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"&nbsp; Viedma.- (APP) Rodolfo Casamiquela muri\u00f3 hace poco m\u00e1s de 8 a\u00f1os, un 5 de diciembre de 2008. 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